Cuando lo bueno se convierte en un ídolo

| Fuente: protestantedigital.com/rss/opinion

Cuando lo bueno se convierte en un ídolo
Cuando lo bueno se convierte en un ídolo

Si Jesús no era conservador, como argumentamos la semana pasada, ¿era quizá nacionalista? ¿O liberal? ¿O socialista? ¿O capitalista?

Aunque Jesús era conservador en lo relativo a las cosas de Dios, concluimos que era radicalmente subversivo ante todo lo que se interponía en su camino. No vino a defender a un grupo político, sino a anunciar y encarnar el reino de Dios.

Sin embargo, incluso después de seguirle durante tres años, los propios discípulos de Jesús malinterpretaron la misión de su maestro. Daban por sentado que tenía una agenda nacionalista. Cuando se les apareció tras su resurrección, le preguntaron: “¿Vas a hacer ahora que Israel vuelva a ser grande?” O algo por el estilo (véase Hechos 1:6).

La semana pasada, el autor de Visiones e ilusiones políticas, el Dr. David Koyzis, visitó los Países Bajos desde su país natal, Canadá.

Su libro me ha ayudado enormemente a comprender cómo enfocar los diversos “ismos” que han dado forma a nuestro mundo político moderno. He entrevistado a David dos veces online para Schuman Talks (episodios 8 y 60), por lo que lamenté no estar en el país en ese momento.

David sostiene que las ideologías políticas modernas no son meramente sistemas rivales para organizar la sociedad. En el fondo, son cosmovisiones rivales. Y, en un sentido más profundo, pueden convertirse en formas de idolatría.

Porque un ídolo puede ser algo bueno, parte de la buena creación de Dios, exaltado hasta alcanzar una supremacía que solo pertenece a Dios. Una ideología eleva un aspecto de la vida hasta el punto de que se espera que todo lo demás gire en torno a él.

Pensemos en el nacionalismo. Hay algo profundamente bueno en pertenecer a un pueblo. La propia Escritura habla positivamente de los pueblos y las naciones. Tenemos historias, lenguas y tradiciones. Tenemos responsabilidades hacia nuestros vecinos y nuestros conciudadanos.

Pero el nacionalismo puede tomar ese bien legítimo y convertir a la nación en el objeto supremo de lealtad. Los cristianos tienen motivos para amar a su país, pero nunca para adorarlo. “Dios y la patria” no son dos objetos de lealtad equivalentes.

Dios es Dios. La patria forma parte de la creación de Dios. Esa distinción reviste una enorme importancia hoy en día, cuando la fe cristiana se confunde a veces con la identidad nacional.

Cuando eso ocurre, mi nación se vuelve más importante que la justicia, la verdad o incluso Dios.

Hay que tener cuidado cuando la nación se convierte en una especie de iglesia secular, con símbolos sagrados, mártires, rituales y mitos. El nacionalismo, explica Koyzis, consiste en absolutizar el bien de la comunidad.

Desde Israel hasta Gran Bretaña, y desde Estados Unidos hasta Rusia, las naciones han reivindicado un derecho providencial o histórico, un “destino manifiesto”, a la tierra y a la expansión, apelando a veces a la libertad y a los ideales republicanos, mientras que a las naciones indígenas se les negaba el reconocimiento en igualdad de condiciones de sus propios derechos y soberanía.

El liberalismo parte de otro bien auténtico: la libertad. Jesús enseñó: “La verdad os hará libres”. ¿Acaso eso convertía a Jesús en un liberal? Sin duda, Jesús valoraba a las personas.

Llamaba a individuos de entre la multitud, se fijaba en los marginados, defendía a los vulnerables y restauraba la dignidad humana. Pero nunca dijo: “Sigue tu corazón y conviértete en tu propio soberano”. Dijo: “Sígueme”.

La libertad se entiende a menudo como autonomía: la libertad de hacer lo que queramos. Entonces, la libertad se convierte en libertad frente a toda autoridad, obligación y norma heredada. Sin embargo, la libertad cristiana es libertad para amar a Dios y al prójimo.

El socialismo también parte de una preocupación bíblica: la justicia. Los primeros creyentes lo tenían todo en común. Jesús condenó la explotación de los pobres. Desde los monasterios hasta los anabaptistas, muchos movimientos cristianos practicaron estilos de vida comunitarios.

La Revolución Industrial vio surgir a los socialistas cristianos, quienes defendían que seguir a Jesús exigía cooperación, solidaridad y justicia en la vida económica.

Pero Koyzis advierte de que una preocupación legítima se convierte en idolatría cuando se espera que una única solución redima a la sociedad en su conjunto. Cambiar las estructuras de propiedad no cambiará, por sí solo, el corazón humano.

Ni la pobreza ni la desigualdad son el único mal. El problema del corazón humano sigue siendo el núcleo del problema humano.

Hay quienes defienden el capitalismo desde una perspectiva cristiana, sobre todo en oposición al socialismo y al comunismo.

La propiedad privada, la libertad económica, la responsabilidad individual y la libre empresa se presentan como más compatibles con el cristianismo que las alternativas colectivistas.

Pero los Evangelios son mucho más antiguos que el capitalismo. El capitalismo se vuelve peligroso cuando se considera un instrumento de salvación.

Jesús no respalda el “capitalismo” como tal. Advirtió sobre el engaño de la riqueza cuando el dinero se convierte en amo (Marcos 4:19). Llama a sus seguidores a la administración fiel, la generosidad, la justicia, la responsabilidad y la libertad frente al dominio de la riqueza. Su enseñanza no puede reducirse a ninguna ideología económica contemporánea.

Jesús afirma lo bueno que hay en nuestras visiones políticas, al tiempo que se niega a permitir que ninguna de ellas se convierta en lo definitivo. Afirma la libertad, pero nos llama a convertirnos en servidores. Afirma la comunidad, pero crea un reino que traspasa las fronteras nacionales. Se preocupa por los pobres, pero no promete la salvación a través de un sistema económico.

Jesús nos llama a recibir todo lo bueno como un don de Dios, pero no como un dios.

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