El lunes 20 de julio de 2026 se celebró en España el Día Internacional de la Amistad.
Aquí estoy, ideando, ideando, y me vienen a la memoria las épocas en las que la vida nos pone por delante a una amiga nueva, pero no una amiga cualquiera, no, una amiga, amiga de verdad a la que le damos todo el bombo posible. Nos entusiasmamos y hablamos de ella como si fuera la más especial de todas, el tesoro más grande, tu otra yo.
La llamaré mi amiga Lupe. Una mujer estupenda, sin parangón, que lleva a la obsesión: Es que mi amiga Lupe me ha llamado. Mi amiga Lupe me ha dicho. Mi amiga Lupe me ha regalado. Mi amiga Lupe tiene... Mi amiga Lupe viene. Mi amiga Lupe va. Mi amiga Lupe me ha explicado.
La expresión mi amiga Lupe no se nos quita de la boca, todo lo que dice ella va a Roma y vuelve entronado.
De tanto mencionarla le borramos el nombre, y no es que las demás amigas no lo tengan, pensar eso es absurdo, pero a la que ha llegado nueva le precede MI.
Incluso cuando estamos hablando por teléfono, si nos entra otra llamada y vemos que es de mi amiga Lupe, cortamos la conversación con quien sea y le decimos: ay, perdona, lo siento mucho, pero en estos momentos me está llamando mi amiga Lupe, te tengo que dejar, cuelgo y ya cuando pueda te llamo.
Precisamente pasa el tiempo, un mes, dos, tres lo más y nos encontramos con alguien que después de los saludos de rigor, pregunta:
— Oye, ¿qué tal está tu amiga Lupe?
En ese momento nos coge desprevenidas y nos quedamos muy cortadas. Ponemos el pensamiento directo al pasado con el fin de tratar de recordar a quién se está refiriendo:
— ¿Cómo…? ¿Quién…? Mi amiga…, mi amiga Lupe…— repetimos lentamente como queriendo traer al presente aquella figura difusa que se esfumó dejándonos con el sabor amargo de una amistad fallida, y contestamos —¡Ahhhh, Guadalupe!— Y no sabemos qué más añadir.
Volvemos a casa cabizbajas, enfadadas con nosotras mismas por lo que nos ha pasado, incluso avergonzadas porque alguien nos ha puesto el dedo en la llaga, nos ha zarandeado el comportamiento que tuvimos y nos ha recordado lo efímera que fue aquella amistad que tanto apreciamos al principio y luego quedó en aguas de borrajas.
Es entonces cuando empezamos a pensar que dejamos de cuidar las que ya teníamos consolidadas; que para las demás amigas, aquellas que estaban siempre en las duras y en las maduras, dejamos de tener tiempo, ilusiones, ganas, y nos enfocamos como si no hubiese un mañana en la otra.
Nos damos cuenta de que nos pusimos unas anteojeras con las que sólo enfocamos la mirada en aquella recién conocida que tal y como llegó a nuestra vida, así se fue con disimulo sin mirar atrás.
No olvidemos esta frase y pongámosla en práctica: No tengo talento para hacer nuevos amigos pero soy un genio siendo fiel a los antiguos. Daphne DuMaurier.
