El 11 de febrero se celebra el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, proclamado por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2016 y que celebra los logros de las mujeres, los conocidos y los desconocidos, los recordados y los olvidados.
En esta área, en 1993 Margaret W. Rossiter (historiadora especializada en el mundo de la ciencia) definía el “Efecto Matilda” para poner de manifiesto la gran diferencia tanto salarial como de reputación que existe en el ámbito científico entre hombres y mujeres.
El “Efecto Matilda” debe su nombre a Matilda Joslyn Gage, la activista norteamericana del siglo XIX que denunció por primera vez que a las mujeres investigadoras se les negaban sus méritos y la autoría de sus descubrimientos.
Matilda Electa Joslyn Gage nació el 24 de marzo de 1826 en Cicero, Nueva York. Fue la única hija del doctor Hezekiah Joslyn y su esposa, una pareja muy activa en favor del abolicionismo y profundos creyentes protestantes, que habían organizado en su propia casa uno de los llamados ferrocarriles subterráneos para poder ayudar a los esclavos a fugarse.
Cuando se casó en 1845 con un comerciante llamado Henry Hill Gage, Matilda continuó con la tarea activista y organizó en su nuevo hogar en Fayetteville, también en Nueva York, un ferrocarril subterráneo. Matilda dedicó los siguientes años a cuidar de su familia, llegó a tener hasta cinco hijos, y a continuar con la lucha antiesclavista. Pero pronto incorporó a su vida otra inquietud, la lucha por los derechos de las mujeres, denunciando el abuso y la violencia sexual contra mujeres y niños, e incluso denunciando a la propia iglesia como cómplice de abusos contra los esclavos y las mujeres.
En 1852 asistía a la tercera Convención Nacional sobre los Derechos de las Mujeres, celebrada en Siracusa. Allí daría su primer y brillantísimo discurso como sufragista. Matilda se posicionó en el sector más radical del sufragismo, alejada de las posturas conservadoras que defendían la lucha de las mujeres solamente centrada en el derecho a votar. Aun así, tenía en común con otras sufragistas conservadoras su profunda fe protestante. De hecho, colaboró con las fundadoras del Movimiento Seneca Falls, Elizabeth Cady Stanton, y Susan B. Anthony y en la Biblia de la Mujer.
En 1875 era nombrada presidenta de la Asociación Nacional del Sufragio Femenino, organización en la que trabajó durante años para que su labor se fuera expandiendo por todo el territorio de los Estados Unidos.
Escribió varias obras que se convirtieron en indispensables para entender su lucha, entre ellos, los panfletos La mujer como inventora, Catecismo de los derechos de la Mujer, y Mujer, Iglesia y Estado, su obra más importante firmada en solitario y que recogía el espíritu de la Women's National Liberal Union, una organización que fundó ella misma en 1890 y que defendía la separación de Iglesia y Estado.
Tras su muerte, acaecida en Chicago el 18 de marzo de 1898, sus restos fueron enterrados en el cementerio de Fayetteville bajo una inscripción que reza: Existe una palabra más dulce que madre, hogar o cielo; esa palabra es libertad.
Mujeres en la ciencia: avances importantes, desigualdades persistentes
En las últimas décadas, la presencia de mujeres en la ciencia y la investigación ha crecido de forma significativa, pero la igualdad real aún está lejos de alcanzarse, especialmente en los puestos de liderazgo y en áreas tecnológicas.
A nivel mundial, solo una de cada tres personas investigadoras es mujer (33%), según la UNESCO. Aunque las mujeres representan más de la mitad del alumnado universitario en muchos países, su presencia disminuye progresivamente a medida que se avanza en la carrera científica.
En Europa, las mujeres constituyen el 41% del personal científico e ingeniero, y España se sitúa entre los países con mejores cifras, con cerca del 40% del personal investigador y una presencia cercana a la paridad en el sector público.
Una de las desigualdades más evidentes se encuentra en los puestos de liderazgo. En España, solo el 27% de las cátedras universitarias están ocupadas por mujeres, lo que refleja la existencia de un persistente “techo de cristal”. Este fenómeno se repite a nivel internacional: las mujeres están bien representadas en las etapas iniciales de la formación científica, pero son minoría en los puestos de mayor responsabilidad.
La brecha es especialmente visible en las áreas tecnológicas. En ingeniería y arquitectura, las mujeres representan apenas alrededor del 30% del alumnado, lo que limita su presencia futura en sectores clave para el desarrollo económico y la innovación.
Las causas son diversas y complejas: dificultades de conciliación familiar, mayor precariedad laboral en las primeras etapas de la carrera investigadora, estereotipos de género y menor acceso a posiciones de poder y reconocimiento.
A pesar de estas barreras, los avances son reales. Cada vez más mujeres acceden a la educación superior, participan en proyectos científicos y contribuyen de forma decisiva al progreso del conocimiento. El desafío actual no es solo aumentar su presencia, sino garantizar su igualdad de oportunidades en todos los niveles de la carrera científica.
La ciencia no puede permitirse prescindir del talento de la mitad de la humanidad.
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