La iglesia de Kanya* es clandestina e ilegal.
Si la vieras por fuera, ni siquiera pensarías que es una iglesia, ya que se trata solamente de un pequeño espacio dentro de una choza, donde el techo es una lona de plástico y no hay agua corriente ni electricidad.
La casa donde se reúne su iglesia está en un terreno propiedad de un gobierno que podría clausurarla en cualquier momento por no estar registrada.
La pequeña congregación se reúne cada semana, adorando en la clandestinidad, a puerta cerrada… y bajo presión.
Kanya y su esposo, Phonesay*, viven en una choza cercana, apretados con su familia de seis personas en un espacio pequeño sin infraestructura básica.
La suya es una de varias en ese terreno, y cada una pertenece a una familia cristiana.
No son las mejores condiciones para vivir, pero la pareja sabe que podría ser peor, si la comunidad y las autoridades decidieran clausurar o incluso demoler su iglesia.
Lo saben porque…
…ya ha ocurrido antes.
Un milagro para creer
Kanya y Phonesay proceden de la zona rural de Laos, país que ocupa el puesto número 28 de la Lista Mundial de la Persecución de 2026, que documenta cada año los 50 primeros países donde seguir a Jesús implica riesgo, presión o violencia. Su comunidad está profundamente arraigada en un sistema de creencias animista en el que se cree que casi todo, tanto lo vivo como lo inerte, posee un espíritu, y que enfadarlo o negarse a aplacarlo trae consecuencias desastrosas. Este sistema de creencias está tan ligado a la identidad tribal que adoptar creencias diferentes puede parecer una traición a la herencia cultural y a la comunidad.
La pareja fue criada en este sistema animista y nunca tuvo muchas razones para dudar de él, hasta que Kanya enfermó gravemente a causa de unos problemas dentales.
Nada lograba aliviarla y, dado que eran pobres, no se podían permitir el cerdo o el pollo necesarios para hacer una ofrenda a los espíritus. Entonces, alguien le dijo a Kanya que podía intentar algo diferente: «Si crees en Dios, Él puede ayudarte», recuerda que le propusieron.
Decidieron intentarlo. Phonesay animó a su esposa a creer, prometiendo incluso que la seguiría en su fe si se sanaba.
Dios comenzó a trabajar de inmediato en el corazón de Kanya. «El Señor me reveló algo que me hizo querer seguirlo. Así que decidí creer. En ese momento, puse mi fe en Jesús, recuperé mis fuerzas, y fui sanada gracias al Señor», explica.
Kanya y Phonesay estaban llenos de alegría. Él pensó que tendría tiempo de asimilar esta nueva fe mientras no hubiera persecución.
Comunidad anti-cristiana
Pero debido al lugar donde viven en Laos, la persecución era una certeza.
El primer incidente ocurrió apenas unos días después de la conversión de Kanya. Ella había invitado a su hermano, quien también es creyente, a dirigir un tiempo de adoración para ella y otros cristianos. Mientras estaba en la aldea, las autoridades locales confiscaron su motocicleta y se negaron a devolvérsela.
Lo peor es que cuando los cristianos acudieron a la policía para recuperar el vehículo robado, la lista de exigencias de las autoridades fue en aumento. El oficial les demandó que renunciasen a su fe en Jesús. También les dijo que debían abandonar sus hogares, ya que los aldeanos no les permitían quedarse allí. «Respondí con firmeza que no renunciaría a mi fe. Aunque muera, jamás renunciaré a Jesús», recuerda Kanya.
La presión aumentó y pronto se extendió a Phonesay y su familia. «Después de creer y recuperarme, [mi marido] me pidió que renunciara a mi fe», confiesa Kanya. «Sin embargo, le reafirmé que no iba a abandonar a Dios, aunque su familia me expulsara [de nuestro hogar]. Y así fue: la familia de mi esposo dijo a los aldeanos que me presionaran para que renunciara a mi fe cristiana».
Finalmente, la aldea decidió expulsar a Kanya de la comunidad.
Los vecinos le dieron a Phonesay un terrible ultimátum. «Me dijeron que tenía que elegir entre seguir a Dios o abandonar a mi esposa, porque si no me divorciaba, debía irme con ella», recuerda. «Los aldeanos y mis padres dijeron que estaba bien quedarse solo, y que, si mi esposa me amaba, debería renunciar a Jesús y volver al animismo. Pero ella no lo hizo, así que me presionaron para divorciarme».
Phonesay decidió no luchar por Kanya ni por su matrimonio, y ella se quedó sin opciones. «Me retuvieron en la casa toda la noche, desde las siete de la tarde hasta las cuatro de la madrugada, y luego me obligaron a abandonar la aldea», recuerda Kanya. «Así que huí y me quedé con mis familiares. Durante ese tiempo no sentía nada, pero estaba alegre. Mi corazón buscaba al Señor. Por supuesto que echaba de menos a mis hijos. Cada vez que lloraba, yo oraba y pedía ayuda a Dios. Pero estaba dispuesta a perder a mi marido y a mis hijos por mi fe».
Kanya lo había perdido todo por su fe, pero había ganado a Jesús. ¿Sería suficiente?
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Una búsqueda de sentido
En aquel momento, Kanya estaba embarazada de su tercer hijo con Phonesay, pero eso no le impidió intentar crecer en su nueva fe, incluso en un lugar nuevo, junto a su familia. «La iglesia a la que asistía estaba bastante lejos, [pero] hacía lo posible por ir», recuerda. Esa congregación estaba formada por unos veinte creyentes, entre los que se encontraban dos familias cristianas de mayor antigüedad, mientras que el resto eran nuevos cristianos, incluyendo los parientes de Kanya.
«Seguíamos activamente al Señor con todo nuestro corazón», asegura Kanya. «Sí, éramos pocos en número, pero la espiritualidad era enorme, como de una multitud».
Mientras tanto, Kanya oraba para reunirse con su esposo y creía que un día podrían reconciliarse. Le compartía el Evangelio con regularidad, pidiéndole que considerara aceptar a Jesús. «Cada vez que hablábamos por teléfono, me hablaba de Jesús», recuerda Phonesay. «Decía que creyese en Dios, y que seríamos libres de nuestras viejas costumbres y del animismo».
Pero Phonesay seguía dudando, consciente de las consecuencias que su esposa había sufrido por su fe. En lugar de seguir su camino, se encerró en sí mismo y cayó en el abuso de las drogas y el alcohol. «Nunca me enfadé con él», afirma Kanya. «Cuando lo veía, sentía lástima».
Esa fue su situación durante cinco años. En ese tiempo, Phonesay se volvió a casar, pero Kanya no perdió la fe. «Mucha gente me menospreciaba y me decía: “Crees en Dios, pero no has ganado nada. Tu marido ahora tiene otra esposa”. Él no decía nada. Solo sonreía. Pero yo seguía creyendo que nos reconciliaríamos, porque Dios es grande».
Incluso cuando todo parecía perdido, Dios seguía trabajando en el corazón de Phonesay. Él se seguía sintiendo solo y vacío incluso con su nueva mujer. Las cosas en las que había buscado consuelo le habían fallado. «No le encontraba sentido a esa vida», recuerda Phonesay. «Quería una vida nueva». Y, poco a poco, su corazón comenzó a ablandarse hasta que él también aceptó a Jesús como su Señor y Salvador.
Irónicamente, lo que le había pasado a Kanya le pasó después a Phonesay: su esposa se horrorizó ante su nueva fe y se divorció de él.
Pero, por la gracia de Dios, el divorcio abrió una puerta a la reconciliación por la que Kanya había orado durante años. Y fue así como Kanya y Phonesay se volvieron a casar cinco años después de que la persecución los hubiera separado; esta vez, unidos en su búsqueda de Jesús.
Prohibido hacerlo público
Kanya regresó al pueblo que una vez fue su hogar. La familia estaba encantada de haberse reunido. Conscientes de que había sido posible solo por la gracia de Dios, organizaron un culto especial para celebrar su reconciliación y, al mismo tiempo, hacer una declaración pública de su fe en Él.
Pero no todos en la comunidad estaban contentos con la reconciliación de la pareja. «Los habitantes del pueblo vinieron a nuestro hogar y gritaron: “Vamos a derribaros la casa”», recuerda Kanya. «Yo no hice nada malo, pero ellos querían hacernos daño». Los lugareños, armados con martillos, comenzaron a derribar la casa.
Phonesay corrió a pedir ayuda a la policía. «Algunos vecinos han destruido mi casa», denunció, pero las autoridades no le prestaron atención. Regresó y comenzó a grabar en vídeo la destrucción.
«En ese momento, no tenía miedo. Solo me preguntaba qué harían después de destruir la casa», recuerda Kanya. «Actuaron así porque no conocen al Señor. Si lo conocieran, no estarían enfadados. Dios nos manda no devolver mal por mal, sino vencer el mal con el bien».
«Gracias, Jesús. Aleluya.
Él nos da su amor, su amor. Gracias, Jesús. Aleluya.
Su misericordia es la más grande, la más grande».
Al final fueron dos casas las que se destruyeron: la de la pareja y la del tío de Kanya.
Una vez que la violencia cesó, el matrimonio recién reconciliado acudió de nuevo a la policía. «Denunciamos que los habitantes del pueblo habían destruido nuestra casa a pesar de que no habíamos hecho nada malo», cuenta Kanya. «La policía nos dijo con tono burlón: es cierto, no les hicisteis caso [a los residentes], simplemente hacéis lo que queréis».
Finalmente, Kanya y Phonesay fueron expulsados de su propio pueblo. «Mientras nos echaban, me sentí feliz y triste al mismo tiempo», recuerda Phonesay. «Feliz porque encuentro mi alegría en Dios: creo en Él. Triste porque nací en ese pueblo y viví allí muchos años. Que me expulsaran me hizo sentir como si hubiera matado a alguien».
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Un nuevo lugar para vivir y adorar
Tras la expulsión de su pueblo, a la pareja se le asignó una casa abandonada mientras las autoridades decidían qué hacer con ellos. Pasaron los meses y la persecución se extendió también a los pueblos vecinos. Expulsaron a varias familias de sus propias comunidades y se las envió a vivir a la casa abandonada junto a Kanya y Phonesay.
Estas familias (ahora ocho en total, incluyendo a Kanya y Phonesay) preguntaron a sus perseguidores y a las autoridades locales si podían ir a una zona rural para encontrar un lugar donde vivir. Se les concedió la petición. «Las autoridades nos dijeron: “Tenéis granjas. Vosotros, los seguidores de Jesús, debéis ir allí”», cuenta Kanya.
La zona a la que se fueron era apenas habitable: tierras sin urbanizar, formadas por sencillas granjas de subsistencia en medio de los densos bosques de Laos. Los colaboradores locales se enteraron de lo que había sucedido y pudieron ayudarles con algunos materiales básicos de construcción y alimentos, así como a despejar el terreno para construir nuevas cabañas. A pesar de ello, la vida para las familias cristianas no iba a ser fácil.
«Me preguntaba: ¿Es este el plan del Señor?», reflexiona Phonesay. «Pensaba: ¿Su plan es que deje a mis padres y familiares para vivir en el bosque? ¿Es esto cierto?».
Pero Dios fue fiel. El nuevo conjunto de cabañas en el bosque iba a ser un lugar donde, por primera vez, estos cristianos perseguidos podrían adorarle juntos libremente, aunque fuera a escondidas y a presión. «Vivir en el bosque con otros creyentes me hacía feliz porque compartíamos la misma fe», asegura Phonesay. «El Señor nos dio tiempo para adorarle. Le adorábamos todos los días».
Kanya está agradecida por la ayuda que recibieron de los colaboradores locales para construir este pequeño rebaño. «Doy gracias al Señor: vi Su amor a través de estas bendiciones de nuestros hermanos», agradece.
El pequeño grupo de creyentes acondicionó una iglesia en un espacio libre de una de las cabañas. Así, los cristianos comenzaron a crecer en la fe. «Nuestros líderes trajeron muchas enseñanzas para hacer crecer la iglesia», dice Phonesay. «Estudiamos cómo compartir el evangelio y, después de aprender, salimos a proclamarlo».
A Phonesay se le brindó la oportunidad de viajar a la ciudad más cercana para recibir formación de los colaboradores en interpretación bíblica y otras áreas espirituales. Los colaboradores también impartieron formación a la nueva comunidad sobre cómo prepararse para la persecución con el fin de ayudarles a mantenerse firmes en su situación y ante cualquier presión futura. «La formación me enseñó que debemos ser pacientes ante la persecución», afirma Phonesay. «Me dio ánimos cuando me enfrenté a la persecución, recordándome que nunca debía renunciar a mi fe».
Los colaboradores locales también apoyaron un proyecto de medios de subsistencia para los creyentes, ya que se habían visto obligados a dejar sus trabajos cuando los residentes de Laos los expulsaron. «Me ayudaron a obtener ingresos para poder comprar otras cosas necesarias, como sal y azúcar», asegura Phonesay sobre el proyecto. «Nos ayudan siempre que tenemos necesidades. Si el Señor provee, estoy agradecido. Si no lo hace, sigo creyendo en Él. Doy muchas gracias a Dios. Espero que Él bendiga a todos los que participan en vuestro ministerio».
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Una existencia frágil
Esta es la realidad actual de Phonesay, Kanya y el resto de creyentes de esta zona de Laos. Todos ellos son personas que se han visto obligadas a abandonar sus hogares por su fe y que han encontrado consuelo en los bosques montañosos de Laos. Sus vidas no son fáciles, y aspiran a algo más. Pero, al menos por ahora, tienen una iglesia y se tienen los unos a los otros.
Sin embargo, saben que en cualquier momento todo podría desaparecer. «Hay otro problema: los habitantes del pueblo han marcado los límites del terreno y no nos permiten ampliar la zona», avisa Kanya. «Esta tierra pertenece al Gobierno, pero no tengo miedo; simplemente, me apoyo en el Señor».
Ahora quieren construir una iglesia más grande; como dice Kanya: «el lugar de culto es lo más importante, más que cualquier otra cosa». Pero son plenamente conscientes de que cualquier queja de la comunidad podría acarrear las mismas consecuencias. Ya se les advirtió que no compartieran su fe fuera de los límites establecidos alrededor del conjunto de cabañas. Kanya y Phonesay siguen estando profundamente marcados por la experiencia de ver cómo destruían su hogar por haber celebrado un culto cristiano y saben que esto podría volver a suceder.
Esta es la realidad de muchas iglesias clandestinas de Laos. Son ilegales porque no están registradas: solo hay tres grupos autorizados para registrar iglesias en el país, y todos los demás grupos de creyentes se ven obligados a practicar su culto en una zona legal ambigua, operando únicamente mientras a las autoridades no les importe hacer cumplir la ley. Además, en las zonas rurales, los funcionarios locales ejercen aún más poder y a menudo responden a las disputas culturales o étnicas cerrando estas iglesias no registradas o dejando impunes las represalias violentas contra estas comunidades cristianas.
Esta es la precaria realidad a la que se enfrentan Kanya, Phonesay y los demás creyentes que adoran y sirven fielmente a Dios en medio del bosque. Aprecian mucho el tiempo que pasan juntos, pero saben que su existencia es frágil. Viven su vida por Cristo en la clandestinidad y bajo presión, a puerta cerrada.
Por eso debemos abrir esa puerta y adentrarnos en las vidas de los creyentes perseguidos, para caminar con ellos. Cuando nos mantenemos al lado de cristianos como Kanya y Phonesay a través de nuestras oraciones, nuestra presencia y nuestro apoyo, Dios puede usarnos para fortalecer a las iglesias clandestinas que perseveren en su fe bajo una presión cada vez mayor.
Esta pareja de cristianos muestra la resistencia de la fe incluso en esta olla a presión. «Si nos enfrentamos a dificultades o problemas, debemos apoyarnos en Dios», asegura Kanya. «Es Su plan, y a veces quiere que aprendamos algo. Es una forma de entrenarnos para hacernos más fuertes. A través de las pruebas, comprendemos mejor a Dios. Debemos ser pacientes. Dios no nos abandonará. Él conoce nuestros corazones y cuánto queremos servirle».
Esta es la obra de Dios: fortalecer a su pueblo clandestino para que le sirva, incluso en medio de una presión que la mayoría de nosotros ni siquiera podemos imaginar. Él está haciendo crecer a su pueblo en Laos, con gente como Kanya y Phonesay demostrando que, aunque se vea obligada a actuar en la clandestinidad, su Iglesia jamás será erradicada.
¡Escribe una carta de ánimo para Kanya y Phonesay!
*Nombres cambiados por motivos de seguridad.
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