El cristianismo: ¿una herramienta de poder?

| Fuente: protestantedigital.com/rss/opinion

El cristianismo: ¿una herramienta de poder?
El cristianismo: ¿una herramienta de poder?

Una narrativa seductora se ha apoderado de parte del mundo cristiano conservador: la idea de que necesitamos líderes nacionalistas fuertes para defender la “civilización cristiana” frente al liberalismo secular, la decadencia moral y la fragmentación cultural.

En esta narrativa, Putin aparece como el guardián de la ortodoxia tradicional, mientras que Trump es retratado como el defensor de la América cristiana.

Orbán reforzó el mismo tema durante su gobierno autocrático en Hungría: el cristianismo fusionado con el nacionalismo y la lucha civilizacional.

Sin embargo, esta retórica distorsiona profundamente la fe cristiana.

Tanto en la Rusia de Putin como en el nacionalismo estadounidense de la era Trump, el cristianismo se está transformando cada vez más en una religión política basada en el resentimiento, el poder y el militarismo, que utiliza de forma selectiva imágenes bíblicas mientras ignora el mandamiento bíblico fundamental de amar al prójimo.

Lo más inquietante es que este movimiento glorifica la guerra y la violencia. El cristianismo que se proyecta tiene más que ver con la conquista, el dominio, los enemigos y la supervivencia cultural que con la humildad, la reconciliación, la misericordia o la construcción de la paz.

Se ensalzan los relatos bélicos del Antiguo Testamento, mientras que se ignoran las enseñanzas de Jesús sobre amar a los enemigos, cuidar de los extranjeros y bendecir a los constructores de la paz.

Bajo el mandato de Putin, la alianza entre el Kremlin y la Iglesia Ortodoxa Rusa ha convertido a la ortodoxia en un brazo ideológico del Estado.

El patriarca Kirill ha calificado en repetidas ocasiones la guerra de Rusia contra Ucrania como una «lucha sagrada» contra la corrupción y la decadencia moral occidentales. Los soldados rusos reciben la bendición antes de ser enviados a la trituradora de carne del frente.

Nada simboliza esto de forma más cruda que la Catedral de la Resurrección de Cristo, a las afueras de Moscú, terminada en 2020 para conmemorar el 75.º aniversario de la victoria soviética en la Segunda Guerra Mundial.

La vasta catedral celebra las victorias militares rusas con imágenes bélicas entretejidas directamente en el espacio sagrado. Es un monumento al poder nacional, no al arrepentimiento. El cristianismo queda absorbido por la mitología del Estado.

Esta espiritualidad militarizada entra en contradicción directa con la ética cristiana fundamental. En la Ucrania ocupada, los hombres de Putin han destruido o dañado más de 700 edificios eclesiásticos, en particular de congregaciones bautistas.

Las comunidades cristianas que se niegan a someterse a Moscú son tratadas como enemigas, ya sean ortodoxas, protestantes, católicas o evangélicas. Pastores y sacerdotes han sido secuestrados, torturados, encarcelados y asesinados en los territorios ocupados.

El “cristianismo” que justifica la violencia contra los pueblos vecinos deja de ser el Evangelio de Cristo.

Guerra cultural

Aunque difiere en la forma, la versión estadounidense es cada vez más similar en el tono. En torno a Trump, los cristianos conservadores han adoptado una retórica de guerra cultural permanente.

Los oponentes políticos ya no están simplemente equivocados, sino que se les retrata como enemigos existenciales de Dios, la nación y la civilización. El cristianismo público se vincula a muestras de dureza, dominio, masculinidad y militancia patriótica.

La aparición del secretario de Guerra (¡!) Hegseth en la concentración cristiana conservadora Rededicate 250, celebrada el pasado fin de semana en Washington, reforzó la percepción de que un cristianismo belicoso y militante está ganando influencia en los círculos nacionalistas.

Hegseth ha promovido una visión del nacionalismo cristiano militante y la lucha por la civilización más que el arrepentimiento, la humildad o la reconciliación.

Un cristianismo que se interpreta principalmente a través de narrativas de conquista descuida la trayectoria bíblica más amplia hacia la justicia, la misericordia y la reconciliación.

Extraen de las Escrituras imágenes de guerreros y reyes, mientras que se dejan de lado tanto los repetidos llamamientos de los profetas hebreos a proteger al extranjero como el mandato radical de Jesús de “amar a tus enemigos”.

Defender la dignidad

Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento insisten en la dignidad de toda persona creada a imagen de Dios. Jesús amplía el amor al prójimo más allá de la tribu y la nación a través de la parábola del buen samaritano.

El apóstol Pablo enseña que, en Cristo, se superan las divisiones étnicas y sociales.

Sin embargo, el cristianismo nacionalista limita la compasión exclusivamente a su propia gente.

Los forasteros se convierten en amenazas. Los inmigrantes se convierten en invasores. Los oponentes políticos se convierten en enemigos de Dios. El poder militar se convierte en una fuente de significado espiritual. La cruz se envuelve en la bandera.

Para ser justos, muchos cristianos de Europa y América se sienten genuinamente inquietos ante el secularismo agresivo, la fragmentación moral y el rápido cambio cultural.

Temen la pérdida de significado, de continuidad y de fundamentos morales. Los líderes que prometen orden y restauración cultural resultan, naturalmente, atractivos.

Pero, precisamente los cristianos, deberían oponerse a los líderes que afirman defender la “civilización cristiana” sin encarnar el espíritu de Cristo: a través de la veracidad, la humildad, la misericordia, la justicia y el amor al prójimo.

La tarea de los creyentes no es santificar el poder, sino decir la verdad al poder; no es glorificar el conflicto, sino buscar la reconciliación; no es idolatrar la grandeza nacional, sino defender la dignidad de cada persona.

Proverbios 6:16 ofrece una lista de «seis cosas que el Señor aborrece» con las que podemos evaluar a nuestros líderes: los ojos altivos, la lengua mentirosa, las manos que derraman sangre inocente, el corazón que trama planes malvados, los pies que se apresuran a correr hacia el mal, el testigo falso que derrama mentiras y la persona que siembra discordia en la comunidad.

Los líderes pueden afirmar tener convicciones religiosas o virtudes patrióticas, pero si su vida pública se caracteriza por la crueldad, el engaño, la arrogancia, la venganza, la división o la falta de autocontrol, su confesión suena hueca.

Pentecostés es el momento adecuado para aplicar la descripción que hace Pablo del fruto del Espíritu a fin de poner a prueba el liderazgo político: amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y autocontrol.

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