Son las dos de la madrugada. Alguien arrastra una duda que le quema por dentro, no aguanta quedarse a solas con sus pensamientos, y sabe que al alcance de la mano hay algo dispuesto a conversar sin cansarse jamás. Ese algo tiene muchos nombres: Grok, Claude, ChatGPT o Gemini. ¿Es buena idea acudir así a la IA?
Dejemos la pregunta en suspenso un momento. A lo largo de esta serie hemos analizado las virtudes y los riesgos de la inteligencia artificial, desde el asombroso avance en las traducciones de las Escrituras hasta el peligro de los contenidos manipulados. Pero describir no basta. Llega un punto en que el lector tiene todo el derecho a preguntar: y ahora, ¿qué hago con todo esto?
La respuesta honesta incomoda un poco. Buscar un conjunto de reglas cristianas para el uso de la inteligencia artificial es una tarea infructuosa. No existe una guía similar al manual técnico de un electrodoméstico. Aunque las Escrituras no mencionan algoritmos ni IA, su mensaje es de una exactitud sorprendente al definir el carácter de quien debe emplear herramientas de gran alcance en una creación marcada por el pecado. Más que ofrecernos un listado de aplicaciones autorizadas, la Biblia nos presenta el perfil de la persona llamada a actuar con integridad en este contexto.
Esa descripción supone un desafío para nosotros, pero a la vez nos da más esperanza que cualquier lista de aplicaciones permitidas o prohibidas.
Dos preguntas, no una
Pablo pide a los creyentes de Éfeso que presten atención a su forma de vida, “no como necios, sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos” (Efesios 5,15.16). El significado de estas palabras no es difícil de entender. Pero fijémonos también en lo que no dice. Su instrucción no consiste en prohibir el uso de cosas que entrañen riesgos ni en restringirnos únicamente a lo que parezca inofensivo. Pablo habla de un estilo de vida, de algo que nace dentro y que guía cada decisión antes de tomarla. La sabiduría que describe no es una lista de prohibiciones. Es una disposición del corazón que sabe leer cada situación y responder con fidelidad a la voluntad de Dios.
Y aquí cambia la pregunta que casi todos nos hacemos al principio. Lo primero que sale, de manera instintiva, es: ¿Debo usar esto o no? Queremos una respuesta clara, un sí o un no que valga para cada tecnología o herramienta nueva. Pero hay otra pregunta, más incómoda y más reveladora: ¿qué dice de mí la forma en que uso esto?
La segunda no borra la primera. Hay cosas que un cristiano sencillamente no debe hacer, y saber identificarlas es parte de la sabiduría. El problema llega cuando solo nos hacemos la primera pregunta. Entonces caemos en el legalismo. Incluso si alguien acata estrictamente cada directriz sobre el empleo de herramientas tecnológicas, su interior puede seguir impulsado por la urgencia, el egocentrismo, la desidia o esa búsqueda de aprobación externa que, de forma imperceptible, suele dictar nuestras acciones.
Por eso, nos ayuda otro consejo que Pablo da a los filipenses. Les pide que piensen en todo lo que es verdadero, honesto, justo, puro, amable y de buena fama (Filipenses 4,8). Esa lista es un filtro para el corazón y debe moldear la actitud de quien no está dispuesto a delegar el control de su vida a nadie ni a nada que no sea Dios.
El silencio que ninguna pantalla llena
Hay una tentación nueva, muy de nuestros días, que conviene tomar en cuenta. La inteligencia artificial de hoy es comodísima de usar. Siempre nos da la razón. Responde en segundos. No se cansa nunca. No se molesta aunque le preguntemos lo mismo diez veces. Está siempre ahí, lista para seguir hablando. Volvamos a aquella persona de las dos de la madrugada, con su duda que quema y su decisión pendiente. Para ella, tener algo así siempre disponible puede parecer justo lo que necesitaba.
El problema no es usar una herramienta para buscar información u ordenar las ideas. El problema aparece, poco a poco, cuando esa facilidad empieza a desplazar los hábitos que forman el alma. Y esos hábitos piden todo lo contrario de la prisa. Piden lentitud, silencio y paciencia. La meditación reposada en la Escritura no corre al ritmo de un chat. La oración no es procesar un lenguaje religioso, por bonito que suene. Y el consejo de otro creyente maduro no se puede sustituir por una respuesta instantánea, porque ese hermano te conoce a ti, conoce tu historia y tus puntos ciegos, y a su lado actúa el Espíritu en medio de la iglesia. Santiago promete sabiduría a quien se la pide a Dios, que la da en abundancia y sin reproche (Santiago 1,5). No hay promesa igual para quien se la pide a un algoritmo. Un cristiano que olvida esa diferencia será una persona muy informada, pero, a la vez, sin raíces.
Vale la pena que cada uno se examine. ¿Cuándo fue la última vez que nos sentamos ante un pasaje bíblico difícil sin correr a buscar una explicación que nos lo resolviera todo? ¿Cuándo pedimos dirección en oración antes de pedírsela a una máquina? Las respuestas dicen más sobre nuestro corazón que cualquier norma de buen uso que pudiéramos firmar.
Lo que no se debe poner en otras manos
La responsabilidad moral no desaparece porque sea una máquina la que ejecuta la acción. Hay decisiones que pertenecen al ser humano y a nadie más. La comodidad puede hacernos olvidar que esas decisiones siguen siendo nuestras. Un padre no puede dejar en manos de un algoritmo la formación del carácter de sus hijos, aunque ese algoritmo le ayude a organizar horarios o a encontrar recursos. Un pastor no puede encargar a un generador de sermones lo que es sagrado: orar sobre el texto, dejar que le hable a él primero, llevarlo al púlpito desde su propio pecho. Un médico que cambia su juicio clínico y su conciencia por una recomendación automática se hace, sin querer, cómplice de los sesgos ocultos del sistema.
La línea que de verdad importa no separa lo fácil de lo difícil. Separa lo que es mecánico de lo que es relacional y moral. Lo mecánico admite ayuda, e incluso puede delegarse por completo sin perder nada importante. Lo relacional y moral, no. Y la razón es sencilla: ahí hay una persona que responde de sí misma delante de Dios y delante de otro ser humano de carne y hueso. Cuando esa presencia responsable desaparece, la tarea cambia por dentro, aunque por fuera parezca la misma de siempre.
Algo parecido ocurre con quienes pierden su empleo por el avance de las nuevas tecnologías. Detrás de cada puesto que una nueva tecnología vuelve obsoleto hay una historia humana digna. La iglesia que acompaña de verdad a los suyos sabrá cuidar a quienes necesitan sostén en un mercado laboral que cambia cada día más rápido. Ahí la comunidad demuestra, con hechos, que una persona vale más que su productividad.
La comunidad, ese remedio que no caduca
Este cuidado por el prójimo se extiende también a cómo gestionamos la información que compartimos. Decir la verdad siempre ha tenido un precio. Hoy, además, exige trabajo constante: vivimos rodeados de falsedades que se fabrican en serie y se difunden en segundos. Apreciar la verdad no basta; es indispensable desarrollar el hábito de contrastar los datos, conservar un sano escepticismo frente a aquello que refuerza nuestras propias inclinaciones y contener el impulso de divulgar información basándose únicamente en su carga sentimental. El noveno mandamiento prohíbe el falso testimonio contra el prójimo; y esto nos obliga a hablar y defender la verdad, no solo a abstenernos de mentir[1]. Ese principio se aplica a cualquiera que ayude a difundir una mentira que daña a otro. Reenviar sin pensar un video falso, o repetir una acusación que nadie ha verificado, cae bajo esa misma ley moral, venga de donde venga.
Pero nadie guarda la verdad en solitario. Existe una solución ante este panorama que debe expresarse con humildad; su propia naturaleza directa hace que, con frecuencia, sea ignorada. El mejor remedio contra los riesgos de la inteligencia artificial no es técnico. No es una norma de uso ni un filtro de contenidos. El verdadero antídoto es la comunidad cristiana vivida de verdad, esa red de relaciones que Dios diseñó para sostenernos. Esa realidad se vive en una iglesia donde la gente se conoce de veras. Donde unos rinden cuentas a otros por afecto y no por sospecha. Donde los que guían al rebaño hablan de estas cosas en serio. Una iglesia así forma creyentes con una fortaleza interior que ninguna formación técnica puede dar. Y no porque elimine los riesgos, sino porque, poco a poco, va moldeando personas capaces de afrontarlos sin hundirse.
Por eso las iglesias harían bien en abrir espacios para hablar de todo esto con claridad: cómo usamos la tecnología, qué hábitos se están formando en los jóvenes casi sin que nos demos cuenta. No tienen que ser reuniones solemnes. Muchas veces, basta una conversación sencilla entre personas que se cuidan unas a otras. Pero una condición imprescindible es que se hable con conocimiento.
Una palabra final sobre la suficiencia de Cristo
Todo lo dicho hasta aquí podría leerse como un catálogo de deberes, y volveríamos al legalismo que intentamos eludir. Por eso conviene regresar a la base: lo decisivo no es una sucesión de comportamientos externos, sino el carácter y la identidad de la persona que estamos llamados a ser en este tiempo.
Quien sabe usar la inteligencia artificial sin acabar siendo dominado por ella no es el que mejor se sabe las reglas. Es aquel cuyo corazón mira a Cristo con tanta firmeza que ninguna herramienta, por atractiva o adictiva que sea, logra moverlo de ese centro. Porque Cristo ofrece lo que ninguna máquina podrá imitar jamás. No solo nos da respuestas, sino que salva a los que están perdidos. No solo está siempre disponible: está vivo y presente. No imita la compasión: nos amó hasta morir en una cruz por nosotros.
Vivir arraigados en esa realidad no nos hace inmunes a los riesgos de la tecnología. Pero sí va engendrando en el alma una clase de discernimiento que ninguna norma impuesta desde fuera podría generar. El temor reverente del Señor sigue siendo el principio de toda sabiduría verdadera. También en nuestro tiempo de algoritmos y máquinas que hablan.
Notas
[1] Véase por ejemplo: Catecismo Mayor de Westminster (preguntas 144 y 145)
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