¡Cuán grande bosque enciende un pequeño fuego! Y la lengua es un fuego, un mundo de maldad… inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno… Esto nos dice nuestro Santiago. Y esto, signifique lo que signifique, muy buena pinta no tiene; además, pone más cosas.
Tanto usar a nuestro Jacobo para tumbar la gracia de la salvación de Pablo, y ahora tenemos esto. Ya me dirán con esta lengua quien es capaz de hacer alguna obra que sirva para algo distinto de meter fuego y destruir. Cualquiera, con esta lengua, tendrá siempre una fe muerta.
Al final, terminamos siempre por donde empezamos. Todo redimido, nosotros, tiene que ser cambiado desde fuera. Y esa es la obra perfecta realizada una vez para siempre, de la que cada instante recibimos sus frutos.
De nosotros, una sima de rebelión y fuego, contra la misma naturaleza, cuanto más contra el Creador; del Cristo, una fuente de agua viva permanente en nosotros, cuando residimos en Él [esta expresión es de Calvino], porque él reside en nosotros.
Un profeta llamó a esta situación, cambio de corazón de piedra a otro de carne. De muerte a vida, así en general, puede valer.
Sin embargo, es tal el fuego, la insensatez y necedad del corazón, con lengua y todo, que algunos piensan que con sus palabras prevalecerán (lo dice un salmo), y algo habrá, porque nuestro buen Pedro no avisa de que “harán mercadería de vosotros con palabras fingidas”.
Esas palabras fingidas, son las de fuego, no tienen entidad de sí mismas, son un fuego sobre la realidad, sobre la propia creación, para cuya mentira y falsificación, ni siquiera existe la diversidad estacional, sino que está en una rueda sin parar, nada la refrena, es fuego en invierno y en verano.
Las palabras de esos falsos maestros, y hay muchos, que lo dijo muchas veces, ya en sus días, nuestro Pablo, que son enemigos de la cruz del Mesías, aunque anden con cruces todo el día.
Esas son las doctrinas y mandamientos de hombres, del papado y de sus hermanas, esas son las palabras que falsifican la realidad, sobre el ser humano, sobre la sociedad, sobre Dios… [Que nuestro buen Calvino llamase “máscaras” a los pastores inútiles, de la iglesia antigua y de la moderna, pues tiene su sentido.]
Hablar del fuego es casi obligado por los incendios [escribo el jueves por la noche]. Desde luego con cuidado, respeto y aviso. Pues, sin ahondar mucho, tenemos en lo que tenemos símbolo y metáforas muy eficaces. De momento, es evidente, los incendios han apagado el fervor incendiario de la victoria de la selección de fútbol.
Y mirando a ese acontecer, la victoria, y cómo se ha conseguido, se ha conseguido mostrar el juego de tantos, cada vez más ruidosos, pero nada porque son como las palabra antes mentadas, de los que, en ámbitos “culturales”, políticos o de los medios, se supone que de “información”, que han mostrado su “nación” sin haber pisado el césped.
(En esto hay que tener cuidado, yo incluso había escrito algo para la semana anterior sobre el tema, y lo titulaba como que el árbitro había conseguido que ganase la selección de la “católica” España, con sus cosas, pues, al final, metió el gol de la final, un católico de redes, con aquello de que Dios ayuda más a quien más se lo merece.
¿Qué hubiera ocurrido si no anulan el que no debieron anular? ¿Qué prioridad nacional hubiera quedado? Mira que, si hubiera hablado en euskara, y contar su llegada. O que hubiera marcado el que, al terminar, se arrodilló a rezar en rito musulmán. Pero nada, al final ganó… ¿quién? Porque todos estamos de acuerdo en lo bonito de los partidos, aunque no sepamos de fútbol, y de cómo chavales con su trabajo han dado ejemplo de trabajo.
Que un chaval jovencísimo sea el modelo de defensa reconocido, es muy relevante; que luego hable a su pueblo en catalán, pues claro, pues es la lengua en la que suelta seguro una palabrota cuando le hacen un regate o le dan una patada. Normal.
Esos mismos que, al recoger la medalla del triunfo, se anudaron sus respectivas banderas territoriales, tan normal, tan real, y cada uno hablando o pensando en su lengua de uso vital. Eso fue muy bonito. Eso muestra mucho.
Y cómo lo han manoseado algunos, pues también muestra el manoseo de algunos. Pero lo borré para no entrar en discusiones que no conducen a nada.)
En este caso, como en otros, queda claro lo que dice la Escritura, aunque no esté claro cómo hacerlo en cada circunstancia. Al necio, se dice, no le respondas a su necedad, para que no entres en su terreno vacío. Con el retórico, se podría decir: aplástalo con tu silencio. Pero, en otras ocasiones, al necio debes responder, para que no se crea sus falacias.
Y sobre la historia de España, necedad desbordada. Y lo peor, que también se dice, aunque majes al necio con trigo del bueno a pisonazos del pisón, el trigo por un lado y la necedad por otro.
Y esto cuando metes en el cuenco mitad y mitad; si, como es el caso, de trigo solo un poquito, y de necedad un montonazo, la historia queda como queda.
Que el triunfo de la selección se presente en formato de historia de la gloria hispana del siglo XVI para acá, o allá, es necedad evidente, como el fuego. Que eso motive desprecio y burla de quien tenga algo de seriedad y honestidad al mirar la historia, pues también es así.
Mejor me elimino algunas declaraciones. Con poner el cántico, se supone que glorioso, de “España es la mejor… que viva España”, con la mirada puesta en la gloria patria del pasado esencial de contrarreforma, pues ya canta el asunto.
Que esa proclama la hiciera uno que no pasaría ni prioridad nacional ni arraigo, pues vivía en un carro, al lado del río, sin empadronarse ni pagar impuestos, y, encima le roban el carro, estando de romería, mientras dormía, que ya hay que ser inútil… De todos modos, los hubo peores.
Unos cantaron la gloria patria con el grito de “vivan las cadenas”, y otros con el de “viva el rey absoluto y la santa inquisición”. Mejor que dejen a los chavales que tan bien han competido, y no los metan en sus incompetencias.
Ese carro, robado por la envidia de los de la leyenda negra, pues fíjate que brillaba, es una metáfora de esa España que es la mejor, la reina del mundo. Los clavos no eran de oro, pero los pintaron de amarillo. Apariencia que no falte, y eso era la gloria.
El barroco contraprotestante, aquí y allá, y eso se vive todavía como el gran carro, que no lo han dejado brillar por la envidia de esos del norte, ya se sabe.
Que mientras unos pintan de amarillo el carro, otros edifican ciudades libres, libres primero que nada de santos patrones, que no protegen, pues esas ciudades de la Reforma no los necesitan. El trabajo y la responsabilidad civil, y social, con eso ya vale, y, encima, muchos creían y confiaban en el Dios que sí protege y conserva a los suyos.
Ahora les propongo una mirada a los incendios. Y asumo que las comparaciones necesitan que uno se haga cargo de significados. Una primera, incluso curiosidad, es que estos incendios (y es algo común aquí) han arrasado sobre todo superficies “protegidas”.
Alguien ha supuesto que el campo y su vida agraria se arregla, no con inversiones en personal y medios, sino con leyes y normas, como si fueran robots autónomos, que por sí mismas, por existir en papel, ya producen sus efectos.
Por otra parte, hablar de estas situaciones supone anticipar que se hace desde la distancia. Yo al menos no puedo acercarme al sentimiento de los que han vivido los resultados del fuego. Uso el desastre, con abrazo a todos los que lo han sufrido, como metáfora de una realidad que supera la circunstancia de un fuego particular.
Aquí uso el término fuego o incendio en sentido destructivo, negativo. La propia Escritura usa el fuego también en sentido valioso, como cuando se dice que la Palabra de Dios es como fuego y martillo, que supone precisamente lo contrario de lo que aquí se ha dicho respecto a la vanidad y vacío del fuego de la palabra del corazón humano.
El fuego humano quema y no edifica, el de Dios da significado y acredita: una palabra es vanidad y la otra poder y permanencia eterna. Una permanece, la otra, se quemará.
Viendo (al pasar por donde se han producido o en la tele) los efectos devastadores de los incendios, queda una metáfora de existencia humana. Lo normal es que se vea la vida cortada en ese espacio para un buen tramo de tiempo futuro. No hay vida, solo cenizas.
Con esa metáfora quiero irme a alguna gran ciudad. Por eso les pedí comprensión de significado, pues es solo comparación. Y esto, además, solo valdría para algunas zonas.
Me refiero a que tal como ha quedado el campo, y las personas ven su futuro y casas quemados, eso realmente pasa en las grandes ciudades con la expectativa de no pocos.
Cierto que esto no ocurre en todas partes. Pienso especialmente en zonas como Barcelona o Madrid (o alguien puede poner otro sitio más sin duda). Nos quedamos en Madrid, de la que conozco un poco más.
Si bien lo miras, la mirada de esos vecinos que han perdido sus casas, con la mirada perdida en lo que perdieron, debería ser la misma que pueden tener en Madrid tantas familias, cuyo futuro para tener un techo es casi el mismo que esos que lo han perdido. Estos lo han pedido antes de tenerlo.
Ya digo que esto no vale para todo el territorio, pero sí para millones de personas, de aquí o de allá, que no ven sino cenizas (o deberían verlo y actuar contra los que provocan esa situación) donde deberían ver su futuro con un techo donde vivir y convivir.
Y lo peor de todo es que la sumisión y esclavitud mental ya se ha producido, y se retroalimenta con el fuego de una sociedad sin comunidad, donde se ha alimentado hasta lo sumo el narcisismo, y se han quedado las gentes sumidas en su propio pozo, sin armonía con la comunidad social, cada uno viendo su existencia como lo único que existe.
Gracias políticos de todo color y periodistas, y más… por haber logrado este aborregamiento. Cuando el peso de la economía no permite tener un techo suficiente, esto es un campo quemado. Pero, así lo creo, no se ve. Y no se actúa.
Esto sigue como los incendios, sin acabarse, pero ya acabo. ¿Se acuerdan de la gran proclama política de poder tomarse una cervecita en una terraza, contrastada con la otra, igual de brillante como los clavos del carro, de que se puede disfrutar de ser niño, niña o niñe?
El mismo veneno que aletarga, el mismo narcisismo. La misma España que es la mejor. Habrá tiempo, espero, que ni la cervecita ni la eñecita sirvan para ocultar el fuego que ha dejado todo sin futuro, y la gente sin verlo siquiera.
Esto es lo que espero, pero es esperanza, que ahí la dejo. Si salieron, dicen, un millón ochocientas mil personas a la calle para vitorear a la selección. Quizás algún día salgan los mismos a protestar por la falta de techo, de servicios públicos, que nos queman la sanidad, la universidad, la escuela, los servicios de seguridad, la judicatura… con un buen garrote para romper… la insensatez de las palabras que queman la realidad.
Pero todo eso, que espero, no se puede ni soñar con una España del carro abrillantado, de romería, que es la mejor. ¡Ay! España, ¿por qué siempre elegiste el carro inútil de la historia y dejaste lo que aprovecha? ¿Por qué has confiado en lo que no aprovecha, con tus santos protectores, y te burlas y rechazas a la fuente de agua viva? ¿No ves a los pirómanos sin llamas que queman tu futuro con el pretendido brillo del carro pasado?
¿Hasta cuándo seguirás quemando a la Reforma Protestante como si fuese tu triunfo y celebración? ¿Hasta cuándo te quemarás a ti misma? A ver.
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