Aquí la fe debería ser imposible

| Fuente: protestantedigital.com/rss/magacin

Aquí la fe debería ser imposible
Aquí la fe debería ser imposible

Cuando un norcoreano consigue cruzar la frontera del país no significa que ya esté a salvo. Incluso después de atravesar con dificultad un río (de un frío glaciar durante el invierno, a veces embravecido durante la época de lluvias estivales) y esquivar a los guardias que patrullan las riberas, los norcoreanos aún no han escapado del peligro.

Continúan atravesando bosques, donde los árboles y la vegetación se vuelven cada vez más densos.

Finalmente, el terreno empieza a inclinarse hacia arriba; al principio un poco; después, más drásticamente, cuando comienzan las montañas.

Y cada paso conlleva más peligro, ya que ser atrapado en el bosque por los guardias fronterizos, la policía o cualquier otra autoridad conlleva el riesgo de ser deportado de vuelta a Corea del Norte, el país más peligroso del mundo para los cristianos en la actualidad (según la Lista Mundial de la Persecución 2026).

Y la deportación implica interrogatorios, encarcelamiento… y a veces, la muerte. 

Pero los norcoreanos, llevados por el hambre y la desesperación, siguen tomando la decisión de arriesgarse en este viaje tan peligroso. Por eso, todas las semanas el evangelista Cho* recorría los bosques de las montañas. ¿Su misión? Encontrar y ayudar a norcoreanos que hubieran huido y compartirles el Evangelio. “Mi propósito en la vida es salvar almas”, era lo que simplemente decía. Sabía que los norcoreanos que encontrase lo estaban arriesgando todo y no tenían ni idea de que había un Dios que los amaba. Su llamado era una tarea imposible, pero confiaba en que Dios lo ayudaría a llevarla a cabo. Incluso si implicaba arriesgar su propia seguridad. 

Alimento, amistad… y peligro  

Los norcoreanos que huyen de su país no se consideran refugiados que escapan de una brutal dictadura. Oficialmente, estos solicitantes de asilo son vistos como “migrantes económicos” que quebrantan la ley yendo a otro país. Los riesgos son enormes y las consecuencias severas.

China ha deportado de vuelta a miles de refugiados solo en los últimos años. Cuando estos norcoreanos son devueltos a su país, se enfrentan a brutales interrogatorios: por qué se fueron, con quién se encontraron en China y si tuvieron contacto con cristianos o vieron una Biblia. El castigo depende de las respuestas, pero ninguna opción es buena. En el mejor de los casos, la mayoría de estos desertores en potencia se enfrenta a una vida de duro trabajo en las zonas rurales donde el alimento escasea.

Para los cristianos como el evangelista Cho, seguir el llamado de ayudar a norcoreanos también conlleva un riesgo. Si se detecta que un ciudadano chino está ayudando a un norcoreano a escapar, se enfrenta a multas e incluso al arresto. Pero eso no paró a Cho. Y, a veces, su labor cambió vidas de maneras inesperadas

Eso es lo que ocurrió el día que se encontró con Cheol-Ho* y Eun-Yeong*, una pareja joven que huía a través de la frontera. Como la mayoría de los que cruzan, buscaban alimento y algo de dinero. El día en que se conocieron, el evangelista Cho tomó su camino habitual a través del bosque. Era principios de otoño y la tierra estaba llena de hojas, aunque los árboles aún no habían cambiado de color. El aire estaba frío y Cho supo que quedaba poco para el invierno. Mientras subía por el camino de la montaña por donde tantas veces había pasado ya, Cho vio algo en la distancia. Se alejó de su ruta habitual, subió una empinada colina y se detuvo al darse cuenta de lo que había visto: una persona escondida entre la maleza. Era Eun-Yeong y parecía aterrada. 

“¡Hola!”, dijo Cho en un susurro elevado, subiendo las manos para mostrar que no iba armado y no iba a hacerle daño. Sonrió y, al acercarse, vio una figura más detrás de un árbol: Cheol-Ho. Ambos llevaban ropas sucias y Cho pudo ver por el material sintético que llevaban que la pareja era de Corea del Norte. 

La conducta amistosa de Cho no los persuadió. “¡Aléjese de nosotros!”, gritó Eun-Yeong. “¡Déjenos en paz!”. Cho sabía que tenía que hacerla callar: si un guarda o patrulla que pasara por allí los oía, serían castigados con severidad, especialmente los dos norcoreanos. “No voy a haceros daño”, susurró con vehemencia. “Quiero ayudaros. No gritéis, por favor. No sabemos quién podría oírnos”. 

Cheol-Ho ignoró su advertencia. “¡No necesitamos su ayuda!”, gritó. Cho lo intentó de nuevo: “Mirad aquí”, dijo mientras buscaba en su mochila. “Tengo un poco de comida y agua, ¿tenéis hambre?”. Dejó su mochila en el suelo y se retiró unos pasos. Fueron las palabras mágicas. La joven pareja se miró y después corrió hacia la mochila. Encontraron la comida y el agua, y empezaron a comer con voracidad. Sin duda hacía tiempo que no comían nada. 

Cho se acercó a la pareja, que aún lo miraban con recelo, pero con mucho menos miedo. “Tomaos vuestro tiempo, esta comida y esta agua son vuestras”, dijo. “También hay una lona y algunas mantas. Usadlas para construiros un refugio. Volveré para traeros más comida. Será más seguro para todos si vuelvo cuando anochezca, cuando nadie esté observando. Quedaos en el refugio hasta entonces y aseguraos de que no os encuentren”. La joven pareja asintió, su desconfianza había desaparecido. Dicho esto, Cho se giró y volvió por donde había venido. Los sonidos de la pareja comiendo se desvanecieron y Cho abandonó el bosque y se dirigió a casa. 

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“¿Por qué lo hace?”  

Cho regresó tal y como había dicho. Llevaba una linterna en la cabeza para poder ver en la oscuridad del bosque y llevaba otra mochila con más provisiones y comida. 

Encontró a la pareja cerca de donde los había visto la primera vez: habían usado cuerdas y lona de los suministros para construir una tienda rudimentaria. Susurró un saludo y la pareja salió.

Entonces Cho los invitó a sentarse y les dio una linterna extra. 

“Aquí tenéis más alimentos y agua”, les dijo Cho. “También he traído mantas para la noche, porque está empezando a hacer frío”. La pareja le dio las gracias y comenzó a comer. Se pusieron a hablar y Cho les contó cómo los había encontrado y que venía al bosque todas las semanas, buscando a gente como ellos. Mientras comían, Cheol-Ho parecía pensativo. 

“Es la primera vez en mi vida que como arroz blanco”, dijo. Cho sonrió.

“Señor, ¿puedo hacerle una pregunta?”, dijo Eun-Yeong.

“Claro”, le respondió Cho. 

“Pues… lleva comida por las montañas y dice que lo hace todas las semanas”, dijo. “Tiene que haber una razón para ello. ¿Por qué lo hace?”. 

Cho tenía la respuesta más que clara. “Si queréis saber por qué lo hago”, les dijo, “es por un hombre llamado Jesús. Él es el Hijo de Dios y os quiere mucho. De hecho, os he traído un libro sobre Él”. Cho buscó en su mochila, sacó una Biblia y se la dio a Eun-Yeong. 

Inmediatamente la joven negó con la cabeza. “No creo en Dios”, dijo tajantemente. “Agradecemos la comida, pero no queremos tener nada que ver con la superstición”. Le devolvió la Biblia a Cho. 

Cho negó con la cabeza. “Este libro es para vosotros”, dijo. “Si lo leéis o no, es cosa vuestra”. Se levantó y se puso el abrigo. “Volveré pronto”, les dijo. “¿Hay algo que queráis?”. 

“¡Más arroz blanco!”, dijo Cheol-Ho con una gran sonrisa. 

“Haré lo que pueda”, prometió Cho. “Mientras tanto, tenéis que hablar de vuestros próximos pasos. No es seguro que os quedéis en este bosque mucho tiempo. Si os cogen, os mandarán de vuelta a casa. Y las consecuencias serán graves. Tenéis que decidir qué ruta queréis seguir e intentaré ayudaros en todo lo que pueda para que podáis comenzar”. 

La pareja prometió reflexionar en ello. Cho volvió caminando por la misma ruta, con su linterna en la cabeza. No sabía que acababa de cambiar la vida de la joven pareja en más de una manera

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Todo es posible 

Todos los días Cho se aseguraba de pasar tiempo con Dios. Su práctica devocional personal era escribir toda la Biblia a mano. “He copiado la Biblia entera muchas veces”, decía orgulloso. Su versículo favorito era Hechos 16:31, una promesa simple que resume todo el Evangelio: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa”. Estas palabras le daban fuerza para continuar su ministerio. 

La vida y la labor de Cho pueden resumirse con otro versículo: Mateo 19:26. En este pasaje, Jesús les habla a sus discípulos sobre el Reino de los Cielos y ellos se preguntan cómo es posible que alguien pueda salvarse. “Para los hombres esto es imposible”, les dice Jesús, “mas para Dios todo es posible”. 

El ministerio de Cho y la labor de los colaboradores locales de Puertas Abiertas que sirven a los norcoreanos resultaría imposible, pero Dios se especializa en lo imposible. Los colaboradores de Puertas Abiertas como Cho ofrecen un salvavidas esencial para estos norcoreanos. Pueden recuperar sus fuerzas y continuar hacia la libertad a través de difíciles rutas de escape por las selvas de Myanmar y Laos, o a través de una peligrosa caminata por el desierto de Gobi hasta Mongolia. O a veces Dios hace algo incluso más imposible y cambia los corazones de estos desertores norcoreanos. 

Me llamó por mi nombre  

Cho volvía para ver a Cheol-Ho y Eun-Yeong tanto como podía. Les llevó recursos de primera necesidad y les habló sobre la vida fuera de Corea del Norte. La pareja estaba sorprendida con toda la comida disponible con tanta facilidad. Una noche, Cho llegó a la tienda de campaña improvisada y vio que la pareja lo estaba esperando. En cuanto Eun-Yeong vió su linterna, corrió hacia él. Él le dio la comida para esa noche, pensando que simplemente estaba más hambrienta de lo habitual. 

“Gracias”, dijo, soltando la comida, “pero hay algo que tengo que decirle”. 

Cho se sentó, sin saber de qué quería hablarle. 

“He estado leyendo el libro que nos dio”, empezó. “Nos ha servido para pasar el tiempo y las historias son interesantes, aunque no lo entendemos todo”. Cho asintió, invitándola a continuar. 

“Ayer cuando dormía, tuve un sueño”, dijo Eun-Yeong. “Había una persona en mi sueño… Me llamó por mi nombre y creo que era este “Jesús” del que habla el libro”. Cho la miró fijamente, sorprendido. 

Eun-Yeong siguió hablando. “No sé qué significa, o por qué Jesús me llamó por mi nombre”, dijo. “Pero sé que quiero saber más de Él”. ¿Qué puede contarme?”. 

Cho empezó a explicarles el Evangelio, cómo Jesús vivió, murió y resucitó para salvar a la humanidad. La pareja se mostraba deseosa de saber más y no paraba de hacer preguntas. Al final, Cho tuvo que marcharse, pero sintió que tenía que correr el riesgo. “Si lo queréis saber todo sobre Jesús, os puedo llevar a un sitio donde hay más gente de Corea del Norte, gente que hace las mismas preguntas que vosotros”, les dijo. “Es una casa donde estaréis a salvo, aunque debéis saber que, si os atrapan, os devolverán aquí. También retrasará vuestra huida. Pero creo que es algo que deberíais considerar. Pensadlo y me respondéis mañana”. La pareja se miró entre sí y aceptaron pensar en la oferta de Cho. 

A la noche siguiente, cuando Cho regresó, estaban esperándolo, pero esta vez, ya habían recogido la tienda y tenían todas sus pertenencias guardadas. “Hemos decidido que queremos ir a ese lugar y saber más de Jesús”, dijo Eun-Yeong. “Por favor, ¡llévenos allí esta misma noche!”. 

Cho sonrió. “Había estado orando para que esa fuera vuestra respuesta”, les dijo. Esta vez, cuando Cho abandonó el bosque, iba acompañado de la pareja. Después de asegurarse de que nadie los seguía, los tres corrieron hacia el coche y condujeron hasta el piso franco. 

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Formándose para un ministerio imposible 

En el piso franco, los norcoreanos reciben cuidados, alimentos y artículos de primera necesidad. Pero también se les invita a conocer más sobre Jesús a través de estudios y enseñanzas bíblicas de los equipos locales que llevan los pisos. La joven pareja se quedó y decidió entregar sus vidas a Cristo. Incluso sintieron el llamado de volver a Corea del Norte para compartir su nueva fe con gente que necesita desesperadamente el Evangelio. A esas alturas, conocían el riesgo. Cuando regresaran a Corea del Norte como cristianos, si los atrapaban, serían enviados a un campo de trabajo o ejecutados en el acto

Cho continuó con su ministerio, regresando al bosque todas las semanas, ayudando a todo el que se encontrara. Oraba por la joven pareja, esperando que estuvieran a salvo y que Dios los estuviera bendiciendo y fortaleciendo en su nuevo ministerio. 

Un año después de conocer a Eun-Yeong y Cheol-Ho, Cho recibió un mensaje cifrado desde Corea del Norte. A veces se pueden transmitir mensajes a través de la frontera, pero es muy peligroso para todos los involucrados. El mensaje era sencillo: “Nuestra familia ha crecido a cinco”. La joven pareja había permanecido fiel a su llamado y ahora otros tres norcoreanos habían escuchado las buenas noticias de Jesús. 

Poco después, Cho estaba de nuevo en el bosque, cerca de donde vio por primera vez a la pareja. Localizó a alguien en la distancia, pero a quien fuera no le preocupaba mucho esconderse. Se acercó y se dio cuenta con gran sorpresa de que era alguien a quien había ayudado hacía tres años. Ahora este joven había traído otros cinco nuevos cristianos que nunca habían estado en una iglesia ni habían visto o tocado una Biblia. Querían conocer más sobre su fe. En cuanto fue seguro, Cho los llevó al piso franco. 

Pasos valientes de fe con consecuencias eternas 

Tras años de fiel labor, Cho enfermó y no podía ir a los bosques como hacía antes. Pero aún seguía comprometido con compartir el Evangelio con los norcoreanos, incluso si eso significaba dar de lo poco que tenía. “No podía subir a las montañas por mi enfermedad”, les dijo a los colaboradores de Puertas Abiertas. “Ahora os quiero dar este diezmo que he ido reuniendo durante años. Por favor, usadlo para el ministerio”. El evangelista Cho falleció recientemente, pero su ministerio sigue dando fruto. Y hay otros muchos colaboradores locales como él que continúan trabajando por los norcoreanos

La labor sigue siendo imposible desde la perspectiva humana. Pero al igual que Cho, la gente que alcanza a los norcoreanos creen y sirven a un Dios que se especializa en hacer posible todas las cosas. Mediante los pisos francos y gente normal dispuesta como Cho, estas pequeñas acciones marcan una diferencia eterna para la gente de un país donde la fe no es una opción

Puertas Abiertas estima que hay más de 400 000 creyentes clandestinos en Corea del Norte, arriesgando sus vidas por seguir a Cristo. No sabemos cuántos de ellos oyeron por primera vez el Evangelio por alguien como Cho o fueron formados en un piso franco. Pero sabemos que, gracias a la labor de Dios a través de estos esfuerzos, hay pequeñas iglesias que se reúnen en Corea del Norte ahora mismo, orando en susurros, pidiendo a Dios que vuelva a hacer lo imposible. 

*Nombre cambiado por motivos de seguridad. Esta es una historia real, basada en el testimonio y citas del evangelista Cho. Algunas secciones se han dramatizado y algunos detalles se han combinado/ocultado, pero este artículo se basa en hechos e informes de Cho y creyentes norcoreanos.

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