Neda creció como la hermana mayor de tres hijos en un pequeño pueblo de Irán, donde las niñas eran vistas, pero no escuchadas.
«Todo iba bien hasta que cumplí los cinco años», recuerda. «Cuando nació mi hermano, fue como si se olvidaran de mí». Desde entonces, su vida estuvo marcada por la invisibilidad y la soledad.
Con sólo diez años, tuvo que convertirse en adulta. Su madre enfermó gravemente y necesitó años de tratamiento. «Aprendí cómo ser madre: cocinar, cuidar a los niños y muchas otras cosas que una niña no debería aprender tan pronto».
A los trece, Neda comenzó a tener sentimientos inocentes hacia un chico. En su comunidad, aquello se interpretó como una vergüenza. «Entonces empezó todo: los juicios de la gente, el acoso, las amenazas en la calle, la recriminación de mi familia».
El estrés empeoró la salud de su madre, que quedó parcialmente paralizada. «Ni siquiera podía hablar», dice Neda en voz baja. «Y cada vez que se venía abajo, mi propio sentimiento de culpa y condenación crecía».
El miedo se convirtió en una constante. Incluso cuando la familia se mudó, el acoso continuó. «Me aterrorizaban los hombres y estar sola. La soledad se convirtió en una realidad oscura para mí».
En casa tampoco hallaba refugio: su padre pegaba a su madre, y Neda era la única testigo. A veces, su madre desaparecía durante días. «La primera vez que pasó, escuché a mi padre decir: “Tu madre se ha ido”.
La busqué por callejones, iglesias y estaciones de autobús, temiendo que nunca regresara».
¿Existe la libertad para una mujer?
En la universidad conoció a Mohsen, un hombre diferente a los que había temido toda su vida. «Casarme con él me sacó de esa ciudad y esa cultura. Me amaba y respetaba, ofreciéndome un tipo de libertad que desconocía».
A pesar de la oposición de su padre, se casó y tuvo dos hijas. Pero la estabilidad duró poco: las dificultades económicas les obligaron a regresar al pueblo natal de su marido.
Amor profundo
Cuando Neda y Mohsen regresaron, algo había cambiado en la familia de él. «No dijeron nada de que estuviéramos viviendo en pecado y adicción», recuerda. «Les pregunté qué había pasado y me dijeron que habían conocido a Cristo».
En aquel momento, Neda se sentía cansada de intentarlo. «Mi relación con Dios no era buena. Estaba cansada de tantos esfuerzos por conectar con Él y pensaba que Dios no era justo».
La tensión afectó a su matrimonio. Mohsen fue tajante: «Si quieres ser como ellos, vete a casa de tu padre». Pero la curiosidad en ella seguía viva.
Un día, permitió que la familia de su marido orara por ella. «Lo primero que sentí fue que un amor profundo me abrazaba, un amor que nunca antes había experimentado. Me hizo sentir verdadera paz por primera vez».
Menos de tres meses después, Neda aceptó completamente a Jesús. «Me acerqué tanto a Él que no quería dejarle. Estaba ansiosa por aprender de Él».
El hogar de Neda se convirtió en una iglesia en casa, aunque Mohsen seguía distante. Cuando Neda viajó a un congreso y se bautizó, Dios tocó el corazón de su marido.
«Mientras yo estaba fuera, Mohsen leyó Romanos y entregó su vida a Cristo. Dios salvó a mi familia», cuenta con alegría.
Familia clandestina
Neda y su esposo abrieron su casa a pequeños grupos de creyentes. «Aunque no podíamos acoger a muchos, tener hermanos era algo muy bonito y preciado para mí».
En esos encuentros secretos, encontraban la calidez de una verdadera familia. «La unidad que teníamos y la atmósfera en la que orábamos era algo muy poderoso y profundo».
La clandestinidad, sin embargo, era esencial. «No podíamos hacer ruido. Teníamos que ir y venir en secreto, uno a uno. Pero, aunque era peligroso, todos estábamos dispuestos a correr el riesgo».
Cinco años después, Mohsen tuvo un sueño: se vio en una nueva ciudad, empujando un carrito lleno de libros. La idea de mudarse parecía absurda: tenían un empleo estable y una iglesia que crecía.
Pero, tras orar, Neda entendió: «¿No tuvo Abraham que abandonarlo todo también?».
Poco después, Dios abrió una puerta inesperada: «Mientras conducía el taxi, mi marido recogió a un pasajero que resultó ser un ingeniero con un puesto vacante en otra ciudad».
Así, Neda y Mohsen lo dejaron todo atrás y comenzaron un nuevo capítulo en una ciudad desconocida.
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Cultivando en tierra hostil
La nueva ciudad era profundamente religiosa y hostil a su fe cristiana. «A las niñas se las casaba con nueve años. Los castigos eran severos. Algunos incluso llevaban espadas y no temían usarlas».
Pese a la amenaza, siguieron hablando de Dios y reflejando su carácter. «Algunos nos acusaban de ser judíos, otros nos llamaban enemigos del islam. Pero, por la gracia de Dios, no nos hirieron físicamente… hasta ese momento».
Pasaron años sin ver fruto. «Predicábamos cuando podíamos, pero nadie respondía. Nos sentíamos inútiles».
Hasta que un día, al pasear cerca de una iglesia cerrada, un joven se les acercó y preguntó discretamente: «¿Eres cristiano?». Mohsen respondió con sabiduría: «Tú eres el que lo ha dicho».
El joven, atrapado en la adicción, había soñado con Jesús. «Vino a nuestra casa, compartimos las buenas noticias con él y aceptó a Cristo», recuerda Neda.
«A través de él, otros vinieron a la fe también. ¡Lo que parecía una tierra estéril se convirtió de repente en tiempo de cosecha!».
La vida como cristianos clandestinos en Irán seguía siendo una lucha diaria. «Había noches en las que no podíamos orar en paz. Sufríamos muchas formas de persecución».
Durante dos años vivieron bajo un miedo constante. «¿A quién podía hablar de Dios? ¿Nos traicionarían?», se preguntaba Neda.
Finalmente tuvieron que destruir todas las Biblias de su casa y suspender el ministerio por un tiempo. Pero Dios no los abandonó.
Una noche, pese al peligro, Neda sintió que debía invitar a los nuevos creyentes a su casa. «Esa noche, Dios derramó Su Espíritu entre nosotros de una manera que nunca antes habíamos experimentado.
Lo que nos mantenía era la gracia de Dios. Este tipo de vida exige una valentía que no sale de dentro, sólo puede venir de Él. La obediencia nunca es fácil, pero Él nos dio las fuerzas para perseverar».
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Mujeres, vida, libertad
Desde la muerte de Mahsa Amini en 2022, Neda ha visto surgir una nueva valentía entre las mujeres iraníes. «En las grandes ciudades y entre la generación más joven, está creciendo una nueva valentía.
Las mujeres dan su opinión, exigen sus derechos y se niegan a ser coartadas por el gobierno o viejas tradiciones».
Este despertar ha traído esperanza. «Ahora también hay hombres que apoyan a las mujeres, algo que considero una señal de verdadera esperanza».
Aunque en su región las costumbres siguen siendo opresivas, Neda cree que el cambio ha comenzado. «El islam y las tradiciones aún tienen gran autoridad, pero muchos corazones están despertando».
Neda reconoce que la Iglesia en Irán aún enfrenta grandes retos. «El mayor de todos es la falta de comunidad presencial. No basta con estar conectados virtualmente; necesitamos estar juntos».
La ausencia de espacios para niños es otro desafío. «Las familias necesitan un lugar donde se cuide a sus hijos mientras los padres reciben alimento espiritual».
La iglesia en casa también cubre necesidades prácticas. «Intentamos apoyar donde podemos: ayudamos a una joven con discapacidades que no puede andar ni ver bien. Pero son muchos los que necesitan cuidados».
Muchos nuevos creyentes vienen de contextos marcados por la adicción o la pobreza. «Algunos viven en talleres de reparaciones o casas con ventanas rotas.
Otros ni siquiera tienen un móvil para unirse a las reuniones virtuales. Las dificultades económicas son abrumadoras. Y las heridas del pasado son profundas».
Además, deben aprender a dejar atrás viejas costumbres. «Algunos traen tradiciones islámicas a la iglesia, lo que crea confusión. Incluso después de convertirse, siguen luchando con las mismas cargas».
Aun así, Neda se aferra a la esperanza: «La gente sigue buscando la verdad, incluso ahora más; y, por Su gracia, están encontrando a Dios».
Hoy, gracias a la oración y al apoyo de la Iglesia global, Neda recibe formación para discipular y liderar grupos, participa en conferencias presenciales y acompaña a nuevas creyentes en su camino de fe.
Aquella niña invisible ahora es una voz de esperanza para otros en el décimo país más peligroso del mundo para los cristianos (datos de la LMP 2026).
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