Imaginemos el sacrificio y la dedicación que cualquier acto público lleva consigo. El esmero que deben poner las personas elegidas. Imaginemos los nervios. Imaginemos el estado de ánimo durante la preparación.
La compra del material adecuado. La elección de los detalles. El descarte de algo que pueda deslucir. La selección del vestuario. Los primeros ensayos. Los últimos. La música. La compostura. La sonrisa. La euforia contenida.
Sin embargo, con la intención no basta. Todo debe brillar con fuerza y dignidad.
¿No nos duele profundamente cuando, al preparar algo especial para glorificar a Dios, lo dejamos en las peores manos: el azar?
Con esta actitud corremos el riesgo de no serles desagradables. ¿Cuántos problemas de última hora podrían evitarse? ¿No nos cansamos de dar siempre las mismas excusas?:
— Bueno, no ha salido como esperábamos pero, como es para el Señor. (Y aplaudimos el desastre).
— No hemos tenido tiempo para prepararlo bien, pero el Señor sabe. (Y aplaudimos el desastre).
— ¡Bendito sea el Señor en los problemas! (Y aplaudimos el desastre).
— Nos ha fallado tal o cual cosa, pero, como el Señor es bueno. (Y aplaudimos el desastre).
¡Vaya incompetencia la nuestra! Repasemos un texto del A.T. en el que podemos leer lo que el Señor le dice a sus sacerdotes en cuanto a la ofrenda de los sacrificios. Creo que puede ilustrarnos. Se encuentra en Malaquías 1:6-9:
...Pues si yo soy vuestro Padre, ¿por qué no me honráis? Si soy vuestro Amo, ¿por qué no me respetáis? Vosotros me despreciáis, y todavía decís: ‘¿En qué te hemos despreciado?’ Traéis a mi altar pan indigno, y todavía preguntáis: ‘¿En qué te ofendemos?’ Vosotros me ofendéis cuando pensáis que mi altar puede ser despreciado y que no hay nada malo en ofrecerme animales ciegos, cojos o enfermos.” ¡Id, pues, y llevádselos a vuestros gobernantes! ¡Ved si ellos os aceptan con gusto el regalo! Ahora pues, pedidle a Dios que tenga compasión de vosotros. Pero si le hacéis esa clase de ofrendas, no esperéis que Dios os acepte con gusto...
Para el Señor tenemos que dar lo mejor de lo mejor. Lo máximo. El mayor esfuerzo. La más hermosa reverencia. El respeto a su grandeza.
¡Cuántas veces se habrán reído los no creyentes al ver cómo le ofrecemos tanta baratija al Rey de reyes! ¡Cuántas veces habrán disfrutado con nuestras actuaciones! ¡Cuántas habrán aplaudido nuestra torpeza!
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