Decía que cada mañana, nada más despertar, se le terciaba la existencia.
Era una persona llena de miserias. Decidió refugiarse en sí misma porque el mundo se le venía encima.
Escarbaba con ansia en todas las calamidades que escuchaba y las invitaba a entrar para llenar los huecos que aún le quedaban vacíos. Donde caben doce, caben trece, decía para sí.
Sufría. Cada dos por tres se encomendaba al dios de las desgracias encendiéndole cirios. Miraba a su alrededor desorientada. Lo más insignificante le parecía horrible.
Contaba a todo el mundo que el tinte de color rosa claro que había teñido sus días antiguos, había cambiado a morado oscuro. Sus ojeras hacían visible ese mismo color.
Sin otra distracción, se enganchó a los programas catastróficos, ya fuera por radio, televisión, o internet, esos a los que acude la gente para vaciarse contando sus penas con el único fin de ser protagonistas por un día, o al menos una hora.
De la prensa escrita leía los sucesos, las esquelas mortuorias por si hablaban de alguien conocido. ¡Cuántas veces estuvo tentada a enviar la suya propia, para disfrutarla en vida!
Lloraba al son de todos los que lloraban. Disfrutaba con sus lágrimas. Vivía como propios aquellos dramas que parecían eternos, sin soluciones, con la ventaja de no tener que salir de casa.
Enfermó de dolores psíquicos. Perdió el sueño y se sabía impotente. Le tomó gusto a su estado. Incongruentemente se sentía feliz dentro de cualquier tribulación, pues ella era la principal víctima.
Murió muy vieja, empática perdida, sin haber hecho lo más mínimo para remediar situaciones propias o ajenas, sin haber aprendido a encauzar sus sentimientos hacia el lado espiritual y optimista, sin haber querido escuchar a quienes le mostraban una manera hermosa de ayudar a los demás y hacerles felices, sin haber querido oír a quienes le hablaban de la alegría, de la esperanza divina que Dios trae a las almas.
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