Hablar de arrepentimiento en el ámbito cristiano es adentrarse en uno de los pilares más profundos de la fe: la posibilidad real de transformación, de perdón y de restauración, producida por el Espíritu Santo en nuestros corazones y mentes. Cuando ese arrepentimiento se refiere a agresores sexuales o maltratadores en la pareja—y más aún cuando estos ocupan posiciones de liderazgo o visibilidad dentro de comunidades evangélicas—, la reflexión requiere una profundidad, una prudencia y una responsabilidad mucho mayores.
Consciente de que es un tema controvertido y delicado, no por ello quiero eludir la responsabilidad que siento de dar unas pinceladas pastorales sobre el arrepentimiento en estos casos tan complicados.
- Qué implica un arrepentimiento genuino
El arrepentimiento bíblico no es únicamente una emoción, ni una confesión verbal, ni una respuesta a las consecuencias. Es un cambio radical de mente, corazón y conducta.
- “Haced frutos dignos de arrepentimiento” (Mateo 3:8)
El primer paso no es “sentirse mal”, sino reconocer la verdad: “Contra ti, contra ti solo he pecado…” (Salmos 51:4). Este salmo de David es un modelo de oración de arrepentimiento, donde David, reconociendo la verdad de su pecado, sólo pide a Dios :
No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu santo Espíritu. Vuélveme el gozo de tu salvación, y espíritu noble me sustente. Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos, y los pecadores se convertirán a ti.
David no le pide que no le quite de su cargo de rey, sino que no le aparte de su presencia, de su Espíritu. Ese es su clamor.
No así Saúl, que solo pidió a Samuel que no perdiese su reinado y su honra delante del pueblo. Dos modelos. Saul tuvo remordimiento, pero no todo remordimiento es arrepentimiento (1Samuel15:30) Hay una diferencia crucial entre sentirse mal y cambiar.
“La tristeza que es según Dios produce arrepentimiento… pero la tristeza del mundo produce muerte” (2 Cr 7:10)
En casos de abuso sexual o maltrato en la pareja, entiendo que el arrepentimiento debe incluir necesariamente:
- Asumir responsabilidad sin excusas
- Reconocer el daño causado
- Colaborar con la justicia
- Aceptar las consecuencias legales
- Renunciar a posiciones de poder o influencia
Aclaraciones necesarias ante errores frecuentes
Y creo que sería bueno aclarar ciertos conceptos que a veces andan confusos en los creyentes.
1.- Gracia no es impunidad.
En contextos religiosos, existe el peligro de confundir el perdón con la restauración pública. El Evangelio enseña el perdón, y es un mandamiento, pero no anula las consecuencias ni elimina la responsabilidad de proteger a los más vulnerables.
La gracia no puede convertirse en una herramienta para minimizar el daño, silenciar a las víctimas o acelerar procesos que requieren tiempo, verificación y acompañamiento profesional. No existe el arrepentimiento exprés. Cada corazón tiene sus tiempos y procesos dirigidos por el Espíritu Santo.
2.- Mayor responsabilidad en líderes espirituales y famosos.
Cuando el agresor es una figura pública o un líder espiritual, la situación se vuelve aún más delicada. “A quien mucho se le da, mucho se le demandará” (Lucas 12:48)
El impacto de sus actos no se limita a la víctima directa, sino que se extiende a toda la comunidad de fe. Una restauración apresurada puede comunicar que la institución protege más a sus líderes que a las personas heridas.
3.- Restauración espiritual no es lo mismo que restitución ministerial.
Una persona puede iniciar un camino genuino de arrepentimiento delante de Dios, y aun así no ser apta para volver a ejercer liderazgo público. Esto no es falta de gracia, sino expresión de justicia, sabiduría y cuidado pastoral.
El arrepentimiento genuino no busca restaurar la reputación ni recuperar espacios, sino reparar —en la medida de lo posible— el daño causado. La reparación requiere procesos largos, supervisión externa, y una renuncia real al protagonismo.
Ocurre también en el caso de los famosos que se convierten. Nos gozamos por ello, pero creo que se debe esperar un tiempo prudente en el que se consolide esa experiencia si ha sido auténtica y genuina, no rodearles de luces y plataformas, no subirles a escenarios, sino esperar unos mínimos frutos de esa conversión.
Más aún si el famoso ha estado involucrado en casos de abusos e infidelidades, por los que no ha pedido perdón. Aun cuando legalmente haya sido absuelto, la ética cristiana exige un perdón. Esto es protegerles y evitar caídas y abandonos de la fe, como hemos visto en muchos casos de famosos que manifiestan su conversión y nos precipitamos a “usarlos” como gancho de los medios.
4.- Gracia y justicia no se oponen.
La acusación de inquisidores y justicieros o legalistas es muy común cuando se aplican estos principios expuestos anteriormente. Los protectores de los agresores claman por misericordia y restauración exprés. Pero no. La justicia y la gracia es necesario que se den unidas. Y eso es posible porque Jesús murió en la cruz donde “La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron” (Salmos 85:10).
Este final de este salmo 85 no es solo una expresión poética, sino para mi una guía para abordar el arrepentimiento en estos contextos de los que hemos hablado, de abuso y maltrato. Afirma que la misericordia y la verdad no pueden separarse. No puede haber un ejercicio legítimo de gracia donde la verdad es parcial, distorsionada o silenciada.
En casos de abuso sexual, cualquier discurso de arrepentimiento que no pase por la verdad completa —incluyendo el reconocimiento del daño, la escucha de las víctimas y la exposición de los hechos— carece de consistencia bíblica. No se derrama la gracia si no se reconoce el pecado, la verdad. Pero cuando sí se reconoce, entonces la fuente de la gracia de Dios no deja de brotar.
Del mismo modo, declara que la justicia y la paz se besan. No hay paz verdadera sin justicia. Y no hay justicia sin verdad. Nunca. Donde no hay rendición de cuentas, procesos adecuados y protección efectiva de las víctimas, lo que se llama paz es, en realidad, silencio impuesto o apariencia de armonía. Y cuando ocurre eso, que no ha habido verdad y justicia, nunca se podrán cerrar del todo los casos de abusos en las iglesias. Siempre quedará, la contienda, la falta de paz, la lucha. No se habrá cerrado el tema y probablemente resurgirá. Y las víctimas no tendrán tampoco verdadera paz.
Los abusos, agresiones y violencias, es decir, los delitos, prescriben, cierto, pero el sufrimiento perdura porque los temas no se zanjan de raíz: con verdad, justicia y gracia.
La iglesia está llamada a ser un espacio de gracia, verdad y justicia. Eso implica resistir la tentación de respuestas rápidas, de narrativas simplistas o de soluciones que prioricen la imagen personal, o institucional por encima de la integridad. Seamos iglesia de verdad, imitando siempre a Jesús.
