Me siento mal. Me cansa y me siento mal cuando alguien, durante el transcurso de una conversación “cristiana”, se repite al decir que el Señor bendice. Estoy haciendo tal cosa, pide al Señor que me traiga muchas bendiciones. El Señor me ha dicho el proyecto que tengo que llevar a cabo y yo le obedezco, sé que me devolverá el ciento por uno.
Parece que la cosa de vivir como cristianos está en engordar nuestro ego, en sentirnos privilegiados al recibir regalos y más regalos.
Pero no tenemos que pensar que por hacer lo que tenemos que hacer, detrás tiene que llegar la recompensa, como si se tratase de un canje, un soborno, un derecho consolidado. Parece que sin las buenas obras las bendiciones no llegan, o lo que es lo mismo, que hay que pagar de antemano para poder ser bendecido.
Dar para recibir. Sacrificarse para obtener recompensa. ¿Es así? No lo creo. Nuestra misión tiene que tener otro propósito.
Me siento mal porque los que tienen cierto poder en algunas congregaciones obligan a obedecer cuando dicen: Ve, haz esto que te digo y no te pierdas la bendición que viene detrás. Realmente lo que acabo de mencionar es una manipulación en toda regla hecha por un ser humano en nombre de Dios.
Hacer buenas obras pensando en la recompensa, es no haber entendido el sentido de la fe. Sería hermoso vivir, en cuerpo y alma, el conocido poema atribuido a Santa Teresa.
No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.
¿No es este el amor a Jesús que queremos ver correr a galope por nuestras venas, que deseamos nos salga a borbotones por la aorta, que nos ilusiona que se desparrame a nuestro alrededor en sacrificio? Nada más.
¿El Señor bendice? Por supuesto, sin lugar a dudas. Sin embargo, nuestro sentir no tiene que estar aquí, sino en servirle sin esperar nada a cambio.
Líbranos de tus bendiciones, Señor, cuando nuestra ambición sea la de recibir un pago. Líbranos de no intentar comprarlas, para que no caigamos en la tentación de querer ganarnos tu gloria con obras.
Líbranos de las promesas vanas que nos inculcan. Quítanos de la cabeza lo que podemos recibir “a cambio de” y que simplemente ocupe nuestro corazón y nuestra cabeza querer agradarte, todo en tu nombre, sin esperar nada.
Recibe el contenido de Protestante Digital directamente en tu WhatsApp. Haz clic aquí para unirte.
