Unas conferencias, dentro de las actividades de una “sociedad individualista” (es que creo que se llamaba así el grupo, el término es equívoco) en 1962, incluía una dictada por un pastor presbiteriano (cuyos escritos luego han usado dentro de la llamada derecha americana) de origen armenio, titulada “El derecho a emigrar”.
Se trataba de esos momentos en que se miraba la historia. Y, en este caso, la de “esta república independiente”, como afirmaban con orgullo. Hoy, a los 250 años de esa independiente república, tenemos lo que tenemos.
He vuelto a leerla, ya con las señales del tiempo transcurrido, por lo chocante del título, viendo lo que hoy se ve. También he repasado algunas notas, también de hace ya tiempo, sobre las colonias iniciales y, especialmente, el momento de la rebelión e independencia.
Con documentos notables, como aquel de “derecho a tomar las armas”. (La legalidad de portar armas, tan famosa con sus defensores o detractares, no es algo que tenga raíz en la defensa personal, sino, así la enmienda, la posibilidad de formar “milicias” para defenderse del poder del gobierno federal.)
Todas las lecciones aprendidas en la revolución inglesa, la holandesa, lo que hubo en la Francia hugonota, etc., se presentan para orientar lo que acontece en ese momento histórico de los “peregrinos”, primero, luego la vida en los asentamientos, y, finalmente en la revolución, más bien, rebelión contra la corona inglesa.
Que esa mirada no puede apreciarse si no se tiene en cuenta que esos momentos tienen que ver con el protestantismo calvinista, es tan evidente que, de no verlo, no se verá nada.
Que esos momentos de sus primeros tiempos, con la propia Constitución, luego tienen formas en las que se intenta negar los principios, también es evidente. Mira, si no, lo que ahora hay. Así que peregrinos, Constitución, guerra civil de secesión, y desde ahí hasta hoy.
En esas conferencias se recordaba (¡en los sesenta del siglo pasado!), por ejemplo, la unidad básica de unidad nacional, que era el condado.
Y cómo, si en vez de su natural existencia, con vecinos libres en una localidad, que se autogobiernan, se convierte en el premio o regalo para un “gobernante” de manos de una autoridad centralizada, entonces todo se viene abajo, como se ha venido.
Se recordaba, por ejemplo, que la libertad de una sociedad no puede ser más que la que tienen sus miembros libres, y eso supone que sean responsables, pues, si no, no es libertad.
Y la responsabilidad tiene que ver con la casa, lo más cercano, los vecinos, la comarca, y de ahí arriba hasta el Estado. [Tan cierto es esto como es cierto que esto en España se ha perdido, si acaso alguna vez, en pintura, lo hubo.]
Se recordaba que el derecho a emigrar era propio del ser humano como ser humano, y supone que puede desplazarse de un lugar a otro, en búsqueda honrada de una casa donde ser libre y poder comunicar con esa libertad con los suyos y sus vecinos.
De Inglaterra a una colonia, de una colonia a otra, de una colonia a otro sitio… Todo eso, curioso para la mentalidad de aquí, basado en la condición cívica de pacto, pues todo proyecto suponía esa esfera de vida y convivencia, donde, por supuesto, no tendrá cabida el irresponsable que no quiere sujetarse a ninguna norma. [Los estados tiránicos, como hoy, con su forma diversa, te procuran quitar ese espacio, para darte la “libertad” sin responsabilidad, pero bajo su bota.]
Se citaba a un autor que afirmaba [Puritanism and Liberty, 1938.] que cada intento, en Inglaterra o en América, de establecer una mancomunidad santa [Commonwealth] es el ejemplo de una forma de calvinismo o puritanismo, y que cada intento de alejarte de ese concepto supone un alejarse del calvinismo y puritanismo.
Ese alejarte es tanto antinomiano y gnóstico, pues supone una experiencia y posesión de la verdad privada o subjetiva.
Se reiteraba la oposición a los fundamentos, desde pretendidos fundamentos, por ejemplo. al afirmarse que la salvación tiene el espacio de lo que se llama pacto de gracia, pero que si la iglesia o los hombres, y no Dios solo, tienen que juzgar sobre esa gracia, entonces se le atribuye a esos medios una clase de omnisciencia imposible fuera de Dios.
Un puritano de los buenos, normalito, que alguno hubo, te dirá que ya el árbol dará sus frutos, que si está plantado por Dios, y está con los nutrientes de Dios, su fruto saldrá cuando corresponda, sin forzar ni apalear.
Pero que los “puritanos” del experimentalismo, mejor: sensacionalismo, o del racionalismo, que de todo hubo allí, esos representan dos formas de gnosticismo y reduccionismo, que suponían un gravísimo peligro para la mancomunidad santa. (Lo uno mejor dejarlo en los clubs jacobinos, y lo otro, para el revivalismo y romanticismo del XIX.)
Que un autor que pueda decir que “esa mancomunidad santa, al descansar sobre el pilar del pacto personal de gracia, rechazó ser reducida a la experiencia individual de la gracia, o a una especie de prueba formal de la misma”, sea usado, con algunos de sus dichos, por la derecha americana, pues es cosa sorprendente, pero eso demuestra que la cosa ya está infiltrada por todas las rendijas de la casa.
Ese autor, cada vez que podía, afirmaba el contraste entre la piedad reformada y el moralismo arminiano. Hoy lo que queda es lo segundo. Y donde mejor se nota, es precisamente en las iglesias que presumen de “reformadas”, esa es la cosa.
Les pongo algunas declaraciones de esas conferencias, donde se ve lo que entonces algunos atisbaban, y ahora no se sabe ni dónde mirar.
“A veces se ha propuesto que el declive y derrota del “Gran Avivamiento”, o despertar, [Great Awakening, vinculado a la figura de Jonathan Edwards.] señalaba el final de la idea de mancomunidad… al contrario, fue un triunfo de la misma.
Alguien lo ha visto claramente: ‘Edwards fue sorprendentemente ciego a la filosofía política de la Santa Mancomunidad… La llamada mancomunidad judía [tribus de Israel federadas] la menciona de pasada, y la mancomunidad cristiana aparece en la superficie, pero nunca como perspectiva clara. La perspectiva de Edwards era psicológica, y el universo se redujo al alma y la experiencia del hombre. El platonismo y Locke pasaron factura en su pensamiento, y eso le llevó a querer sustituir la santa mancomunidad por la experiencia religiosa del individuo. Por supuesto, la experiencia tenía su lugar en la mancomunidad, pero para Edwards no había nada más’.
La entrada a la iglesia se condicionó con Edwards a la experiencia, no al pacto. Sea el pacto, la mancomunidad y todo lo demás, fue disuelto por su preeminencia de la psicología. Edwards destruyó las esferas con legalidad propia [esto lo traduzco así, en inglés pone sphere laws, forma parte de lo que sería una filosofía reformada] y la vitalidad del hombre como sacerdote, profeta y rey en cada área o esfera.
La esencia del cristianismo ahora se reduce a la experiencia religiosa… Esto, que supone no conocer a Calvino, tuvo sus consecuencias posteriores, pues, aunque el despertar quedó anulado, sus premisas teológicas se quedaron asentadas en las iglesias. El revivalismo disolvió a la iglesia, pero la política siguió como si tal cosa, conservando la forma cristiana.
El revivalismo era no denominacional, y a menudo, antidenominacional. No le importaba para nada revivir a la iglesia, sino revivir a América. Su lema era “Salvar América”. De ahí su interdenominacionalismo y su intenso patriotismo.
De ahí el hecho de que los dignatarios [hoy se diría “líderes”] del poder civil desde el principio tuvieron conexiones con los revivals [lo dejo así, que se entiende] y aparecieron en sus plataformas.
De ese modo hoy Billy Graham está trabajando con todas las iglesias [también el papado, por supuesto], y tiene dignatarios políticos con él en las plataformas de sus eventos [por poner un nombre que sirve para todo], porque su meta y enfoque humano no es una iglesia particular, sino una América piadosa y reavivada…
Estos proyectos y actividades son propios de la herencia del siglo XIX, y no deben confundirse con la posición y visión teocéntrica colonial de la santa mancomunidad.
Un católico romano comenta con lucidez: ‘La función de las iglesias en América no es salvar América. El día en que hagan eso su propósito, habrán fallado como iglesias’. La idea de santidad, desafortunadamente, hoy es antropocéntrica, nada que ver con la posición teocéntrica de los peregrinos.”
Y aquí lo dejo. He resumido como he podido. La idea era mostrar cómo se veía ya en los sesenta la situación. Hoy ya ni se sabe.
Por cierto, el autor, que es usado en algunas de sus afirmaciones por la ultraderecha religiosa, también la papal, tiene, como puede verse, cosas muy valiosas. Otras, ciertamente, no muy adecuadas, sobre todo en sus interpretaciones de la ley levítica.
Nada que ver con Calvino, al que, sin embargo, sigue en otros aspectos. Y eso es lo chocante, pues este autor destacó siempre que el arminianismo del papado sería la ruina de la iglesia y de la nación, y ahora son esos de los que él previno, los que están dominando.
Hasta el punto de que el papa de turno, sin despeinarse [¿por qué no habrá papas calvos?], afirma que los valores de esa nación, se supone que en sus inicios, son los propios del papado. Y no pasa nada.
Efectivamente hoy son los mismos, discursos más o menos afables. Y eso lo vieron los padres fundadores como la ruina de la república. Documentado.
La tierra que una vez fue lugar y espacio de libertades y responsabilidad para crecer y formar casas, hoy es la casa de esclavitud de la que salieron los primeros que llegaron. La tierra prometida se torna casa de servidumbre, un nuevo Egipto, con sus faraones y todo.
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