Dios, el hombre y la inteligencia artificial (V): Riesgos éticos y espirituales

| Fuente: protestantedigital.com/rss/opinion

Dios, el hombre y la inteligencia artificial (V): Riesgos éticos y espirituales
Dios, el hombre y la inteligencia artificial (V): Riesgos éticos y espirituales

En noviembre de 2025 el sacerdote católico Mike Schmitz, cuyo podcast supera el millón de seguidores, tuvo que advertir públicamente a sus oyentes de que circulaban videos generados con IA que usaban su imagen y su voz para solicitar donaciones fraudulentas. Varios de esos perfiles falsos seguían activos en TikTok después del aviso. Poco después, centenares de homilías y discursos atribuidos al papa León XIV comenzaron a inundar YouTube y TikTok, muchos sin ninguna indicación de que eran falsos. Los comentarios de los usuarios mostraban que miles de personas los tomaban por reales. En Estados Unidos, pastores de Alabama, Nueva York y Florida han tuvieron que emitir alertas formales a sus congregaciones porque alguien estaba usando deepfakes de ellos para estafar a sus propios feligreses.

No son casos aislados. Son la punta visible de un fenómeno que ha llegado para quedarse, y que la Iglesia no puede seguir tratando como si fuera ciencia ficción.

En las entregas anteriores hemos reconocido que la inteligencia artificial ofrece posibilidades reales para servir al Evangelio: acelerar la traducción de las Escrituras, democratizar el estudio bíblico y liberar tiempo para el ministerio pastoral. Todo eso es verdad. Pero también es verdad que las herramientas más poderosas de la historia humana siempre han tenido dos caras, y la ingenuidad ante el filo cortante de la segunda no es fe. Es negligencia.

Cuando la mentira tiene buena cara

La Biblia describe al diablo como mentiroso y padre de mentira desde el principio (Juan 8:44). No porque la tecnología sea diabólica, sino porque existe una lógica espiritual en el engaño que atraviesa toda la historia humana, y la inteligencia artificial la ha equipado con una capacidad sin precedentes. Jesús no dijo que conoceríamos la verdad para que la verdad nos resultara cómoda; dijo que nos haría libres. Esa libertad tiene un precio: el amor por la veracidad, la disposición a verificar, la resistencia a dejarse arrastrar por la primera impresión superficial.

Los casos mencionados ilustran algo que requiere nuestra atención. No se trata solo de fraudes económicos, aunque los hay y causan daños reales. Se trata de la erosión de la confianza como tejido social de la comunidad cristiana. Cuando un miembro de una iglesia ve un video de su pastor y ya no puede estar seguro de si es real, cuando una congregación recibe un mensaje de voz que suena exactamente igual que su líder pero que fue generado artificialmente, cuando una “profecía” fabricada se viraliza en grupos de WhatsApp evangélicos sin que nadie la identifique como tal, entonces se daña no solamente al bolsillo o a la reputación de alguien. El daño es a la confianza misma, que es el aire que respira cualquier iglesia.

T.D. Jakes, pastor y escritor estadounidense, describió cómo una campaña de difamación vinculada a su persona fue alimentada en un 98% por contenido generado artificialmente o amplificado por bots. 44.000 cuentas automatizadas propagando falsedades sobre un hombre real, con familia real y con congregación real. La corrección llegó después, pero el daño, antes. Y como observó alguien, en un contexto diferente pero con la misma lógica: una vez plantada la duda, suele quedarse aunque venga la rectificación.

Un pueblo que se llama a sí mismo pueblo de la Palabra debería ser el más exigente del mundo con la veracidad. La iglesia no puede permitirse una epistemología perezosa en la era digital. Y no se debe compartir cualquier video de Facebook, Instagram o TikTok solo porque aparece una cara conocida. Conviene recordar que propagar una mentira desagrada a Dios no menos que inventarla.

La pregunta que el algoritmo no puede responder

Hay un peligro más sutil que los deepfakes, y más difícil de reconocer precisamente porque no viene en forma de amenaza externa, sino de oferta atractiva. La inteligencia artificial, en sus versiones más avanzadas, puede mantener conversaciones largas, recordar detalles personales, responder con aparente empatía, estar disponible a cualquier hora y nunca cansarse. Para una persona sola, herida o agotada, eso puede parecer exactamente lo que necesita.

La tentación no es nueva en su forma espiritual. La idolatría siempre ha funcionado así: ofrece algo que se parece a lo real, pero que no puede darlo verdaderamente. Un sistema de IA puede producir frases sobre el amor, sobre el perdón, sobre la esperanza. Sin embargo, no puede amar, perdonar ni esperar. Puede describir la comunión; no puede ofrecerla. Y si nos acostumbramos a un sustituto que nunca nos cuesta nada, corremos el riesgo de perder gradualmente la capacidad de vivir en la densidad real de las relaciones humanas.

Pablo no les dijo a los tesalonicenses que les enviaría información correcta sobre el Evangelio. Les dijo que hubiera querido entregarles también su propia vida, tan grande era su afecto por ellos. Esa entrega de la propia vida —con el tiempo que cuesta, con el agotamiento que implica, con la vulnerabilidad que supone— es precisamente lo que ninguna herramienta puede replicar, y lo que constituye el nervio del discipulado cristiano. La iglesia no es una red de usuarios conectados a asistentes digitales. Es un cuerpo, con todo lo que esa metáfora implica de interdependencia, fricción, cuidado y crecimiento conjunto.

El peligro concreto aquí no es que alguien elija conscientemente a la IA en lugar de a Dios. Es que la preferencia se instala por acumulación de pequeñas decisiones: abrir el chat antes que la Biblia, buscar consuelo en una pantalla antes que en la oración, sustituir la meditación lenta por el consumo ágil de contenido espiritual generado en segundos. La espiritualidad cómoda, inmediata y sin cruz no es el camino estrecho que describió Jesús.

El buey que acorneaba y la excusa perfecta

La tercera dimensión del riesgo es institucional y moral, y afecta tanto a los que desarrollan estas herramientas como a los que las usan. Los modelos más avanzados de IA ya no solo responden, sino que obedecen a instrucciones concretas (prompts) para que planifiquen, ejecuten y tomen decisiones dentro de los marcos definidos por sus creadores. Seleccionan candidatos para empleos, aprueban o deniegan solicitudes de préstamos, identifican objetivos en contextos de seguridad, aconsejan sobre salud o finanzas. Y cuando algo sale mal en esos procesos, aparece una tentación tan antigua como el Edén: la de declinar cualquier responsabilidad.

La Escritura no tolera esta actitud. La ley del buey que acorneaba en Éxodo 21 establece con claridad que la responsabilidad del daño causado recae sobre el propietario que conocía el riesgo y no lo controló. El instrumento no es el agente moral; el agente moral es quien lo diseña, lo despliega y lo autoriza. Ninguna complejidad técnica, ningún contrato de términos y condiciones y ninguna apelación a la opacidad del algoritmo cambian esta estructura de responsabilidad ante Dios. Romanos 14:12 no tiene excepciones tecnológicas: cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí.

Este principio tiene aplicaciones prácticas inmediatas para los creyentes que trabajan en el sector tecnológico, para las iglesias que adoptan herramientas de IA en su gestión y para cualquier persona que use estos sistemas en nombre de otros. La pregunta pertinente no es solo “¿funciona?”, sino “¿quién responde si causa un daño?”.

El trabajo como vocación, no como recurso optimizable

Y finalmente es necesario que abordemos otro tema: El impacto de la automatización sobre el empleo no es una amenaza abstracta. Es la realidad cotidiana de familias que ven cómo las habilidades que adquirieron durante años pierden valor en el mercado laboral en cuestión de meses. La aceleración es real: categorías profesionales que habrían tardado décadas en transformarse están cambiando en ciclos de dos o tres años. Ya son frecuentes los casos de carreras que al inicio parecen facilitar un empleo seguro, pero después de 3 o 4 años quedan completamente obsoletas.

La respuesta cristiana a esto no puede limitarse a recordar que “el capital no es el enemigo del trabajador” —aunque eso sea económicamente cierto— sin también reconocer que la transición tiene un coste humano concreto que recae sobre personas concretas, con familias concretas, en comunidades concretas.

Sin embargo, la solución no es la demonización de la nueva tecnología, sino el calor humano y divino de una comunidad cristiana que funciona y que provee recursos y motivación para encararse con el futuro con entusiasmo y no con una actitud derrotista.

La iglesia acompaña a las personas que sufren estos cambios. El mismo Señor que instituyó el trabajo como vocación antes de la caída lo enmarcó después en estructuras de descanso, de límite, de dignidad que van mucho más allá de la lógica de la productividad. Y precisamente en este proceso doloroso hay también una oportunidad: reencontrarse con un trabajo que sea vocacional y no meramente una forma de ganar dinero.

Ni pánico ni anestesia

El artículo podría terminar aquí con una lista de peligros bien catalogados, y el lector quedaría correctamente informado, pero tal vez sin saber muy bien qué hacer. Conviene ser más preciso.

No olvidemos quel pánico no es la respuesta cristiana porque parte de la premisa de que algo se le ha escapado de las manos a Dios, y esa premisa es falsa. El Salmo 115:3 no admite excepciones: “Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho”. Ninguna empresa tecnológica gobierna el universo.

Pero la confianza en la soberanía de Dios no es una invitación a la negligencia. Es precisamente la base sobre la que se puede actuar con calma, con criterio y con constancia. Necesitamos padres que enseñen a sus hijos a verificar antes de compartir, a distinguir entre emoción e información, a preguntar quién produjo esto y por qué. Necesitamos pastores que hablen de estos temas desde el púlpito con la misma naturalidad con que hablan de otros desafíos morales de la cultura contemporánea. Necesitamos creyentes que trabajen en tecnología con la conciencia de que su trabajo tiene consecuencias morales reales, no solo técnicas. Y necesitamos iglesias que mantengan viva la cultura de la presencia real: la visita, la conversación larga, la oración en voz alta juntos, las cosas que ningún algoritmo puede sustituir porque requieren que alguien esté físicamente ahí. Dicho de manera comprensible: ninguna IA jamás podrá sustituir a una tertulia de sobremesa dominical entre amigos o familiares.

La pregunta que debería acompañar el uso de cualquier herramienta de IA no es solo “¿me ayuda a ser más eficiente?”. Es también: “¿Me ayuda a amar más a Dios y al prójimo, o me entrena para evitar la responsabilidad, la paciencia y la dependencia del Señor?”. La diferencia entre esas dos preguntas no es técnica. Es espiritual. Y en una época fascinada por la velocidad, el control y la comodidad, esa distinción vale más de lo que parece.

En la próxima entrega exploraremos respuestas concretas: cómo usar estas herramientas sin ser usados por ellas, cómo formar una conciencia digital en la congregación y cómo caminar en fidelidad en un mundo que cambia más rápido de lo que la mayoría de nosotros podemos procesar.

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