El título de esta conversación tiene como referente las premisas que uso en el próximo curso sobre Reforma Protestante en España (a principios de septiembre, online, gratuito…)
En su inicio, el modelo religioso que llega es el de la reconquista contra los moros. De hecho, el imaginario es una especie de continuidad de guerra santa, con el botín pertinente, que no hay guerra sin botín, por muy santa que la pinten. Conquista de territorios y servidumbre de personas, es decir, personas que quedarán al servicio del conquistador.
Cualquier hidalgo, aunque fuera de carta comprada, su meta era título señorial y señorío significado en disponer de servidumbre. Eso es España, si alguien la quiere. [Nosotros, aquí en nuestro grupito, queremos otra.]
Cierto que en los momentos primeros se incorporan modelos de los que había dentro del papado, con todas sus diferencias: dominicos, franciscanos… Cada cual considerando eso de la servidumbre y evangelización con sus matices.
Al poco aparecerá el Lutero, del que alguien dijo, y lo dijo alguien grande, “si hubiere un Lutero, perdida es Castilla”, cuando lo de las Comunidades, que terminaron en 1521, cuando también terminaron con lo de aquí de Navarra. Pero aquí no hubo un Lutero.
Tras el asunto Lutero y la protestación de los señores y ciudades libres, la guerra contra la nueva forma religiosa y política no tuvo fronteras, también concernía a las nuevas tierras conquistadas.
Y esto configurado especialmente tras el concilio de Trento, con los jesuitas como grandes actores. (Curioso, que el papado no considerara de nivel a su iglesia allende, pues no hubo representación en el concilio.)
De ahí la significación de que Latinoamérica, en lo que se produjo tras 1492, y en su historia posterior, tenga su identidad en la Reforma, aunque sea una identidad donde esa Reforma se muestra como lo máximo de la maldad diabólica.
El papado en Latinoamérica es el modelo de contrarreforma, y esa es su identidad religiosa y política. (A mi modo de ver, la expresión mayoritaria posterior de lo que se llamaría avance evangélico, que todos ahora ven, no pasa de ser una orden religiosa más dentro del papado, aunque tenga un marketing peculiar. Por eso ven al papado como una denominación más, pues tienen el mismo modelo de redención, con hábitos diferenciados.) [Acabo de perder varios alumnos para el curso.]
Este aspecto de la “presencia” de la Reforma, en la persona de Lutero, como epítome de lo diabólico, ya fue tratado hace tiempo por la profesora Alicia Mayer en su obra Lutero en el paraíso.
Algún detalle curioso, aunque no tuvo significación práctica, es que cuando está iniciando camino, a pesar de no quererlo el papado de ningún modo, el concilio de Trento, se estaba imprimiendo en Nueva España, México, una obra, con formato un poco cambiado, escrita y editada en Sevilla por Constantino de la Fuente, un modelo de catecismo que se podría calificar de “protestante”, con la finalidad, así lo proponía su obispo, de educar en la fe cristiana a los nativos y los que venían de estas tierras.
Eso no tuvo ni resultados, que sepamos, ni continuidad, pues se diluyó en la liturgia papal.
Otra cuestión, y esta sí la propongo como relevante, es que, aunque la Escritura se considerase, según el modelo del franciscano Alfonso de Castro, tan notable en Trento, su traducción a las lenguas vernáculas como el medio más diabólico para destruir el cristianismo, (tal cual) sí se produjeron esfuerzos notables por traducir a la lengua nativa varios catecismos del papado.
Biblia no, pero catecismos sí. Existe uno, mexica y castellano, con sus grabados correspondientes, en los que se muestran las formas y ropajes litúrgicos. (Realizado unos años después de Trento.)
Otro, bastante voluminoso, fruto de la decisión de un sínodo en Perú, en tres lenguas: quechua, aymara, y castellano. Con el mismo formato de signos litúrgicos. (Este, unos años posterior, y en ambos, por simple curiosidad, pone castellano, no español.)
Por lo tanto, la formación religiosa, algunos dicen, “cristiana”, de esas amadas tierras y pueblos, consiste en un papado, en ese tiempo, y hasta ahora, antiprotestante. Ni siquiera la iglesia antigua tiene cabida en su contenido, pues esa sección de tiempo (hasta Gregorio Magno, el último obispo de la iglesia de Roma, en palabras de Calvino) fue transustanciada en la doctrina y dogmas papales.
Por eso, cuando Cipriano de Valera, en su presentación de la traducción al castellano de la Institución de Calvino, dice que la pone en manos de los “españoles” para que lean y conozcan la verdad de la Escritura, y que así, se liberen de las cadenas y supersticiones del papado; eso, justo al final del siglo XVI, es lenguaje para Latinoamérica, pues lo que allí se daba era Inquisición y corrupción del evangelio, igual que aquí.
En eso sí que eran “españoles”, sin duda. Pues, para ellos, con esa mirada, es para quienes se realiza el curso mentado, con la cercanía de la enseñanza de ese Calvino a quien Cipriano de Valera presenta.
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