El engaño del discipulado

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El engaño del discipulado
El engaño del discipulado

Realmente podría haber colocado otro título en esta conversación, valdrían muchos, pues se trata de nuevo de mostrar lo complejo, y siempre engañoso, del modelo de los que presentan el “id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos…” conforme a las fantasías de su corazón.

No se trata aquí de tratar el asunto ni siquiera muy brevemente, pues se necesita contexto y reconocimiento de algunas premisas, que no se suelen reconocer. De todos modos, algún aviso y reflexión sí podemos poner.

Una de esas premisas es que el Mesías que da la orden de ir, es el que ya antes tiene un pueblo, de manera que lo que se llene a partir de ahora incluye un espacio, un cuerpo que ya existe, donde se incorporan los nuevos (se entienda eso como se entienda).

Y en esa posición aparece algo relevante: todo el espacio anterior no incluye la idea de discípulos (al menos, como la cristiandad luego la entenderá). El reino del Cristo, antes y luego, no es una escuela de pensamiento.

En ese sentido no hay discípulos. Sus profetas y pastores no son “maestros” de un grupo, sino portavoces y testigos de su Maestro. Les vino la palabra de Yahvé y la proclamaron.

Que el Señor a los patriarcas los enseña, claro, que luego los padres deben enseñar la Ley a sus hijos, claro que sí, pero el pueblo redimido, símbolo de la redención perfecta del pueblo por su Mesías, no es un colegio de alumnos, que luego se graduarán, si pasan los exámenes, y tendrán un título.

Sin embargo, estaremos de acuerdo, que esa es la idea común en los que enfatizan el discipulado, por supuesto, para ellos ser maestros.

La propia expresión pública de la cristiandad, en los primeros siglos, se convirtió en una escuela de pensamiento, según el modelo de las que existían en su entorno, o en un grupo de crecimiento y perfeccionamiento religioso, como los gnósticos, según también el modelo que existía en su entorno.

La consecuencia, pues, es que tenemos pronto la escuela de Alejandría, la de Antioquía, la de Jerusalén… con sus maestros y particularidades, incluso, más adelante la escuela de Cristo.

Si bien los miras, al final los concilios llamados universales, se convirtieron en órganos superiores de la nueva escuela, de ahí salían los libros de texto y la ortodoxia.

Esos textos, como todos, se podían repetir de memoria, y ya valía. Hoy repiten así los credos, gente que solo cree en sus fantasías.

Si aplicas la proporción de crecimiento de los falsos maestros, que nunca dejarán de llamarse maestros, esos concilios con tanta gente, a simple vista, no parecen lugar muy seguro. (Imagina una reunión de profetas en Judá, cuando Jeremías.)

De este modo, en la comunidad cristiana, sólo tras los exámenes pertinentes, llevados a cabo por la clerecía que ya son los que saben y juzgan, se pasaba a la participación litúrgica.

Al cielo se llega ya por oposición, con sus exámenes y todo. Por eso a mis chiquillos, los niños y las niñas, me los sacaron de la comunidad y sus símbolos, hasta que pudieran entrar en el ciclo didáctico.

El discipulado se ha reducido a instruir en la tradición de alguna organización religiosa. Mira el papado, con su catequesis para llegar a la primera comunión. Y eso seguro que no es lo que manda el Mesías en el famoso pasaje de id y haced discípulos.

Tienen que ver sus palabras con su palabra ya dada, renovada ciertamente, pero donde el espacio de la pertenencia a Él como Cabeza, nunca, nunca, tiene que ver con una tradición.

Esta reflexión me vino al paso al escuchar a unos pastores de reconocida “maestría”, se les preguntó por el problema del discipulado. Todos afirmaron que era un problema si no se discipulaba, y cada uno mostró su manera.

Es verdad que para estas cosas puedo ser un poco raro, pero lo que a mí me quedó como gran problema evidente, era que se “discipulaba” con esa manera de la expresión tradicional de cada grupo religioso, eran esos maestros (y representaban un manojo de lo mejor en redes). Por lo que afirmaban, con el ejemplo del ciego guiando, todos al abismo.

El curso, más amplio o menor, de discipulado en una asamblea de hermanos, es sobre su manera de ver la asamblea de hermanos; en una iglesia bautista, la manera cómo ven a la iglesia bautista y el bautismo; en una iglesia presbiteriana, en la forma de cantar salmos y de tener presbiterios y sínodos… y así sucesivamente. Seguro que no se refería a eso nuestro Mesías cuando dijo lo que dijo.

Además, la premisa reconocida, con palabras variadas, seguro, es que Dios vale que ponga por gracia, y solo la gracia, a esos en el espacio religioso del que ellos son pastores y maestros (ministerios que puso, para edificación, nuestro Redentor; luego el otro puso igual a los suyos), pero que el discipulado es cosa de la enseñanza de la Ley, y solo la Ley, que cada uno asume que es lo que él hace.

Es el mundo al revés. En ese modelo, nuestro Pablo tendría que volver, tras un buen discipulado, a ser el de antes. Que uno miserable de mí no viste mucho en estos tiempos.

Puestos a poner, aunque no te lo ponen así, se trata de tomar al publicano, allí en el suelo, mirando solo el altar de la propiciación y misericordia, y tras un buen discipulado, lograr llevarlo a la altura del fariseo (esa palabra no la usarán, que suena mal), donde pueda decir que hace todo lo que hacía aquel con un buen discipulado.

Proponer siquiera, que la enseñanza del pastor y maestro, los buenos, sea que la gente se asuma y proclame la situación del publicano, eso sería la risa y el desprecio de estos de las cinco solas. Que vale que están solas, pero a ver si vas a dejar a la gente solas con ellas.

Nuestro buen Pablo nos dice que cuando llegó a una ciudad, no quiso usar de “sabiduría de palabras”, no quiso usar de métodos pedagógicos y psicológicos por mediación del lenguaje, para que los “discípulos” no fueren esclavos de los hombres.

Frente a eso, el poder de Dios, sus promesas, su Espíritu. El problema hoy, y desde el inicio, a mi modo de ver, es que este “discipulado” es escándalo a los defensores del discipulado de su propia tradición.

Y como ya están enfadados, les pongo algo más. Nuestro buen Calvino, tan acusado de especulativo, es un maestro contra las especulaciones teológicas y las tradiciones de los religiosos, si alguien ha leído sus escritos, o, al menos, la Institución.

Su proyecto de maestro y pastor, fue siempre la libertad de la gente, no su sumisión a doctrinas de manual. Hacer discípulos es hacer a la gente, a las naciones, libres, cuya conciencia no esté bajo el peso da nadie.

Con el “discipulado” del maestro de mentira, homicida, se pretende mantener a la gente, engañada, con nuevas formas religiosas, pasando de una escuela a otra, y todas del mismo rector.

Por eso, seguro que por algo más también, nuestro Calvino se opuso, no tuvo como autoridad de referencia, a ninguna tradición. Ni de la iglesia antigua, ni judaica.

Porque tanto en el Antiguo Testamento (donde no hay palabra para “discípulo” de una tradición), como en el Nuevo, las tradiciones de los hombres, es a lo que estamos llamados a liberar a la gente, por eso id y haced discípulos del Mesías, gente libre.

Que ese mensaje será para unos, locura, y para otros, tropezadero, pues que rechinen los dientes los maestros de sus tradiciones ante la palabra de verdad, la fuente de agua viva.

El mandato sigue vigente. Id y haced discípulos a todas las naciones… empezando, podemos decir ahora, por la cristiandad, fruto de una falsa idea de discipulado. Pero el Mesías, al final y al principio, ya tiene su pueblo, al cual llama cuando lo llama, y como lo quiere llamar. Ese es nuestro triunfo, seguro, porque es el suyo.

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