Amor responsable

| Fuente: protestantedigital.com/rss/opinion

Amor responsable
Amor responsable

La despiadada invasión de Ucrania por parte de Rusia ha planteado a los cristianos ucranianos algunas cuestiones morales difíciles.

A mitad de una visita de ocho días a Ucrania para animar a los colaboradores de YWAM (Juventud con una misión) y a otros creyentes junto con nuestros colegas Dick y Ulla Brouwer, Romkje y yo nos estamos dando cuenta de cuánto debemos los europeos a los sacrificios, la fortaleza y el compromiso de los ucranianos.

En conversaciones con pastores, teólogos, historiadores, soldados, capellanes, educadores, familiares de víctimas y creyentes “corrientes”, escuchamos a los ucranianos lidiar con cuestiones que muchos cristianos occidentales llevamos mucho tiempo debatiendo solo en la teoría.

¿Deben los creyentes seguir siendo pacifistas cuando sus ciudades son bombardeadas? Cuando defender a las familias y la libertad requiere el uso de la fuerza, ¿cómo se manifiesta la fidelidad a Cristo? ¿Cómo deben relacionarse las iglesias con el poder político?

La innovación, el humor, la solidaridad y la tenacidad han ayudado a la nación a salir de los crueles ataques y del gélido invierno, lejos de sentirse intimidada o quebrantada.

De hecho, la realidad es que una Ucrania oprimida se está convirtiendo en líder mundial en varios frentes: innovación militar, gobernanza digital, movilización cívica y resiliencia social.

Ucrania no solo se está defendiendo, sino que está ayudando a redefinir cómo las naciones sobreviven y se adaptan en la turbulenta política del siglo XXI.

Lo más importante es que Ucrania se está convirtiendo en un laboratorio de ética para la Iglesia mundial. Una voz influyente en este debate es la del historiador Yaroslav Hrytsak (véase mi entrevista con Yaroslav aquí).

Su tesis principal es que el pacifismo absoluto puede llegar a ser moralmente irresponsable ante una tiranía violenta.

La paz es el objetivo último de cualquier sociedad moral, afirma Hrytsak. Pero esa paz no debe confundirse con la pasividad. Cuando un agresor poderoso busca destruir una nación y borrar su identidad, negarse a resistir puede, de hecho, propiciar una mayor injusticia.

Hrytsak enmarca la guerra no tanto como una lucha nacionalista, sino como una defensa del orden moral en sí mismo. Ucrania, argumenta, se resiste a un sistema construido sobre mentiras, represión y dominación imperial liderado por Vladimir Putin.

Si tal agresión tiene éxito, no solo perjudica a Ucrania, sino que socava el principio de que la verdad y la libertad importan en la vida internacional.

Ucrania se encuentra, por lo tanto, en primera línea de la batalla por el alma de Europa y de Occidente.

Proteger con sacrificio

La pregunta ya no es simplemente: “¿Es la violencia algo malo?”. Más bien se convierte en: “¿Qué responsabilidad tenemos hacia aquellos que son vulnerables a la violencia?”.

Desde esta perspectiva, negarse a defender a los civiles puede ser en sí mismo una forma de fracaso moral. Una sociedad que abandona a sus ciudadanos a la brutalidad en nombre de la pureza moral corre el riesgo de convertir la paz en una forma de indiferencia.

Este argumento resuena profundamente en muchos cristianos ucranianos. Hasta ahora, algunas comunidades protestantes tenían inclinaciones pacifistas, influenciadas por las tradiciones anabaptistas y la vida bajo el militarismo soviético.

Pero la realidad de la invasión ha obligado a replantearse la situación.

Muchos creyentes describen ahora el servicio militar como un acto de protección y sacrificio, más que como una agresión nacionalista, citando a Jesús en Juan 15:13: “Nadie tiene mayor amor que este: que uno ponga su vida por sus amigos”.

Sin embargo, la mayoría de las iglesias ucranianas evitan condenar a quienes siguen siendo pacifistas. En su lugar, ha surgido un amplio consenso moral: algunos cristianos defienden la nación a través del servicio militar, mientras que otros sirven mediante la capellanía, la ayuda humanitaria y el cuidado de refugiados, viudas y veteranos.

Ambas formas de servicio se entienden como expresiones de amor al prójimo.

Una advertencia

La guerra también ha reforzado un principio crucial para los cristianos ucranianos: la Iglesia nunca debe convertirse en sierva de la ideología política. Son muy conscientes de cómo el lenguaje religioso puede ser manipulado para justificar la ambición imperial.

Tanto Putin como el líder de la Iglesia Ortodoxa Rusa, el patriarca Kirill de Moscú, presentan la guerra de Rusia como una defensa de una civilización cristiana sagrada.

Teólogos de todo el mundo, ortodoxos, católicos y protestantes, advierten contra esta peligrosa fusión entre nacionalismo y fe, ya sea en forma de “Russky Mi” o de nacionalismo cristiano estadounidense.

La experiencia de Ucrania ofrece una lección que nos sirve de advertencia. Cuando el cristianismo se identifica con un proyecto político, pierde su voz profética. En lugar de desafiar al poder, lo santifica.

Sin embargo, la historia de Ucrania también transmite un mensaje de esperanza. Las iglesias y las organizaciones cristianas de todo el país se han convertido en centros de extraordinario servicio cívico.

Los creyentes han organizado refugios para refugiados, asistencia médica, asesoramiento para el tratamiento de traumas y ayuda humanitaria a gran escala. La fe ha traspasado los límites de la espiritualidad privada para convertirse en responsabilidad pública.

Esta puede ser la idea más profunda que surge del laboratorio de ética de Ucrania. La fe cristiana no consiste simplemente en mantener la pureza moral o ganar discusiones políticas.

Se trata de un amor responsable en el mundo real, incluso cuando las decisiones son dolorosas e imperfectas.

En definitiva, los cristianos ucranianos están recordando a la Iglesia mundial una verdad difícil. La paz no es simplemente la ausencia de conflicto. Es la presencia de la justicia, la verdad y la protección de los vulnerables.

Incluso en medio de turbulentas circunstancias.

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Jeff Fountain es director del Centro Schuman de Estudios Europeos. Este artículo se publicó en el blog del autor, Weekly Word y se reproduce con permiso.

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