Elegir a Barrabás

| Fuente: protestantedigital.com/rss/opinion

Elegir a Barrabás
Elegir a Barrabás

Uno de los aspectos más desconcertantes de la historia de la Pascua para mí siempre ha sido cómo las mismas personas que habían recibido a Jesús en la ciudad con “hosanas” pudieran pedir su crucifixión apenas unos días después.

Eran personas religiosas. Conocían las Escrituras. Estaban esperando al Mesías. Fueron animados por líderes religiosos que también conocían la Torá.

Entonces, ¿por qué elegirían a alguien que había participado en una insurrección violenta en lugar de a alguien que predicaba un mensaje de amor, perdón y verdad?

(Al fin y al cabo, ¿quién votaría por alguien que incitó a una insurrección violenta?)

Esto no es solo un detalle histórico. Es un espejo. No se trata solo de ellos, pone de manifiesto algo muy actual sobre la psicología humana, la política y la religión.

La pregunta de la Pascua no es solo “¿qué hicieron ellos?”, sino también “¿qué haríamos nosotros?”. Quizás incluso: “¿qué estamos haciendo?”.

En el patio de Poncio Pilato, dos figuras se alzaban ante la multitud. Una, un hombre conocido por su ira violenta, un asesino, rebosante de resentimiento y sediento de venganza: Barrabás. La otra, un hombre misericordioso, que sanaba, un maestro sabio del amor y la reconciliación: Jesús.

Pilato le ofreció a la multitud la posibilidad de elegir: uno sería liberado. Una decisión obvia, pensó Pilato.

Sin embargo, la multitud gritó: “¡Barrabás!”.

Esto debería sorprendernos. Pero nosotros no estábamos entre la multitud, arrastrados por la histeria del momento. Quizás nunca hayamos experimentado el comportamiento de las masas, la dinámica de la psicología de la multitud y la volatilidad resultante.

Porque la “multitud” no es un agente moral estable. Se deja influir fácilmente, reacciona emocionalmente y es susceptible a la sugestión.

Los Evangelios nos dicen de dónde vino la sugestión: de las voces persuasivas de los líderes religiosos. La misma multitud que aclamaba al Hijo de David puede movilizarse de otra manera bajo presión, cambiando rápidamente la emoción colectiva.

Y así fue como Jesús fue llevado a la cruz.

El atractivo de Barrabás

En realidad, Barrabás representaba algo profundamente atractivo. El pueblo vivía bajo la ocupación romana. Anhelaba la liberación. Quería a alguien que luchara, alguien fuerte, desafiante, que prometiera acción.

Barrabás parecía alguien que podía luchar por la liberación judía. Jesús, por el contrario, parecía débil. Rechazaba la violencia. Hablaba de amar a los enemigos. Daba la impresión de ser sumiso, más que alguien capaz de resistir. Para muchos, Jesús parecía pasivo, incluso decepcionante.

Las expectativas no cumplidas pueden provocar reacciones fuertes. Como en el caso de Judas. Y así, el pueblo eligió a Barrabás.

Aquí la historia se vuelve incómoda. Porque esa misma dinámica sigue existiendo hoy en día.

Cuando las sociedades están ansiosas, y se sienten amenazadas o humilladas, las figuras carismáticas y fuertes se vuelven atractivas. Líderes que prometen fuerza, restauración, victoria y grandeza.

Por toda Europa, y al otro lado del Atlántico, los líderes atraen a los votantes proyectando certeza, hablando con audacia, prometiendo soluciones rápidas y dividiendo el mundo en amigos y enemigos.

Así es como Hitler se ganó a los alemanes decentes y corrientes, prometiendo la restauración de la grandeza de Alemania. Así es como Putin llegó al poder, prometiendo la restauración de la grandeza de Rusia. Ambos contaron con el apoyo de líderes religiosos.

Una y otra vez, las sociedades humanas se inclinan hacia Barrabás.

La tentación del narcisismo carismático

No sabemos lo suficiente sobre Barrabás como para saber si era narcisista.

Pero podemos identificar a líderes del pasado y del presente que encajan en esta categoría, tanto políticos como religiosos, que hablaban o hablan con certeza, prometían o prometen grandeza, exigían o exigen lealtad y dividían o dividen a la gente en aliados y enemigos.

Los narcisistas suelen atacar a sus críticos de forma agresiva. Los críticos se vuelven cautelosos y los partidarios se unen con más fuerza. El narcisista se convierte en víctima, héroe y luchador, todo a la vez.

Al igual que la gente religiosa entre la multitud de Jerusalén, también los cristianos pueden dejarse seducir para elegir a Barrabás.

La sensación de que el cristianismo está perdiendo influencia, de que la sociedad se está volviendo más secular y de que los valores morales se están erosionando, genera un temor que puede llevar a apoyar a líderes autoritarios, una retórica agresiva y soluciones simplistas. El miedo limita el discernimiento moral.

Tentados por el acceso al poder, los cristianos pueden buscar un protector en lugar de un líder servidor.

Como justificación, algunos líderes religiosos apelan a Ciro el Grande, el gobernante pagano de la Biblia a quien Dios utilizó para liberar a Israel. “Dios puede utilizar a líderes imperfectos”. “No necesitamos un santo, solo alguien eficaz”.

Una vez que comienza el apoyo, resulta difícil retirarlo. Cuando las personas se comprometen con un líder, lo defienden con más fuerza. Ignoran las pruebas negativas. Culpan a otros de los fracasos.

A esto se le llama disonancia cognitiva: las personas prefieren defender sus decisiones pasadas antes que admitir que se equivocaron.

También hay una dinámica humana más profunda. Los narcisistas suelen reflejar algo de la propia sociedad: el deseo de grandeza, el miedo a la debilidad, la búsqueda de identidad y el resentimiento hacia las élites o los extranjeros.

En este sentido, los líderes narcisistas no solo crean movimientos, sino que los sacan a la luz.

La sorpresa de la Pascua

La resurrección justifica el camino humilde de Jesús. El poder de Dios se revela no en la dominación, sino en el amor sacrificial. No en la coacción, sino en la transformación. No en el orgullo, sino en la humildad.

La resurrección proclama el camino de Jesús, rechazado por la multitud, como el camino de la vida.

Jeff Fountain es director del Centro Schuman de Estudios Europeos. Este artículo se publicó en el blog del autor, Weekly Word y se reproduce con permiso.

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