Los evangelios son parte del Antiguo Testamento

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Los evangelios son parte del Antiguo Testamento
Los evangelios son parte del Antiguo Testamento

Decirlo así, puede parecer muy extraño. Pero yo no he visto mejor manera de acercase al texto de los Evangelios que leerlos como continuidad de lo que llamamos Antiguo Testamento.

Luego tendremos otra cosa nueva, sobre todo, por su universalidad práctica. Pero incluso tal universalidad del mensaje está ya en las palabras del Mesías, como la Palabra, el Profeta, que conoce y aplica la palabra de Verdad. Él mismo, se dice, es esa Palabra.

Por otro lado, nada nuevo descubrimos si tenemos en cuenta que la Iglesia cuando empieza a caminar y se expande, de momento, no cuenta con otro mapa que las Escrituras de la Ley y los Profetas con los Salmos, el Antiguo Testamento.

La lectura natural, a mi modo de ver, de los Evangelios es tomar los textos como continuidad de la Escritura anterior. Asumiendo, eso sí, que su continuidad tiene un tiempo vacío de cuatro siglos. Y que en ese tiempo se ha formado todo lo que ahora el Mesías tiene que destruir para construir su reino.

Esa tradición judaica, esas fábulas, ha construido otra palabra, aunque con las letras de la buena. “Con vuestras tradiciones habéis invalidado mi Ley”.

La aparición del Mesías en los Evangelios, ¿no es expresión y continuidad de la Escritura revelada? Si los últimos textos, antes de la tradición judaica, nos hablan de genealogía necesarias para confirmar a los sacerdotes en la nueva etapa tras el exilio, ¿no tenemos genealogías necesarias en esta continuidad para mostrar al Mesías?

“Y llamarás su nombre Jesús. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre;; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin… Socorrió a Israel su siervo, acordándose de la misericordia de la cual habló a nuestros padres, para con Abraham y su descendencia para siempre… [Zacarías] Bendito el Señor Dios de Israel, que ha visitado y redimido a su pueblo… como habló por boca de sus santos profetas que fueron desde el principio… para hacer misericordia con nuestros padres, y acordarse de su santo pacto; del juramento que hizo a Abrahm nuestro padre…”

“Un hombre llamado Simeón… que esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu santo estaba sobre él… Y cuando los padres el niño Jesús lo trajeron al templo, para hacer por él conforme al rito de la ley, él le tomó en sus brazos, y bendijo a Dios, diciendo: … porque han visto mis ojos tu salvación, la cual has preparado en presencia de todos los pueblos; luz para revelación de los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel”.

Todas las obras del Mesías, mostrando su poder sobre demonios y enfermedades, se realizan en lenguaje y contexto de “antiguo” Testamento.

Cuando todavía la estructura de la comunidad judaica no ha sido transformada, dentro de esa estructura, crea un ministerio fundamental, al que concede autoridad por su poder: los Apóstoles. Un ministerio fundante, pues sobre ellos edificará su Iglesia, referido en particular a Pedro.

Si sacamos los Evangelios del resto de Escritura, y los colocamos como primer capítulo de otra cosa nueva, nos perdemos gran parte de la riqueza de la revelación de Dios.

No es poca cosa poder reconocer al Mesías creando con autoridad nuevos ministerios, de tal magnitud. O, cuando afirma la creación de su Iglesia. No lo olvidemos, en el espacio todavía de la Ley y los Profetas.

En fin, toda su pasión es de Antiguo Testamento, en lenguaje y significado. Y como otras cosas, tenemos noticia de qué ocurre, pero no tenemos explicación de significado, aparte de lo que puede referirse a los rituales y sacrificios.

La grandeza de la muerte del Mesías, no la tenemos explicada en los Evangelios. Se necesitará el nuevo proceso de revelación, con los Apóstoles, para acreditar el significado de lo que los Evangelios narran.

Si asumimos que las obras de Dios, en muchos casos, han sido realizadas, pero que no las entendemos, algo así podríamos tener con los textos de los Evangelios.

Se nos dicen cosas, especialmente la muerte del Mesías, pero se necesitará explicación ulterior para comprender qué está pasando. Será necesario una carta a los Romanos, una a los gálatas, etc.

Todo eso, aunque ya notado en los escritos antiguos, será necesaria la nueva etapa de revelación para conocer su significado.

Por poner un caso, la propia cruz del Mesías no se entiende hasta que no se explica por los Apóstoles. Tal es el designio de la nueva etapa por el Espíritu Santo.

Con esto nos colocamos, si alguien quiere acotar algo, pues ponemos el momento final de la resurrección del Mesías, en todo el tiempo y actividad, con sus actos fundantes de la propia Iglesia por la cual se entrega, como etapa que corresponde al Antiguo Testamento, y de esta manera también nos libraremos de los que, maestros de sus fábulas, nos han querido presentar a los Evangelios como resultado de la experiencia religiosa de algunas comunidades, donde fabricaron a un Mesías que, parece, les convenía. Nada más lejos de la evidencia.

El lenguaje de los Evangelios no es el propio de las comunidades cristianas, que conozcamos, a menos que esos maestros conozcan otros datos.

Es un lenguaje de Antiguo Testamento. Y posteriormente, el lenguaje de las comunidades cristianas, tal como lo podemos ver en documentos, es el de expresión de creadores de tradición, en este caso, sobre las palabras de los Apóstoles.

La tradición solo crea tradición, fábulas, en cuanto a la salvación eterna. Ni el Antiguo Testamento, con sus Evangelios (que aquí los hemos puesto en su sitio), ni el Nuevo, es fruto de tradiciones humanas religiosas. Cuando el corazón humano crea algo, ya se sabe, no sale de un becerro de oro, de algún santuario con huesos de muertos. La Escritura, Santa, es otra cosa.

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