La gloria de las naciones, como mota de polvo

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La gloria de las naciones, como mota de polvo
La gloria de las naciones, como mota de polvo

Que lo dice nuestro profeta, y con todo énfasis, pues señala esa gloria como mota de polvo “en la balanza”, que no se tiene en cuenta, es como vacío, y “gota de agua que cae del cubo”, igual. (Isaías 40:15)

Tal la Sagrada Familia, que tanto aplauso ha merecido su puesta en escena. Menos mal que ya se dice al decirlo, es escena, teatro.

Me era imposible no contrastar con la maravilla de la gloria de la creación del Creador. La simple reacción de una pequeña flor a la luz del sol, con sus múltiples cromatismos, es muy mayor que mil templos.

La escena necesitó la noche, ¿serán obras de tinieblas? (Esas flores con el sol producen vida, cuando han sido polinizadas, por ejemplo, aflora un matiz que las abejas “ven” para no sacar donde ya se sacó, el capitalismo extractivo, que seca, es contra natura. Mucho de lo que la ciencia nos ha traído, y el arte, lo ha sacado del sol con la tierra. La hermosura de lo creado…)

Todo un modelo. Ese templo, expiatorio, no se olvide, es realmente, en la intención de sus primeros promotores, que Gaudí cumplió como fiel súbdito del papado, un modelo de reconocimiento al papado. Es un monumento a su iglesia.

No puedes presentar la devoción a la inmaculada, al corazón de su maría, al de su jesús, todo eso que se ve, mira el Tividabo con su templo, sin que eso se muestre en y para el espacio sagrado de la silla papal.

Puestos a poner, habría que ver si Gaudí hubiera visto lo que en ese acto reciente se vio. Su imagen, muy lograda con las luces, pero si viera allí sentados al Borbón, y al socialista, ¿se imaginan el soponcio? ¡Y el papa junto a ellos! Eso era la negación de lo que tuvo como proyecto. Pero no pasa nada, que siga la función.

Si una brizna de luz natural supone tal gloria natural, ¿Cuánta no será la gloria de la luz que alumbra el alma, de la misericordia que redime, de la sangre que limpia de todo pecado…? Además, ahí no hay teatro ni puesta en escena, sino realidad y vida, desde la eternidad…

Han convertido la realidad de la cruz, en un ciclo litúrgico, en un teatro sujeto al tiempo, en un calendario. Miserables. Cuando pidáis que las piedras caigan sobre vosotros para no ver lo que se ve, meteos dentro de vuestros templos. ¿Qué tiene que ver eso con la Palabra, que permanece? Contad cada uno su sueño, pero no digáis que eso es verdad de Dios.

Pues este modelo religioso de ese templo expiatorio es lo que se presenta como el cristianismo de los valores. Incluso, y no es broma, lo he visto escrito, un cristianismo de comunidad, nada que ver con ese calvinismo (tal cual) individualista, del que nació Estados Unidos (tal cual), y que ahora acabaría con esa nación, mira, si no, a Trump.

O sea, que esos clérigos y clérigas serviles, que le bendicen las manos [impías y llenas de sangre, que diría nuestro profeta] ¡son el calvinismo! Pues esto es lo que hay. Podrás decir que eso es una burrada, pero ¿cómo argumentar con quien la dice?

Es cierto que, en un momento, y espacio social, la experiencia religiosa, protestante en general, se incorporó al modelo capitalista, y viceversa, un capitalismo que no era lo que es hoy.

Es cierto, y no se estudió sociológicamente, el campo puritano donde floreció ese modelo religioso, incluyó otro capitalismo: la acumulación de experiencia religiosa, medida con las monedas de las doctrinas carnales sobre santidad.

En esos espacios, los dos, gente hubo que se miró en el estado de su cuenta, de dinero o de experiencia religiosa, siempre según las medidas de los medios de pago, que algunos llamaron “de gracia”, para verse de los elegidos.

Calvino no tiene nada que ver con ninguno de los dos sectores. Ni el “capital” de dinero, ni el “capital” de la experiencia religiosa, tiene cabida alguna en la enseñanza de nuestro Calvino. Tal “acumulación” no es propia de la fe. Usarán su nombre, pero eso no está, ni por asomo, en sus escritos.

“Que nos acostumbremos a poner nuestros ojos y apoyarnos en el poder del Señor con gran desprecio de nosotros mismos. Y ciertamente que ninguna cosa puede movernos tan eficazmente a poner en el Señor la confianza y la certidumbre de nuestro corazón, como la desconfianza en nosotros mismos y la pena que nos produce reconocer nuestra calamidad. [Esto para explicar que nos ocupemos en nuestra salvación.]

Precisamente la causa por la que esperamos de Él la salvación es que no se nos muestra lejano, sino que, incorporados nosotros a su cuerpo, nos hace partícipes, no solamente de sus bienes, sino incluso de sí mismo…

Si nos consideramos a nosotros mismos, es cierta nuestra condenación; mas como Cristo se nos ha comunicado con todos sus bienes para que cuanto Él tiene sea nuestro y para que seamos sus miembros y una misma sustancia con Él, por esta razón su justicia sepulta nuestros pecados, su salvación destruye nuestra condenación, y Él mismo con su dignidad intercede para que nuestra indignidad no aparezca ante la consideración de Dios…

Por esto la Escritura pone la culminación de nuestra salvación en que el Señor, aboliendo las enemistades, nos ha recibido en su gracia (Ef. 2:15) Con lo cual sin duda nos da a entender que, habiéndose Dios reconciliado con nosotros, no hay motivo para temer que no nos haya de ir todo bien. Por eso la fe, al conseguir el amor de Dios, tiene las promesas de la vida presente y futura, y la firme seguridad de todos los bienes tal como se puede tener por la palabra del Evangelio. Porque con la fe no se promete evidentemente ni una larga vida en este mundo, ni honra, ni hacienda y riquezas -puesto que el Señor no ha querido ofrecernos ninguna de estas cosas-, sino que se da por satisfecha con la certeza de que, por grande que sea la necesidad que tengamos en las cosas precisas para vivir en este mundo, Dios no nos faltará jamás…

Sin embargo, como todo cuanto concibamos e imaginemos de la potencia de Dios y de sus obras es vano y carece de fundamento sin su Palabra, por eso decimos que no hay fe alguna posible hasta que Dios nos ilumina con su gracia…

Ahora bien, es indudable que nadie es amado por Dios sino en Cristo… Es necesario, pues, que por su medio e intercesión llegue su gracia a nosotros…

Mas como nuestro entendimiento está inclinado a la vanidad, no puede jamás llegar a la verdad de Dios; y como es romo y corto de vista, no puede ver la claridad de Dios; por eso la Palabra sola, sin la iluminación del Espíritu Santo, no nos sirve ni aprovecha de nada. Por lo cual se ve claramente que la fe está por encima de cuanto los hombres pueden entender. Y no basta que sea el entendimiento iluminado por el Espíritu Santo; es preciso también que el corazón sea corroborado y confirmado por su virtud…

Por tanto, así como de no ser atraídos por el Espíritu de Dios, no podemos en manera alguna llegar a Dios, del mismo modo, cuando somos atraídos por Él, somos completamente levantados por encima de nuestra propia inteligencia. Porque el alma, iluminada por Él, es como si adquiriera ojos nuevos para contemplar los misterios celestiales, cuyo resplandor antes la ofuscaba…

La Palabra de Dios es semejante al sol: alumbra a cuantos es predicada, pero los ciegos no reciben de ella provecho alguno. Naturalmente en este punto todos nosotros somos ciegos; por eso no puede penetrar en nuestro entendimiento sin que el Espíritu Santo, que enseña interiormente, le de entrada con su iluminación…

Tan pronto como el menor destello de fe llega a nuestra alma, al punto comenzamos a contemplar el rostro de Dios misericordioso y propicio para con nosotros…

Y así vemos que el entendimiento iluminado con el conocimiento de Dios, al principio está rodeado de mucha ignorancia, que poco a poco va cediendo. Sin embargo, el ignorar algunas cosas, o ver oscuramente lo que ve, no impide que dé un conocimiento evidente de la voluntad de Dios, lo cual es el punto primero y fundamental en la fe…

El Apóstol en diversos lugares… nos advierte cuán pequeña es la parte de la verdadera sabiduría de Dios que se nos comunica en la vida presente… Y san Pablo afirma esto de toda la Iglesia, puesto que no hay ninguno entre nosotros, que no encuentre en su ignorancia un gran obstáculo e impedimento para avanzar tanto como sería de desear. Con todo, él mismo prueba cuán grande es la certidumbre que nos procura este pequeño destello, al atestiguar que, por el Evangelio, `mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen` (2 Co. 3:18)”.

Estas cosas escribió Calvino. Así que, con él: “De nuevo, pues, afirmamos que jamás puede ser arrancada del corazón de los fieles la raíz de la fe, sin que en lo profundo del corazón quede algo adherido, algo inconmovible, por más que parezca que al ser agitado va a ser arrancado; que su luz jamás será extinguida de tal manera que no quede al menos algún rescoldo entre las cenizas; y que por esto se puede juzgar que la Palabra, que es simiente incorruptible, produce fruto semejante a sí, cuyo renuevo jamás se seca ni se pierde del todo”.

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