Hay una profunda herida que no se ve. No aparece en las fotografías de inauguraciones, ni en los escenarios iluminados, ni en los cultos llenos de música y aplausos. Es la herida de quienes un día confiaron en sus líderes espirituales y terminaron siendo manipulados, humillados, silenciados o destruidos por ellos. Hombres, mujeres, niños, familias rotas por abuso espiritual.
Una parte muy dura de estas situaciones es ver cómo quienes ejercieron un poder dañino vuelven a ocupar plataformas en medio de la aprobación o el silencio cómplice general. Levantan nuevas iglesias, dirigen coros espectaculares, predican el amor de Dios, reciben reconocimiento oficial de “los hombres buenos”, hacen grandes comidas para su propio reconocimiento. Es observar cómo su reputación parece reconstruirse mientras las víctimas siguen sus propias vidas, quebrantadas y reedificadas muchas veces en silencio y soledad.
Y entonces surge una pregunta que quema por dentro: ¿A quién le importa de verdad el profundo sufrimiento, el hambre y sed de justicia por lo que les hicieron pasar? A Jesús sin duda le importa.
Para quien ha sufrido abuso de poder, manipulación espiritual o cualquier otra forma de maltrato dentro de una comunidad de fe, contemplar ese escenario resulta profundamente doloroso. Produce una sensación de abandono, de injusticia y de invisibilidad. Mientras unos celebran nuevos proyectos ministeriales, otros continúan lidiando con ansiedad, miedo, pérdida de fe, traumas y heridas que tardarán años en cicatrizar.
Lo más desconcertante es ver cómo otros líderes, entiendo que, por desconocimiento de toda la verdad o quizá por otros intereses, respaldan a esas personas, les ofrecen nuevos espacios de liderazgo o los presentan como ejemplos a seguir o simplemente siguen acudiendo a sus invitaciones y eventos. Pero no conocen toda la historia. Han escuchado una versión. Nunca se han sentado a escuchar a las víctimas. Nunca les han dicho: cuéntame tu historia. Cuéntame tu versión. Antes de devolver autoridad a alguien sobre otras personas, o permitirles estar en las plataformas, merece la pena hacer una pregunta sencilla y valiente: ¿hemos escuchado también a las víctimas?
Porque las víctimas están y son. A veces han pasado 30 años y aún el liderazgo no se ha sentado a escucharlas. Cargan con el horrible peso de no haber sido tenidas en cuenta, y lo peor, la carga de no haber sido siquiera creídas, porque el otro era “persona importante y de fachada intachable”.
Y tú eras una oveja más entre cien, pero no perdida; sino apaleada, esquilada y obligada a no poder abrir su boca. Las víctimas necesitan, para su sanidad integral, que se las escuche y que el liderazgo les diga de corazón: “Tu dolor me importa”.
Una restauración auténtica nunca puede construirse ignorando a quienes resultaron heridos. Hay que tener presente sus historias, sus voces. Que resuenen en nuestras conciencias. La gracia no elimina la responsabilidad, el arrepentimiento y el perdón -que no borran las consecuencias- no sustituye la rendición de cuentas. Si una comunidad cristiana desea reflejar el carácter de Cristo, debe preocuparse tanto por la restauración del que hizo daño como por la sanidad, la justicia y la dignidad de quien lo sufrió.
Las víctimas no deberían contemplar nunca cómo quienes las dañaron mantienen o recuperan un aparente prestigio humano mientras ellas siguen luchando por recuperar la confianza en la Iglesia y en las personas. Y, tristemente, a veces en Dios.
A los líderes que apoyan o restituyen a personas sobre las que pesan acusaciones de abuso de poder o testimonios coincidentes de múltiples víctimas abusadas, les pediría una sola cosa: escuchad a las víctimas. Escuchad con integridad antes de decidir. Escuchad antes de mantener o entregar nuevamente autoridad espiritual a los abusadores. Escuchad antes de decir sí a sus invitaciones, no sean parte del silencio culpable de “los hombres buenos”.
Porque detrás de cada omisión de escucha puede haber una o más vidas rotas. Y detrás de cada víctima ignorada hay una Iglesia que pierde credibilidad.
La pregunta sigue resonando: ¿Quién escucha a las víctimas?
Ojalá la respuesta sea: Yo sí.
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