En las sombras de una clínica clandestina o bajo las luces asépticas y frías de un hospital público subvencionado por el Estado con los impuestos de los ciudadanos, cada año millones de vidas humanas se extinguen antes de ver la luz del día. No estamos hablando de una tragedia inevitable ni de un desastre natural; estamos hablando de una masacre sistemática, planificada y amparada por la ley.
En Europa y gran parte de Occidente, el aborto ha dejado de ser una “opción médica” de último recurso para convertirse en la principal causa de muerte, superando con creces al cáncer, las enfermedades cardíacas, los accidentes de tráfico y el suicidio combinados.
Según los datos cruzados de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Instituto Guttmacher, se estima que se practicaron más de 1,2 millones de abortos solo en Europa Occidental en el año 2023[1]. Estos números no son simples estadísticas; son ríos de sangre que claman al cielo. Esta realidad no es un accidente histórico; es el fruto amargo y podrido de una cultura que ha rechazado el señorío de Dios sobre la vida, elevando la autonomía humana —el egoísmo soberano— al altar del sacrificio. El aborto encarna la esencia misma de la “cultura de la muerte” que caracteriza al Occidente postcristiano, donde el derecho a elegir se ha convertido en el derecho a destruir, y el ser humano no nacido se reduce a un “tejido” desechable, una molestia biológica que debe ser eliminada en aras del bienestar personal.
Como cristianos, no podemos escabullirnos de esta tragedia. Debemos confrontar esta rebelión contra la vida no con una condena superficial, sino con la verdad afilada de la Palabra de Dios y la esperanza transformadora del Evangelio. Tenemos que enfrentarnos al aborto como una de las expresiones supremas de la depravación humana.
La evidencia bíblica
La Biblia no tartamudea, no duda y no usa eufemismos sobre el valor de la vida humana desde la concepción. La Escritura establece que un ser humano posee una dignidad intrínseca, no por su capacidad de razonar, sentir dolor o contribuir a la economía, sino por su ontología: Génesis 1:26-27 declara que el hombre es creado a imagen de Dios, un estatus conferido por el Creador, no ganado por el desarrollo fetal o la aprobación legal de un Estado secular.
El Salmo 139:13-16 desmonta cualquier argumento biológico moderno que intente deshumanizar al embrión: “Tú formaste mis entrañas; tú me tejiste en el vientre de mi madre… Tus ojos vieron mi embrión, y en tu libro estaban escritos todos los días que me fueron asignados, cuando no existía aún uno solo de ellos”.
Dios no ve un “grupo de células” o un “potencial de vida”; ve una persona completa, con una historia escrita y una vocación eterna. La palabra hebrea para “embrión” (golem) implica algo envuelto o incompleto en forma, pero ya existente en esencia ante los ojos divinos. Jeremías 1:5 refuerza esta soberanía prenatal: “Antes de formarte en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué”. El aborto, por tanto, no es un “derecho humano”; es un asalto directo y violento contra la soberanía de Dios. Es decirle al Creador: “Te equivocaste al tejer esta vida, y yo tengo la autoridad para destruirla”.
La continuidad de la vida es absoluta en las Escrituras. En el Nuevo Testamento, el término griego brephos se utiliza indistintamente para referirse a un bebé ya nacido (Lucas 2:16, Jesús en el pesebre) y a un bebé en el útero (Lucas 1:41, Juan el Bautista). Cuando María, recién embarazada por obra del Espíritu Santo, visita a Elisabet, Juan salta en el vientre de su madre. No salta un tejido; salta un profeta. Elisabet llama a María “la madre de mi Señor” cuando Jesús era apenas un embrión de días. Si el aborto fuera permisible en las primeras etapas, estaríamos aceptando teológicamente que hubiera sido permisible destruir al Hijo de Dios encarnado. La cristología y la defensa de la vida son inseparables.
El genocidio estadístico y racial
Esta cultura de la muerte es el legado de un Occidente que ha apostatado de la fe cristiana. Desde la Ilustración y la Revolución Francesa, el humanismo secular ha entronizado al hombre como la medida de todas las cosas, desplazando a Dios. En el siglo XX, el nacionalsocialismo alemán eliminó “vidas no dignas de ser vividas” en nombre de la pureza racial; hoy, el aborto elimina “vidas no deseadas” en nombre de la autonomía sexual y económica. La lógica es idéntica: el fuerte decide quién vive y quién muere basándose en la utilidad o el deseo. Es curioso que en ambos casos se mataba y se sigue matando de forma perfectamente legal, tomando en cuenta los marcos legales del nacionalsocialismo alemán entonces o la Unión Europea en la actualidad.
La magnitud del problema exige que miremos los números con frialdad para comprender el horror:
1. El aborto es la principal causa de muerte: Según datos recopilados por Worldometer en base a estadísticas de la OMS, el aborto es la causa número uno de muerte global. En 2023, mientras 8,2 millones de personas murieron de cáncer y 1,7 millones por VIH/SIDA, más de 44 millones de seres humanos fueron abortados en todo el mundo[2]. Esta cifra corresponde casi a la población de España.
2. La realidad en España: Según los datos del Ministerio de Sanidad, se perpetraron en España 88.269 abortos en 2023[3]. Para ponerlo en perspectiva, esto equivale a borrar del mapa una ciudad como Toledo, Cáceres o Santiago de Compostela cada año. El 97 % de estos casos se justifican bajo el coladero legal del “riesgo para la salud de la madre” —en su vertiente psicosocial—, convirtiendo el aborto en un método anticonceptivo de facto[4].
Estas estadísticas no son neutras; reflejan el desprecio a la vida y la mentira legalizada de una sociedad hedonista que sacrifica a sus propios hijos en el altar de la comodidad y el materialismo.
Aborto es homicidio, según la Biblia
La Biblia condena el aborto como lo que es: homicidio. El Sexto Mandamiento, “No matarás” (Éxodo 20:13), prohíbe el asesinato intencional de un ser humano inocente. La ley mosaica en Éxodo 21:22-25 protege la vida del no nacido estableciendo la pena capital (“vida por vida”) si un golpe causa la muerte del niño en el vientre de su madre. No se trata de una multa por daños a la propiedad, sino de la lex talionis aplicada a una persona completa. Dios detesta el derramamiento de sangre inocente, y no hay sangre más inocente que la de aquel que no puede defenderse, ni huir, ni gritar.
El argumento moderno del “mi cuerpo, mi decisión” es una falacia teológica y biológica.
1. Biológicamente: El feto tiene un ADN único, distinto al de la madre y al del padre. Tiene su propio tipo de sangre (a menudo diferente al de la madre), sus propias huellas dactilares y, desde la semana 6, un latido cardiaco detectable. No es el cuerpo de la mujer; es un cuerpo dentro del cuerpo de la mujer.
2. Teológicamente: Para el cristiano, el argumento de la autonomía humana es herético. 1 Corintios 6:19-20 nos recuerda: “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo…? Y que no sois vuestros, pues habéis sido comprados por precio”. Nadie es dueño de su propio cuerpo; pertenecemos a Dios. Destruir una imagen de Dios es la máxima rebelión contra Dios.
La historia de la Iglesia y el silencio cómplice
Históricamente, la Iglesia ha sido un baluarte contra la cultura de la muerte. No es una postura “política” reciente de la derecha conservadora; es la postura cristiana histórica.
● La Didaché (siglo I), uno de los primeros escritos cristianos fuera del Nuevo Testamento, ordena explícitamente: “No matarás al hijo en el seno de su madre, ni quitarás la vida al recién nacido”.[5]
● Tertuliano (siglo II) escribió en su Apologeticum: “Para nosotros, dado que el homicidio está prohibido, ni siquiera nos es lícito destruir el feto en el útero… Impedir el nacimiento es un homicidio anticipado”.[6]
● Juan Calvino, el gran reformador, comentó sobre Éxodo 21, calificando el aborto como un crimen monstruoso: “El feto, aunque encerrado en el vientre de su madre, ya es un ser humano, y es un crimen monstruoso robarle la vida que aún no ha comenzado a disfrutar”.[7]
● Dietrich Bonhoeffer, mártir ante el nacionalsocialismo, declaró en su Ética: “La destrucción del embrión en el vientre materno es una violación del derecho a la vida que Dios ha dado… La simple realidad es que Dios ciertamente quiso crear un ser humano y que este ser humano ha sido deliberadamente privado de su vida. Y eso no es más que un asesinato”.[8]
Si estos gigantes de la fe lo llamaron asesinato, ¿por qué la Iglesia moderna calla? El silencio desde los púlpitos evangélicos es ensordecedor. Por miedo a ser tachados de “políticos” o “intolerantes”, muchos pastores evitan el tema, permitiendo que las ovejas sean devoradas por ideologías mundanas. O —lo que es peor— lo evitan para no poner en peligro la coexistencia pacífica con un Estado que compra el silencio a cambio de algunos subsidios y beneficios fiscales y legales, cuando deberían calificar esto como lo que es: un holocausto moderno. El aborto no es un derecho. Es la eliminación sistemática de generaciones enteras.
Pastoral: Gracia para el arrepentido, guerra contra el pecado
Es vital hacer una distinción pastoral clara. Aunque el aborto es un pecado atroz, no es el pecado imperdonable. La sangre de Cristo es más poderosa que cualquier pecado, incluido el homicidio.
Para la mujer que ha abortado y vive atormentada por la culpa, la Iglesia debe ofrecer la gracia redentora del Evangelio, no excusas psicológicas. “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9). La sanidad no viene de justificar el pecado diciendo “no tenías opción”, sino de confesar la gravedad del acto y recibir el perdón total en la Cruz. Ministerios bíblicos de restauración son esenciales para vendar estas heridas profundas. Dios puede redimir lo irreparable y restaurar los años que comió la langosta (Joel 2:25).
Sin embargo, para la sociedad y la Iglesia en general, el mensaje debe ser de confrontación. No podemos “acompañar” el pecado. La eutanasia activa es el gemelo demoníaco del aborto: ambos reclaman la soberanía sobre el inicio y el fin de la vida. La Iglesia debe proclamar su bioética teológica: la vida es sagrada porque es de Dios.
Conclusión: Un llamado a la batalla espiritual
En conclusión, el aborto es la marca indeleble de una civilización que ha perdido el temor de Dios y se encamina hacia su propio juicio. Es la rebelión de la criatura contra el Creador, manifestada en la sangre de los inocentes.
Pero la Iglesia no puede rendirse ante la oscuridad. Debemos ser la voz de los que no tienen voz (Proverbios 31:8). Debemos votar, predicar, legislar y actuar en defensa de la vida. Debemos ofrecer alternativas reales: adopción, apoyo económico y refugio, para que ninguna mujer sienta que la muerte del niño que lleva en su vientre es su única salida.
No nos engañemos: Dios no será burlado. La sangre de millones clama desde la tierra como la de Abel. La pregunta es: ¿En qué lado de la historia y de los mandamientos de Dios estarás tú y tu iglesia? ¿Serás un espectador pasivo de este genocidio silencioso, o te levantarás para defender una vida humana que aún no ha nacido?
Notas
[1] Guttmacher Institute. “Unintended Pregnancy and Abortion Worldwide”. Datos regionales agregados y proyecciones para Europa.
[2] Worldometer / WHO. "Leading Causes of Death". Datos dinámicos anuales comparativos (aborto frente a enfermedades transmisibles y no transmisibles).
[3] Ministerio de Sanidad (España). "Interrupción voluntaria del embarazo. Datos definitivos correspondientes al año 2023", publicados en 2024.
[4] Ibídem
[5] Didaché 2:2
[6] Tertuliano. Apologeticum, capítulo 9, sección 8.
[7] Calvino, Juan. Comentarios sobre los cuatro últimos libros de Moisés, refiriéndose a la exposición de Éxodo 21:22.
[8] Bonhoeffer, Dietrich. Ethik, editada por Eberhard Bethge (Chr. Kaiser Verlag, 1949), p 184.
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