Leyendas urbanas sobre la Biblia (II)

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Leyendas urbanas sobre la Biblia (II)
Leyendas urbanas sobre la Biblia (II)

Hace unos días, compartimos cuatro famosas leyendas urbanas sobre la Biblia:

  • Que la NASA comprobó que la Biblia tenía razón.
  • Que Jesús murió a los 33 años.
  • Que Proverbios 31 es una checklist de la esposa perfecta.
  • Que en Jerusalén había una pequeña puerta llamada “Ojo de la aguja”.

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Hoy nos tocan las últimas tres, y una conclusión.

Leyenda número 5: El Nuevo Testamento fue escrito originalmente en hebreo

Cada tanto me cruzo con personas que me dicen con toda seguridad: «El Nuevo Testamento fue escrito originalmente en hebreo y después lo tradujeron mal al griego para manipular el mensaje de Jesús». Están convencidos de que Yeshua hablaba hebreo, una lengua sagrada, y que el griego fue una perversión posterior. Quieren restaurar el cristianismo primitivo, con un énfasis fuertemente judío. Algunos dicen que la única versión pura es la Peshitta en arameo, o incluso que el Vaticano esconde el original hebreo del Evangelio de Mateo. Todo suena muy misterioso, pero la realidad, una vez más, es que todo esto no es más que una leyenda urbana sin respaldo en la historia ni en la academia.

Lo primero que hay que decir es que Jesús y los primeros cristianos vivieron en un mundo multilingüe. Su idioma cotidiano era el arameo, una lengua semita relacionada con el hebreo que se hablaba en Galilea y Judea en esa época. De hecho, los Evangelios conservan expresiones en arameo, como “Talita cumí” o “Eloí, Eloí, lama sabactani”.

Es probable que Jesús haya usado el idioma hebreo en algunas ocasiones, sobre todo en contextos litúrgicos, como cuando leyó el rollo de Isaías en la sinagoga (Lc 4). Y seguramente sabía algo de griego, porque era la lengua franca del Mediterráneo, como es el inglés en el mundo actual. Y en cuanto al latín, aunque era el idioma de soldados y burócratas romanos, su uso no era popular entre los judíos.

¿Y qué pasa entonces con el Nuevo Testamento? ¿Acaso fue escrito primero en hebreo y después traducido al griego? ¿Será que manipularon su contenido? En pocas palabras, la evidencia apunta en dirección contraria. Todos los manuscritos antiguos son griegos. No existe ni un solo manuscrito en hebreo del siglo I.

Aunque algunos Padres de la Iglesia mencionaron que Mateo escribió “en lengua hebrea” o que existía un “evangelio de los hebreos”, al día de hoy no está claro a qué texto se referían ni qué significaba exactamente “hebreo” en ese contexto. Lo más probable es que hablen de un escrito judeocristiano actualmente perdido, o quizás de una colección de dichos de Jesús en arameo que después se incorporó al evangelio que conocemos.

Y en cuanto a la versión conocida como Peshitta, hay que decir que recién aparece completa en el siglo V, más de 400 años después de Cristo, y que además está en siríaco, que es un dialecto distinto del arameo occidental que hablaba Jesús.

Quizás te estás preguntando por qué tanta gente insiste en afirmar cosas como esta. Y la respuesta probablemente sea que la idea de una lengua pura y sagrada tiene algo de romántico y quizás también de elitista. Nos gusta sentirnos parte de una minoría iluminada que tiene acceso a las palabras “secretas” de Jesús.

Pero como dice el apóstol Pablo: «Preferiría hablar cinco palabras comprensibles que diez mil palabras en un idioma desconocido» (1 Co 14:19). La buena noticia no vino en un código secreto; vino en lenguaje humano, comprensible, para que todos pudieran entenderlo y creer. El Espíritu Santo que en Pentecostés tradujo el evangelio a un montón de idiomas es la garantía de que todos los pueblos de la tierra están invitados a la fiesta.

Leyenda número 6: La Biblia menciona a tres reyes magos

Llega diciembre y se empiezan a armar los pesebres con tres figuras con túnicas coloridas, coronas en la cabeza y regalos en las manos. Y por si faltara algo, un villancico lo confirma: los nombres de los tres reyes magos eran Melchor, Gaspar y Baltasar. Pero hay un gran problema con todo esto: la Biblia nunca dice que eran tres, ni reyes, ni magos en el sentido moderno… y mucho menos que se llamaran Melchor, Gaspar y Baltasar.

El relato en cuestión está en Mateo 2:1-12, pero es mucho más breve y misterioso de lo que solemos imaginar.

En primer lugar, la Biblia nunca dice que fueran tres. Lo que sí menciona son tres regalos: oro, incienso y mirra. La tradición posterior simplemente asumió que cada regalo había sido llevado por un sabio. Y hay que esperar como mínimo hasta el siglo VI —o sea: demasiado tarde para ser históricamente confiable— para encontrar documentos antiguos que mencionen a Melchor, Gaspar y Baltasar.

En segundo lugar, la idea de que los sabios eran reyes surgió mucho tiempo después, cuando autores cristianos como Tertuliano los relacionaron con pasajes del Antiguo Testamento. Isaías, por ejemplo, habló sobre reyes poderosos de las naciones que vendrían para ver la luz de Israel, y que traerían oro e incienso para adorar al Señor (Is 60:3, 6). Pero Mateo nunca afirma que estos sabios fueran reyes.

Y finalmente, la Biblia tampoco dice que estos sabios practicaran la magia. El texto griego original utiliza la palabra magoi, que se usaba para nombrar a sabios, sacerdotes, astrónomos y astrólogos de culturas como la persa o la babilónica, no a magos como los entendemos nosotros.

La Biblia no aclara exactamente su origen; solo dice que venían «del Este». Esto puede hacer referencia a diferentes lugares: Babilonia —donde vivía una comunidad judía muy influyente—, Persia —que era conocida por su tradición astronómica— e incluso a Arabia —de hecho, el oro, el incienso y la mirra eran productos típicos de esa región—.

De cualquier manera, lo que queda claro es que estos sabios venían de un entorno pagano, y sin embargo, Dios los guió para cruzar fronteras culturales, religiosas y étnicas y llegar hasta Jesús.

Leyenda número 7: La Biblia menciona dos tipos de dinosaurios

En los capítulos finales del libro de Job aparece una de las escenas más intensas de toda la Biblia: Dios le responde a Job desde la tormenta y le describe a dos criaturas gigantescas: Behemot y Leviatán. La descripción es tan vívida que algunos creen que se trata de dinosaurios: Behemot sería un saurópodo como el Brachiosaurus, y Leviatán, un reptil marino, como el Kronosaurus. Algunos incluso afirman que Job habría vivido en una época, después del diluvio universal, donde todavía existían los dinosaurios.

La historia suena espectacular, y a todos nos gustaría dar un paseo por Jurassic Park —aunque aparentemente, eso nunca sale bien—. Sin embargo, esta interpretación es altamente improbable. Y esto por varios motivos: no hay evidencia científica de que los dinosaurios sobrevivieran a un diluvio universal, se extinguieron antes de la aparición de los seres humano y la propia Biblia apunta hacia una dirección mucho más prudente.

El libro de Job dice que Behemot come hierba como un buey (vs. 15), que tiene músculos y huesos fuertes (vs 17-18), que habita entre lotos y juncos en los pantanos (vs 21), y que es imposible de domesticar (vs 24). Todas características conocidas de un animal imponente del antiguo Cercano Oriente: el hipopótamo.

Y con el Leviatán pasa lo mismo. El libro de Job lo describe como una criatura imposible de atrapar (Job 41:1-9); que tiene mandíbulas aterradoras y dientes temibles (41:14), está recubierta de escamas impenetrables (41:15-17) y cuando nada deja una estela turbulenta en el agua (41:31-32). Todo parece coincidir con un animal muy temido en el Cercano Oriente: el cocodrilo del Nilo. Y los rasgos sobrenaturales que se mencionan —como que lanza luz al estornudar, tira relámpagos por sus boca y destella llamas de fuego—, son claramente poéticos —y a fin de cuentas, al menos hasta donde sepamos, tampoco los dinosaurios hacían esas cosas—.

Tenemos la tentación moderna de leer pasajes como estos con lentes cientificistas para encontrar pruebas misteriosas de la veracidad de la Biblia. Pero lo importante de estos relatos no es la zoología, sino la teología. No importa tanto saber si estamos hablando o no de un hipopótamo y un cocodrilo; el centro de esta narrativa es lo que podemos aprender sobre Dios y su forma de interactuar con su creación.

Recordá que Job estaba sufriendo un dolor enorme, y en medio de su angustia, Dios le recuerda que, aunque Behemot y Leviatán le parecieran bestias indómitas, ninguna de ellas se escapaban de su dominio. Dios es soberano sobre las fuerzas salvajes e incontrolables que escapan al dominio humano, incluido el dolor de Job. Es infinitamente superior a las fuerzas monstruosas y caóticas que no podemos controlar. Dios no solo es poderoso, sino que también está cerca de nuestro dolor.

Conclusión

Todavía quedan muchas leyendas urbanas sobre la Biblia que podríamos refutar:

  1. Que Adán y Eva comieron una manzana (Gn 3:6). Lo cierto es que Génesis solo habla de un fruto y nunca especifica cuál fue.
  2. Que Jonás fue tragado por una ballena (Jon 1:17): El texto hebreo no dice «ballena»; solo dice que era «un gran pez».
  3. Que el dinero es la raíz de todos los males (1 Tm 6:10): Lo que en realidad dice el pasaje es que «el amor al dinero» es la raíz de todos los males.
  4. Que María Magdalena era una prostituta: Esa es una leyenda que surgió en el siglo VI. Los Evangelios jamás afirman eso; solo dicen que Jesús la liberó de siete demonios.
  5. O que Jesús era carpintero (Mr 6:3): La palabra griega que se usa en los Evangelios es τέκτων, y es mejor traducirla como constructor o artesano, ya que no solo se refiere al trabajo con madera, sino también con piedra y metal. 

Sin conocer el contexto histórico, geográfico, político, literario y cultural de la Biblia es fácil cometer errores como estos. Por eso es fundamental aprender cómo vivía la gente en los tiempos bíblicos, qué costumbres tenía y cómo entendían las palabras que nosotros hoy damos por sentadas.

Estamos viviendo en una época de hiperinformación, y podríamos pensar que eso debería eliminar las leyendas urbanas inmediatamente. Sin embargo, todos los días vemos que las fake news y las conspiraciones siguen creciendo; antes, las leyendas urbanas viajaban lentamente, de boca en boca, pero hoy circulan a toda velocidad en videos virales. Y cuanto más se repite una idea, más difícil es darse cuenta.

Si queremos una fe robusta y pensante, vale la pena aprender a leer mejor. Vale la pena formarse, estudiar, leer buenos libros y consultar a los especialistas. Por supuesto, eso no significa que estemos 100% blindados al error, pero al menos podemos ser más conscientes de nuestras limitaciones.

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