La Santa Cena en Juan Calvino

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La Santa Cena en Juan Calvino
La Santa Cena en Juan Calvino

Que en el inicio y desarrollo de la Reforma la cuestión de la Santa Cena constituyó un elemento de confrontación entre los diferentes modelos propuestos en el campo protestante, es evidente. Que sobre el particular hubo, y hay, gran confusión, también.

Aquí no entramos en discusiones vanas. Ni en soluciones vanas. Pero algo sí conviene recordar sobre el particular, sobre todo, porque forma parte de la edificación de la Iglesia, y de la verdad que debemos proclamar. Los enemigos del Evangelio tienen un modelo de sacramentos. No es un tema, pues, sin su importancia.

Calvino se pregunta por qué el papado muestra tal virulencia en la defensa, como verdad única y sustancial, de su doctrina, dogma, sobre la eucaristía/santa cena. Ese es su evangelio. Si eliminas ese elemento, se viene abajo todo el edificio.

Cualquiera puede hacer una lista, y pasar por listo, con los diferentes pormenores de las distintas posturas sobre el tema. Aquí les pongo unos renglones de lo que propuso Calvino. No de su “doctrina”, sino de sus palabras.

“Y no contento con esto, nos quiso dar seguridad de su perpetua liberalidad hacia nosotros, dándonos una prenda de ello. A este fin instituyó por medio de su Unigénito Hijo otro sacramento; a saber, un banquete espiritual, en el cual Cristo asegura que es pan de vida (Jn. 6:51), con el que nuestras almas son mantenidas y sustentadas para la bienaventurada inmortalidad…

Y Satanás, por el contrario, a fin de privar a la Iglesia de este tesoro inestimable, hace ya mucho que lo ha oscurecido, primeramente, con tinieblas, y luego con nieblas más densas; y además ha suscitado discusiones y disputas, para disgustar a los hombres; e incluso en nuestros días se ha servido de las mismas armas y artificios…

Ahora bien, el único sustento de nuestras almas es Cristo; y por eso nuestro Padre celestial nos convida a que vayamos a Él, para que, alimentados con este sustento, cobremos de día en día mayor vigor, hasta llegar por fin a la inmortalidad del cielo.

Y como este misterio de comunicar con Cristo es por su naturaleza incomprensible, nos muestra Él la figura e imagen con signos visibles muy propios de nuestra débil condición…

Vemos, pues, a qué fin se ha instituido este sacramento; a saber, para asegurarnos que el cuerpo del Señor ha sido una vez sacrificado por nosotros, de tal manera que ahora lo recibimos, y recibiéndolo, sentimos en nosotros la eficacia de este único sacrificio. Y asimismo, que su sangre de tal manera ha sido derramada por nosotros, que nos puede servir de bebida perpetuamente…

Nuestras almas pueden sacar de este sacramento gran fruto de confianza y dulzura; pues tenemos testimonio de que Jesucristo, de tal manera es incorporado a nosotros, y nosotros a Él, que todo cuanto es suyo lo podemos llamar nuestro; y todo cuanto es nuestro podemos decir que es suyo…

Que no podemos ser condenados por nuestros pecados, puesto que Él nos ha absuelto de ellos, tomándolos sobre sí y queriendo que le fueran imputados, como si Él los hubiera cometido…

Todas estas cosas nos las ha prometido Dios tan plenamente en este sacramento, que debemos estar ciertos y seguros que nos son figuradas en él, ni más ni menos que si Cristo estuviese presente y lo viésemos con nuestros propios ojos, y lo tocásemos con nuestras manos…

No es, pues, lo principal del sacramento darnos simplemente el cuerpo de Jesucristo; lo principal es sellar y firmar esta promesa en la que Jesucristo nos dice que su carne es verdadera comida, y su sangre bebida, mediante las cuales somos alimentados para la vida eterna… Para sellar la mencionada promesa, el sacramento nos remite a la cruz de Cristo, donde esta promesa ha sido del todo realizada y cumplida…

Y se nos muestra, cuando habiéndose hecho partícipe de nuestra humana condición mortal, nos ha hecho participantes de su divina inmortalidad; cuando ofreciéndose en sacrificio, tomó sobre sí toda nuestra maldición, para llenarnos de su bendición; cuando con su muerte devoró a la muerte; cuando en su resurrección resucitó gloriosa e incorruptible nuestra carne corruptible, de la cual Él se había revestido…

Así que no es el sacramento el que hace que Jesucristo comience para nosotros a ser pan de vida, sino en cuanto nos recuerda que ya una vez lo fue, para que continuamente seamos alimentados de Él… Y, además, que esta vivificación es perpetua…

Porque Él lo ha dado una vez por pan, cuando lo entregó para ser crucificado por la redención del mundo; y lo da cada día, cuando por la Palabra del Evangelio se ofrece y presenta para que participemos de Él, en cuanto ha sido crucificado por nosotros; y, por consiguiente, sella una tal participación con el misterio de la Santa Cena; y cuando internamente cumple lo que externamente significa…

Porque, como el comer y beber, y no el mirarlo, es lo que sustenta el cuerpo, así también es necesario que el alma sea verdaderamente partícipe de Cristo para ser mantenida en vida eterna… A fin de que ninguno pensase que consistía en un simple conocimiento.

Tampoco me satisfacen los que, después de haber confesado que tenemos una cierta comunicación con el cuerpo de Cristo, al exponer tal comunicación, la reducen a una simple participación de su Espíritu, dejando a un lado todo el recuerdo de la carne y de la sangre, como si se hubiese dicho en vano que su carne es verdadera comida y su sangre verdadera bebida…

Por eso, si es evidente que la comunicación de que aquí se trata, va más allá de lo que estos dicen, expondré sumariamente hasta dónde se extiende, antes de hablar del exceso contrario, pues habré de mantener una controversia más larga con ciertos doctores exagerados y amigos de hipérboles, quienes inventando conforme a su burdo ingenio una manera absurda de comer y de beber el cuerpo y la sangre de Cristo, despojan al Señor de su cuerpo y lo reducen a un fantasma.

Lo intentaré, claro está, en cuanto tan alto misterio se puede explicar con palabras; pues bien veo que no lo puedo comprender con mi entendimiento, y así lo confieso de buen grado, para que ninguno mida su grandeza por mis palabras, tan humildes, que no pueden llegar tan alto.

Por eso exhorto a los lectores a no mantener sus sentidos en tan pequeños y estrechos límites, sino que se esfuercen por subir mucho más alto de donde yo los puedo llevar.

Porque yo mismo, siempre que trato de esta materia, después de esforzarme en decir cuanto me es posible, creo que he dicho muy poco. Tan grande es su dignidad y excelencia, que no la puedo comprender.

Y aunque el entendimiento pueda ir más allá de lo que la lengua puede declarar y exponer, el mismo entendimiento se queda corto y no puede llegar más allá.

No queda, pues, mas que admirar y adorar este misterio, que ni el entendimiento puede comprender, ni la lengua declarar. No obstante, propondré aquí el resumen de mi doctrina, la cual, como no dudo que es verdadera, así también espero que las personas sencillas y temerosas de Dios la aprobarán…

Del mismo modo la carne de Cristo es semejante a una fuente que nunca jamás se agota, en cuanto ella recibe la vida que brota y mana de la divinidad para hacerla fluir de su carne a nosotros…

El resumen de todo esto es que nuestra alma no es menos alimentada con el cuerpo y la sangre de Cristo, que sustentada por el pan y el vino la vida corporal.

Pues de otra manera la semejanza del signo no convendría, si nuestra alma no encontrase en Jesucristo con qué saciarse. Lo cual no puede verificarse en modo alguno, si Cristo verdaderamente no se adhiere y une a nosotros, y nos mantiene y sustenta con la comida de su carne y la bebida de su sangre.

Y aunque parezca increíble que la carne de Cristo, tan alejada de nosotros por la distancia, penetre hasta nosotros, haciéndose alimento nuestro, pensemos hasta qué punto la oculta virtud del Espíritu excede y supera nuestro entendimiento, y cuán vana y loca cosa es querer medir su inmensidad por nuestra medida.

Así pues, lo que nuestro entendimiento no puede comprender, recíbalo la fe: que el Espíritu verdaderamente junta las cosas que permanecen alejadas, y Jesucristo asegura y sella en la Cena esta participación de su carne y de su sangre, por la cual hace fluir y transfiere a nosotros su vida, ni más ni menos como si entrase en nuestros huesos y en nuestra médula.

Y no nos ofrece un signo vacío y sin valor, sino que nos muestra en él la eficacia de su Espíritu, cumpliendo lo que promete. Y verdaderamente ofrece y da a todos los que toman parte en este espiritual banquete la realidad en él significada, aunque solamente los fieles la reciben con fruto, puesto que reciben tan inmensa liberalidad del Señor con verdadera fe y grande gratitud…

De aquí podemos concluir que, puesto que se nos da el signo, también se nos dará realmente la sustancia, que es lo significado por el signo. Porque nadie, a no ser que quiera llamar a Dios engañador, se atreverá jamás a decir que el Señor propone un signo vano.

Por tanto, si el Señor por ‘partir el pan’ verdaderamente representa la participación de su cuerpo, no hay duda de que lo da realmente. Por ello esta es la regla que deben tener todos los fieles: siempre que vean el signo instituido por el Señor, convénzanse y tengan por cierto que la verdad de la cosa significada está presente.

Porque, ¿con qué fin el Señor te pondría en la mano el signo de su cuerpo, sino para asegurarte que verdaderamente participas de él? Y si es verdad que se nos da la señal visible para sellar la donación invisible, tengamos por cierto que al recibir el signo de su cuerpo recibimos juntamente el mismo cuerpo…

Materia o sustancia llamo a Cristo con su muerte y resurrección.

Por virtud o efecto entiendo la redención, justicia, santificación, y vida eterna, y todos los demás beneficios y mercedes que Cristo nos hace. Y si bien todos estos beneficios se reciben por la fe, sin embargo, de ninguna manera admito el subterfugio de que, cuando recibimos a Jesucristo por la fe, lo recibimos solamente con el pensamiento y la imaginación.

Porque las promesas nos lo ofrecen, no para que lo miremos únicamente entreteniéndonos con una simple y vana contemplación, sino para hacernos gozar verdaderamente de su comunión.

Realmente no veo cómo un hombre puede confiar en que tiene su redención y justicia en la cruz de Cristo, y la vida en su muerte, si primero no mantiene una verdadera comunicación con Él.

Porque jamás se nos comunicarán estos bienes, si primeramente Cristo no se hace nuestro. Sostengo, pues, que en la Santa Cena, Jesucristo se nos da verdaderamente bajo los signos del pan y del vino, y que verdaderamente se nos da su cuerpo y sangre, en los cuales ha cumplido toda justicia con su obediencia para alcanzarnos la salvación.

Y digo que esto se hace primeramente para hacer de Él y de nosotros un solo cuerpo; y en segundo lugar, a fin de que, siendo partícipes de su sustancia, sintamos también su virtud, comunicando con todos sus bienes…

Por esto se ve muy bien, según ya lo he dicho antes, que la verdadera administración de los sacramentos consiste en la Palabra. Porque todo el provecho que recibimos en la Cena, exige que esté unida la Palabra… Porque no hemos de imaginar una especie de encantamiento, o conjuro mágico, como si bastase murmurar las palabras sobre las criaturas insensibles; sino que debemos entender que la Palabra por la cual son consagrados los sacramentos es una predicación viva, que edifica a quienes la oyen, que entra y penetra en su entendimiento, que se imprime en su corazón, y que muestra su virtud haciendo y cumpliendo lo que promete…

Dejando, pues, a un lado todo este sinfín de ceremonias y de pompas, la Santa Cena se podría administrar santamente, si con frecuencia, o al menos una vez a la semana, se propusiera a la Iglesia como sigue:…”

Y ya no sigo más. Aquí dejo las citas. Sobre la transubstanciación, y misa como sacrifico, ni hay que perder el tiempo con argumentos, innecesarios para quien tenga ojos para ver; y quien no los tenga, se diga lo que se diga, seguirán en sus caminos. Eso está anunciado.

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