Era el 30 de noviembre de 2022, un miércoles de finales de otoño. Todo parecía un día normal, casi rutinario. El mundo bullía con noticias que llenaban telediarios y portadas internacionales. La guerra en Ucrania seguía desgarrando Europa, con nuevas negociaciones entre Estados Unidos y el gobierno de Zelenski. El presidente francés Emmanuel Macron hacía una visita de Estado a Washington, donde él y Joe Biden hablaban de la supremacía tecnológica en el siglo XXI, de la alianza contra China y del apoyo a Ucrania. En Qatar se jugaba el Mundial de Fútbol. En el sur de Brasil, un deslizamiento de tierra dejaba al menos treinta desaparecidos, recordándonos la fragilidad de la vida. El planeta parecía concentrado en sus conflictos, sus deportes y sus tragedias de siempre.
Pero ese mismo día, algo profundamente transformador acababa de nacer.
El nacimiento silencioso de ChatGPT
OpenAI, después de estar trabajando desde el 2015, lanzó al público ChatGPT. En solo cinco días alcanzó un millón de usuarios. En menos de dos meses superó los cien millones. Lo que parecía una simple herramienta de conversación se convirtió, casi de la noche a la mañana, en una presencia que entraría en despachos, aulas, hogares y, también, en la vida de muchos cristianos.
De repente, cualquier persona con un teléfono móvil podía pedirle a una inteligencia artificial que escribiera un poema, resolviera un problema matemático, redactara un correo profesional o incluso ayudara a estructurar un mensaje para el culto del domingo. Y con esa capacidad llegó, aunque con cierto retraso, un escalofrío colectivo.
Al mismo tiempo, las noticias comenzaban a hablar de robots cada vez más avanzados que ya realizaban tareas en fábricas, almacenes y hasta en servicios de atención al cliente. Programadores de computadoras veían que este programa podía hacer su trabajo siguiendo instrucciones claras. Muchos trabajadores veían con temor cómo puestos de trabajo que parecían seguros empezaban a desaparecer o a transformarse. Expertos advertían que la inteligencia artificial podía acelerar esa pérdida de empleos a una velocidad nunca vista. Ese miedo no era infundado.
En grupos de WhatsApp, en conversaciones de sobremesa y en algún que otro sermón, la misma pregunta se repetía: ¿esto es progreso… o estamos ante el principio de algo peligroso? ¿Hasta dónde el ser humano sería cambiado por la tecnología? ¿Ha llegado la herramienta definitiva del anticristo?
La historia de un miedo repetido: del tren al internet
No es la primera vez que sentimos este temor. La historia se repite cada vez que la tecnología da un salto significativo. En el siglo XIX, cuando los primeros trenes comenzaron a cruzar los campos de Europa y América, algunos creyentes sinceros se alarmaron. «¡Velocidades demoníacas!», decían. Temían que esos artefactos de hierro rompieran la vida familiar, destruyeran las comunidades rurales y aceleraran el ritmo de una sociedad ya demasiado agitada. Hubo pastores que predicaron contra ellos desde el púlpito.
Luego llegó la electricidad. A finales del siglo XIX y principios del XX, cuando las primeras bombillas iluminaron las ciudades, no faltaron voces que las asociaron con lo oculto. «Es la luz del diablo», susurraban algunos. Temían que esa energía invisible abriera puertas a prácticas espiritistas o, simplemente, que borrara el encanto sencillo de la lámpara de aceite que recordaba la parábola de las diez vírgenes.
En los años 80 y 90, el temor se centró en los ordenadores. Muchos cristianos temieron que fueran el instrumento del «número de la bestia». Los códigos de barras, los chips y los videojuegos parecían encajar en interpretaciones apocalípticas. Algunas iglesias incluso desaconsejaban comprar un ordenador. Cuando llegó internet, el miedo se multiplicó: pornografía al alcance de un clic, aislamiento espiritual, falsos maestros predicando desde cualquier lugar y la posibilidad de un control global que recordaba las profecías de Daniel y Apocalipsis.
Hoy, con la inteligencia artificial, el ciclo vuelve a repetirse. Muchos cristianos miran a ChatGPT, Gemini, Grok y Claude, entre otras, con la misma mezcla de fascinación y recelo. «¿No estamos jugando a ser Dios?», preguntan. «¿No es esta la Torre de Babel del siglo XXI?». Y no son preguntas tontas ni temores infundados. Son cuestionamientos lógicos y teológicos.
Sin embargo, el miedo a lo desconocido nunca ha sido un buen consejero. La Biblia no nos llama a rechazar el progreso por miedo. Nos llama a algo más profundo: a discernir con sabiduría. Efesios 5:15-17 nos exhorta: “Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios, sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos. Por tanto, no seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor”.
¿Qué es la inteligencia artificial?
Comenzamos haciéndonos la pregunta elemental: ¿Y qué es exactamente esta inteligencia artificial que tanto nos inquieta? Para quienes no han profundizado en el tema, quiero explicarlo con la mayor sencillez posible.
La inteligencia artificial, en su forma más básica, es un conjunto de programas informáticos diseñados para aprender de enormes cantidades de datos, identificar patrones y realizar tareas que normalmente requieren inteligencia humana. De esta manera puede responder preguntas, hacer análisis, generar textos, tomar decisiones, como otras muchas tareas. Esto no es magia. Es matemática avanzada aplicada a una escala que antes parecía imposible.
Lo que hace diferente esta ola actual es que ya no se trata solo de programas que calculan. Sistemas como Claude, de la empresa Anthropic, han dado un paso más. Durante los últimos dos años, Claude ha incorporado una función llamada computer use: se trata de un agente de inteligencia artificial que controla el ordenador del usuario por él. Puede gestionar archivos, correos y aplicaciones de forma automática, sin que el usuario tenga que hacer nada. Es como tener un asistente digital que trabaja en tu equipo las 24 horas del día.
Algunos lo ven como una herramienta que les ahorra tiempo. Otros lo miran con preocupación: «¿Y si un día actúa sin permiso? ¿Y si empieza a tomar decisiones que solo corresponden al ser humano?».
Diferencia cualitativa: de la amplificación a la agencia
Tenemos que reconocer que la inquietud en relación con la inteligencia artificial no es idéntica a los temores del pasado; existe una diferencia cualitativa fundamental.
Los avances tecnológicos de los siglos XIX y XX (el tren, la electricidad, e incluso los primeros ordenadores personales e internet) fueron, en esencia, herramientas de amplificación. Aumentaron drásticamente las capacidades humanas: el tren amplificó nuestra velocidad y el comercio; la electricidad, nuestra capacidad de iluminación; el ordenador, nuestra capacidad de cálculo e internet, nuestro conocimiento, las comunicaciones y el acceso a la información. Todas estas herramientas estaban delimitadas y requerían una operación directa y constante por parte de un ser humano.
La inteligencia artificial de agentes (como Claude con su funcionalidad de computer use) representa algo más que una simple amplificación. Es un salto hacia la agencia autónoma. La IA no solo calcula o ilumina; puede tomar la iniciativa de gestionar archivos, responder correos y ejecutar procesos sin intervención directa del usuario. Aquí radica la novedad: pasamos de una tecnología que simplemente aumenta la capacidad humana a una que asume un grado de control.
Reconocer esta diferencia no es sucumbir al pánico, sino ejercer el discernimiento sabio que la Escritura nos pide. Si la herramienta se acerca a la capacidad de agencia —tomar decisiones o ejecutar acciones automáticamente—, la vigilancia debe ser mayor. Por lo tanto, aunque el miedo histórico se repita, el objeto del miedo tiene una característica nueva que exige una respuesta teológica y práctica más profunda que la simple desestimación por analogía.
La IA no es neutral, pero Dios es soberano
Conviene partir de una sencilla verdad: la inteligencia artificial no es neutral. Nada creado por el hombre lo es. Fue hecha por seres humanos que, aunque llevamos la imagen de Dios (Génesis 1:27), también cargamos con la realidad del pecado que afecta todo lo que tocamos. Por eso, nuestras herramientas reflejan tanto nuestra creatividad y deseo de hacer el bien como nuestra tendencia al control y a la idolatría.
Sin embargo, nada escapa a la soberanía de Dios. Ni los trenes del siglo XIX, ni la electricidad, ni los ordenadores, ni internet… ni esta inteligencia artificial que hoy nos deja sin aliento. El Salmo 115:3 lo declara con claridad: «Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiere, lo hace». Él no está compitiendo con la IA. No se sorprende por Claude. No ha perdido el control porque el hombre haya creado algo que parece «pensar».
Al contrario, Dios ha permitido que vivamos en este momento exacto. Y si Él lo ha permitido, es porque tiene un propósito para Su gloria y para nuestro bien. La misma Escritura que nos advierte contra la idolatría también nos llama a ejercer un dominio sabio sobre la creación (Génesis 1:28). La tecnología forma parte de ese dominio. El problema no está en la herramienta, sino en el corazón que la usa.
Por eso, en lugar de dejarnos paralizar por el miedo —ese miedo que ha acompañado a cada generación de creyentes con los avances tecnológicos—, la Palabra nos invita a una postura diferente: humilde vigilancia, oración constante y discernimiento sabio. No se trata de abrazar la IA sin pensar, ni de rechazarla por completo. Se trata de someterla a la autoridad de Cristo.
En los próximos artículos de esta serie caminaremos juntos por este camino. Veremos los fundamentos bíblicos que nos ayudan a entender cualquier tecnología. Exploraremos cómo transmitir valores eternos —verdad, justicia y amor— a estas inteligencias artificiales.
Celebraremos las posibilidades reales que tiene la IA para servir al Evangelio: traducir la Biblia a lenguas que aún no la tienen, ayudar a maestros y pastores en la preparación de estudios y de sermones, o apoyar misiones en lugares remotos. Pero también enfrentaremos los peligros sin rodeos: el riesgo de la deshumanización, de simular una «conciencia» que solo Dios puede dar, o de que la IA llegue a tomar el control de decisiones que deberían quedar en manos humanas.
Y, sobre todo, aprenderemos estrategias prácticas, profundamente arraigadas en las Escrituras, para usar esta herramienta sin que ella nos use a nosotros o la terminemos convirtiendo en otro ídolo. Porque al final, la pregunta no es si la inteligencia artificial va a cambiar el mundo. Ya lo está cambiando. La pregunta es: ¿permitiremos que cambie nuestro corazón… o dejaremos que el Espíritu Santo use incluso esto para conformarnos más a la imagen de Cristo?
Tenemos la confianza plena de que el mismo Dios que sostuvo a Su pueblo cuando los trenes cruzaron los campos, cuando la electricidad iluminó las ciudades y cuando internet conectó el planeta, es el que hoy sostiene el universo y cada línea de código de esta nueva tecnología. Dios es el único soberano y nada, ni nadie podrá superar con su grandeza, sabiduría y poder.
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