¿Podemos asociarnos los cristianos con el feminismo?

| Fuente: protestantedigital.com/rss/opinion

¿Podemos asociarnos los cristianos con el feminismo?
¿Podemos asociarnos los cristianos con el feminismo?

“¿Podemos habitar el feminismo actual sin adaptarnos a las ideologías de este tiempo o renunciar a nuestra fe cristiana? Sí, podemos, siempre y cuando estemos en la disposición de reconocer con palabras y hechos el problema de la desigualdad y la opresión de las mujeres –empezando por aquella que ocurre en nuestras propias iglesias–, de aportar soluciones acordes a nuestros valores y principios.”

Este fue el fondo del debate que se abrió en un post publicado por la Plataforma Séneca Falls. Pese a que varios de los usuarios se mostraban de acuerdo con la lucha y los valores bíblicos de la plataforma, discrepaban en cuanto al uso y la identificación con el concepto de feminismo.

Esta no es una anécdota cualquiera, ni un debate poco habitual, y es que en numerosas ocasiones el malestar que se genera cuando personas o grupos cristianos se identifican con el feminismo no tiene tanto que ver con el fondo de la lucha o las razones bíblicas que se argumentan, sino más bien con el título que se adopta y probablemente, con todo aquello que ha venido asociándose a él en los últimos tiempos.

Estaremos de acuerdo con los usuarios del debate en que la cuestión sobre cómo nos identificamos es realmente importante y debemos reconocer con toda honestidad que el feminismo ha ido alineándose cada vez más a ciertas corrientes ideológicas con propuestas muy contrarias a los valores y principios cristianos.

Ahora bien, ¿es o ha sido el feminismo un movimiento ideológicamente exclusivo de ciertos sectores? La respuesta es un rotundo no. El feminismo no ha sido nunca un movimiento exclusivamente ideológico ni mucho menos una corriente de único pensamiento, sino que fue desarrollándose como un espacio de pluralidad. Con todo, la realidad actual y el intento de ciertos sectores políticos por monopolizar e instrumentalizar el discurso no debe ser motivo suficiente para hacernos renunciar a la lucha social que representa el feminismo; una lucha que nos interpela como creyentes y cuyas pioneras fueron, muchas de ellas, mujeres de profunda fe cristiana (movimiento de Seneca Falls, 1848).

Vayamos a eso inicios. La historia nos enseña que el feminismo nació ya hace más de tres siglos como una teoría política de cambio que defendía la igualdad entre hombres y mujeres y denunciaba el abuso y la violencia que las mujeres sufrían. Este movimiento se constituyó a través del esfuerzo de miles de personas de diversas procedencias que hicieron de esta reivindicación un movimiento sólido gracias, en gran medida, a su capacidad de autocuestionamiento.

Ya a mediados del XIX se observan considerables diferencias entre las cosmovisiones y prácticas de las feministas francesas, las inglesas o las americanas, como tampoco fueron los mismos intereses los que defendían las mujeres burguesas que los que defendían las proletarias y no es difícil imaginar cómo los intereses de estas últimas cuestionaron el statu quo de las primeras, generando ineludibles tensiones, pero también fructuosos debates que sentaron las bases de un movimiento complejo y diverso.

Estos casos, entre tantos otros que podríamos citar, nos muestran cómo históricamente las mujeres de diversas culturas, creencias, ideologías o clases sociales señalaron los problemas que veían en el feminismo sin plantearse renegar de él como lucha política. Todas ellas se movilizaron y agruparon para cuestionar el movimiento desde dentro, abriendo la posibilidad de transitar el feminismo desde diversos posicionamientos sin perder nunca el foco que las unía: la lucha por la igualdad y el fin de la violencia, la opresión y el abuso de las mujeres.

Es por todo ello que hoy, en un mundo polarizado y cada vez más dividido en identitarismos de todo tipo, sería bueno que, como creyentes, reflexionáramos sobre la importancia de conocer la historia de este movimiento y, despojándonos de los prejuicios o conocimientos sesgados, uniéramos fuerzas para evitar la monopolización de esta lucha, presentando públicamente nuestra adhesión como cristianos, no a una ideología o a un partido político concreto, sino a la reivindicación de justicia social que el feminismo ha representado históricamente.

La cuestión es clara, si renegamos del concepto de feminismo, renegamos de la posibilidad de extender el evangelio dentro de él y continuar así la obra de pioneras cristianas como Lucretia Mott, Elizabeth Candy Stanton o Josephine Butler.

Sin embargo, la duda es legítima: ¿Podemos habitar el feminismo actual sin adaptarnos a las ideologías de este tiempo o renunciar a nuestra fe cristiana? Sí, podemos, siempre y cuando estemos en la disposición de reconocer con palabras y hechos el problema de la desigualdad y la opresión de las mujeres –empezando por aquella que ocurre en nuestras propias iglesias–, de aportar soluciones acordes a nuestros valores y principios para los problemas de desigualdad de nuestra sociedad, de impedir, a través de la investigación y la divulgación, que voces cristianas fundamentales en la historia y el origen del feminismo sean olvidadas y de apoyar a aquellos que desde la fe y el conocimiento bíblico quieren seguir defendiendo un feminismo plural donde la cosmovisión cristiana cuestione, aporte y nutra el debate contemporáneo.

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