El peor pecado hacia nuestros semejantes no es odiarlos, sino tratarlos con indiferencia (George Bernard Shaw/William Shakespeare)
Nueve y cuarto de la mañana, hora de apertura. Comienza la circulación de carros por uno de los supermercados del barrio. Como si de un pasaporte se tratase, cada uno guarda en su ranura la moneda que concede libertad de movimientos a sus portadores.
Suena la música ambiental prevista de antemano. A pesar de estar conectado el aire acondicionado, la atmósfera está viciada, rancia. La emanación propia de los productos perecederos se adueña del ambiente. Empalagan.
Manos anónimas empujan sus compras por la encrucijada de pasillos estrechos donde hay que maniobrar para no chocar con los que vienen de frente.
Cada conductor posa sus ojos en la mercancía pasiva colocada en los estantes. A pesar de compartir vecindad, nadie conoce a nadie. Los saludos brillan por su ausencia.
En un momento determinado aconsejan por megafonía que se acuda a la sesión de panadería, acaban de sacar del horno pan caliente. Ante el aviso, a toda prisa acuden como marionetas al lugar esquivando los obstáculos que suponen las figuras de los otros.
Algunas cajas de cereales caen al suelo al ser golpeadas. Indiferencia. Nadie se detiene a recogerlas.
Los rostros están mustios. Los cuerpos desgarbados. Los carros a medio llenar. La suma del importe en las cabezas. Al intentar obtener el producto hay manos que se rozan y repelen sin piedad como polos iguales de un imán.
Otro comunicado dicta que la carne está de oferta. Se repite la acción. Cada cual va a lo suyo con diligencia.
De pie, semioculto a un lado, el encargado cumple su función al supervisar con cierta malicia el quehacer de los asalariados.
En la oficina, a través de las cámaras puede verse como las retinas eluden posarse en las retinas. Bocas selladas evitan relaciones. Cuellos altivos.
Los empleados sonríen bajo presión. En la línea de caja exponen un sin fin de liquidaciones de artículos próximos a caducar.
Personas sin identidad, entran. Personas sin identidad, salen. Tarjetas de crédito. Dinero en efectivo. Ticket de parking sí. Ticket de parking no. Entrar. Permanecer. Salir. Correr.
Este es un lugar más de esos concurridos por multitud de soledades que odian la filantropía, de vidas que transcurren ajenas a la enfermedad social que juntos padecemos.
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