La suerte del lisiado

| Fuente: protestantedigital.com/rss/opinion

La suerte del lisiado
La suerte del lisiado

Algunos días después volvió Jesús a entrar en Cafarnaún. Al saber que estaba en casa, se juntaron tantos que ni siquiera cabían frente a la puerta, y él les anunciaba el mensaje.

Entonces, entre cuatro, le llevaron un paralítico. Pero como había mucha gente y no podían llegar hasta Jesús, quitaron parte del techo encima de donde él estaba, y por la abertura bajaron en una camilla al enfermo. Cuando Jesús vio la fe que tenían, dijo al enfermo:

– Hijo mío, tus pecados quedan perdonados.

Algunos maestros de la ley que estaban allí sentados pensaron:  “¿Cómo se atreve este a hablar así? Sus palabras son una ofensa contra Dios. Nadie puede perdonar pecados, sino solamente Dios.” Pero Jesús se dio cuenta enseguida de lo que estaban pensando y les preguntó:

– ¿Por qué pensáis así? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: 'Tus pecados quedan perdonados' o decirle: 'Levántate, toma tu camilla y anda'? Pues voy a demostraros que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados.

Entonces dijo al paralítico:

– A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.

El enfermo se levantó en el acto, y tomando su camilla salió de allí a la vista de todos. Así que todos se admiraron y alabaron a Dios diciendo:

– Nunca habíamos visto nada semejante.

Marcos 2, 1-12

Antes de entrar en el milagro nos iremos a Marcos 1:22, que nos ilustra sobre cómo la gente comparaba las enseñanzas que daba Jesús con las que daban los letrados.

Había gran diferencia. Todos se daban cuenta porque tenían hambre de grano y recibían comida de paja: Y se admiraban de su enseñanza; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas, dice este versículo.

Con el Señor ocurría algo diferente, y este era uno de los motivos, junto a los milagros, por el que su fama se extendía por la comarca entera de Galilea.

De ahí que, cuando en este pasaje se menciona que volvió a Cafarnaún, fariseos y maestros de la ley venidos de todas las aldeas de Galilea, Judea y Jerusalén se presentaron allí y todos los que pudieron dejar lo que estaban haciendo fueron a la casa para escucharle (seguramente era la casa de la familia de Pedro).

El encuentro estaba en marcha. El lugar no podía ser muy grande y cada cual se acomodó de la mejor manera que pudo. El aforo se hallaba repleto de oídos expectantes.

Fue entonces cuando aparecieron frente a la puerta cuatro hombres cargando con un pobre paralítico y se toparon con un problema. Igual que muchos otros, ellos tampoco podían entrar.

Y digo pobre paralítico porque su estado le llevaba a ser uno más dentro de aquella sociedad que pertenecía al gran grupo de los hambrientos, los sedientos, los afligidos que se lamentaban de su mala condición.

Uno más entre los desdichados y dignos de compasión. A este le había sobrevenido algún percance del que no había podido recuperarse y cambió la fortuna de él tanto como la de su familia.

No habían llegado a tiempo y para ellos ya no quedaba sitio. Sin embargo, los protagonistas del milagro que estaba a punto de suceder no pensaron del mismo modo.

Llegar con retraso no les iba a impedir encontrarse con Jesús. Rompieron el momento, armaron alboroto y, ni cortos ni perezosos, más listos que el hambre, se subieron al tejado que no debía ser muy alto, quizá de cañas, quizá de tejas, con la intención de levantar un trozo que apenas opuso resistencia.

El lisiado sintió miedo al ver por donde iban a bajarlo y pidió ayuda para que le pusiesen bocabajo para agarrarse con más seguridad al camastro. Y eso hicieron. Entre todos habían maniobrado para subirse primero y luego bajar la camilla por la parte donde se encontraba el Maestro, o sea, para pasar a ocupar con Jesús el lugar principal de aquel espacio.

Jesús, nada más ver lo que está pasando, deja de hablar, se centra en el lisiado y llamándole hijo, le dice, se te perdonan los pecados. Sabemos que en la antigüedad la enfermedad estaba estrechamente relacionada con el pecado.

Vivían convencidos de que Dios se vengaba del pecador mandándole enfermedades para ensañarse con él y hacerlo desgraciado, una venganza en la que afortunadamente nosotros no creemos.

Vemos que el milagro se produce sin demora alguna, sin parafernalias, sin que Jesús necesite preparar la escena, sin tener que llamar a todos al silencio; porque el silencio llegó a crearse con toda seguridad.

Las miradas se centraron en el lisiado y sus amigos, que se habían presentado allí como quienes dicen Sólo tú tienes poder, arregla las piernas de este; no te dejaremos ir hasta que le bendigas.

Los escribas o letrados que dada su posición superior estaban allí sentados, que habían cogido buen sitio, o quién sabe si se dedicaron a levantar a los otros para sentarse ellos, que habían ido a escuchar y ver cómo Jesús se comportaba para criticarle, no reparan en la grandeza del milagro que acaba de suceder y que a ellos parece escapársele de la mente porque, al fin y al cabo, el que ha recibido la gracia es un tullido, es un pobre, es escoria, no les interesa.

Se centran en pensar para sus adentros en quién es Jesús: ¿cómo habla este así?, ¿quién puede perdonar pecados, sino Dios sólo? Para ellos era una ofensa a Dios tan grande que les ayuda a seguir sumando puntos para más adelante crucificarle.

Y una vez más nuestro Señor adivina el pensamiento humano, lo caza al vuelo. En su parte humana detecta algún codazo que los malpensados se dieron, alguna mirada que surgió entre ellos con complicidad, o hicieron cualquier gesto de disgusto que ayudó a revelar sus pensamientos. Y en su parte divina porque conocía el corazón del ser humano.

Aquí hago un paréntesis para comentar que esta facilidad de Jesús para intuir lo que otros piensan la vemos también reflejada en otros textos. Por ejemplo en Mateo 9:4-8, precisamente durante la curación de otro paralítico, mientras algunos maestros de la ley se escandalizaban les soltó:

¿Por qué tenéis tan malos pensamientos? ¿Qué es más fácil, decir: ‘Tus pecados quedan perdonados’, o decir: ‘Levántate y anda’?

Les demostró que el Hijo del hombre tenía poder, tanto para perdonar pecados como para curar enfermedades y, a continuación, mandó al paralítico que se había levantado delante de todos a su casa con doble ración de bendiciones: sanidad y perdón.

Del mismo modo la vemos en Mateo 12,25-28, cuando le llevan a un endemoniado ciego y mudo, y le curó. Pero los fariseos le llamaban Beelzebú en sus pensamientos. Y sabiendo lo que estaban cavilando les dijo: si yo expulso a los demonios por el poder del Espíritu de Dios, es que el reino de Dios ya ha llegado a vosotros.

Nuevo ejemplo lo tenemos en Lucas 7, 36-48, cuando un fariseo invitó a Jesús a su casa y apareció una mujer rota, con un frasco lleno de perfume y comenzó a bañarlo con sus lágrimas.

El anfitrión pensó: Si este hombre fuera verdaderamente un profeta se daría cuenta de quién y qué clase de mujer es esta pecadora que le está tocando. Y Jesús le contó la historia de aquellos dos que debían dinero al prestamista y le llevó a entender que quien más ama (la mujer del perfume) es a quien más se le perdona.

En esta ocasión, Jesús, sin dudarlo, dice una vez más lo que siente y lo dice con autoridad: ¿Por qué estáis pensando eso?, ¿qué es más fácil?: ¿decir al paralítico que se le perdonan los pecados o decirle que cargue con la camilla y eche a andar?

El Maestro, de nuevo hace evidente su poder humano y divino, y sana al hombre pidiéndole que lleve la camilla con él como testimonio de su curación.

El que estaba paralítico obedece y se levanta al instante. Camina entre todos con la prueba de su liberación sobre el hombro. Sale victorioso por donde antes ni siquiera había tenido sitio para entrar. Todos están asombrados y glorifican a Dios.

Se apartan con solemnidad para hacerle sitio, quizá callados, quizá dando voces de júbilo, para que el tullido tenga espacio suficiente para salir afuera, donde otros prójimos también verán el milagro.

Los ojos de los presentes están muy abiertos, necesitan recrearse en el prodigio y sus mentes necesitan encajar esta nueva pieza del puzzle en su cerebro. Están reconociendo que el que hasta ese instante no era más que un desgraciado al que no prestaban atención, de pronto forma parte del conjunto. A partir de ahora es uno más entre ellos que vivirá libre de ataduras; que podrá buscarse la vida como ellos.

El milagro, como sucede siempre, ha traído el respeto, la admiración de los demás y su restauración social.

Jesús le dice que se vaya, al que ya tiene pies para caminar por sí solo, no le exige que se quede hasta el final de la enseñanza que está compartiendo, no lo necesita porque, en un momento, el que fue lisiado ha aprendido del evangelio todo lo que tenía que aprender y con toda seguridad dará testimonio de las Buenas Noticias del Reino.

Jesús lo manda a su casa porque sabe que es el primer lugar donde el que ha sido sanado quiere llegar para hacerse visible ante los suyos; donde todavía no sospechan nada de lo que acaba de suceder, pues hasta que no le vean llegar no tendrán conocimiento del milagro. La impronta del prodigio se vive dos veces.

Primeramente en público y, a continuación, en la intimidad del hogar. Y hacia allí va ahora el antes lisiado, acompañado de sus cuatro amigos, a dar la sorpresa, sin dejar de mirar las piernas de un cuerpo ahora sano, pisando la dura tierra y pisando con garbo, con la mente aún conmocionada, como emocionados van los otros cuatro.

Hasta ahora hemos visto la actitud de los letrados y la curación del lisiado. Pasamos ahora a desarrollar en esta historia otro detalle importante: la admirable fe de los que le acompañan.

Hay quienes afirman que fue gracias a ellos que el Señor le curó, yo estoy de acuerdo en que orar por los demás es eficaz siempre que se le dé el verdadero poder a quien lo tiene, no a quien pide.

En esta ocasión el enfermo estará presente. Algún cosquilleo o pellizco fuerte llevaba en el estómago durante el traqueteo del recorrido. Quizá estos cuatro eran hermanos suyos, o familiares, pero en la forma que está contada la historia es posible que fueran amigos. No sabemos si el paralítico les pidió que lo llevaran o fue el convencimiento de ellos el que propició el traslado, o todos a la vez coincidieron en lo que había que hacer.

Estos amigos querían que el lisiado fuera feliz, no se conformaban con su estado, necesitaban para su amigo piernas tan activas como las que ellos tenían y en cuanto se les presentó la oportunidad pasaron del amor simbólico al amor práctico.

La cosa es que allí se presentaron los cinco, los cinco que se vieron en un gran apuro cuando al llegar supieron que no había manera alguna de entrar. Pero venían a por todas.

Suele pasar que cuando la desgracia llega, los amigos, al principio, acuden para paliar en la medida de lo posible al afectado. Tienen necesidad de formar parte activa de su vida, porque desean lo mejor para el que sufre y quieren facilitarle el camino para conseguirlo.

No obstante, cuando va pasando el tiempo, ese afán amaina. La enfermedad entra a formar parte de la costumbre. Cada cual regresa a la llamada de su propia rutina, porque el problema del amigo no tiene visos de arreglarse y hay que conformarse, resignarse. Pero esto está lejos de la realidad que se cuenta en el texto. Es muy hermoso ver que el lisiado de esta historia todavía conserva consigo a sus colegas. La desgracia del muchacho no influyó en la amistad que se tenían.

Podemos imaginarlos a dos delante y dos detrás, cargando con él, corriendo por las calles terrizas preguntando por la casa donde estaba Jesús, hasta darse cuenta de que no cabían. (Es costumbre mía imaginar que todo el que busca el milagro va corriendo a encontrarse con Jesús, porque nunca se sabe si esa ocasión tan excepcional va a volver a presentarse pronto).

Estos cinco están de acuerdo en romper con el decoro, con el respeto que se supone que hay que tener en casa ajena. La curación de su amigo es prioritaria ante cualquier norma, luego se arreglarán los desperfectos que haya que arreglar, eso es lo de menos.

Seguramente el gesto de bajar la camilla desde el techo no entrañaba un peligro extremo. Hemos de imaginar que las casas no eran muy altas pero, aquí lo que cuenta es la seguridad que tenían en el poder del Maestro. Lo sabían e iban a conseguirlo fuera como fuera. Sin la intervención de ellos, el paralítico no habría sido curado.

¡Cuánta falta hacen los que nos llevan ante Jesús cuando más lo necesitamos! Amigos y amigas que saben de nuestro padecimiento y nos ayudan, que buscan y persiguen una solución hasta encontrarla. ¿Nos vemos nosotros en este modelo de amistad?

Es bueno contar con esos a quienes podemos llamar, en quienes podemos confiar plenamente porque van a responder al instante. Esos amigos y amigas que están por nosotros; que no se avergüenzan de lo que nos acontece; que no se esconden, porque no les importa que los vean en nuestra presencia; que no nos juzgan ni nos condenan; que parece que tienen tanta o más ganas que nosotros de que el Señor nos mire de manera especial y nos sorprenda. Porque van a disfrutar de eso; porque van a gozar de alegría al ver nuestra restauración y porque han tenido la oportunidad de ser usados para una buena causa, la mejor de todas: mejorar la vida de alguien.

¡Qué bueno es tener amigos de verdad!

En Eclesiástico 22:23,25 leemos:

 

Sé fiel al amigo cuando esté en la pobreza,

para que también goces con él cuando esté en la abundancia.

No lo abandones cuando esté en dificultades,

para que compartas con él sus bienes cuando los reciba.

No me avergonzaré de proteger a un amigo

ni me esconderé de él.

 

Es hermosa la misión de llevar a otros a Jesús, facilitarles el camino, hacerles ver que todo es posible. Disfrutar del resultado juntos se llama vivir en comunidad y en ese vivir, Jesús está en el centro de los que son amigos.

El pasaje de Marcos termina con una frase que eleva el espíritu: Así que todos se admiraron y alabaron a Dios diciendo "Nunca habíamos visto nada semejante". Y nosotros, en nuestro día a día, si estamos expectantes veremos cosas nuevas, nada semejantes a las que hemos visto hasta ahora.

Recibe el contenido de Protestante Digital directamente en tu WhatsApp. Haz clic aquí para unirte.​

¿Te gustaría ver tu marca aquí?

Anúnciate con Nosotros