Cristo profeta

| Fuente: protestantedigital.com/rss/magacin

Cristo profeta
Cristo profeta

Todo lo que antes se dijo, y de las formas diversas cómo se dijo, ha quedado dicho definitivamente por el Cristo. Su palabra es el final de toda palabra. O se proclama, o se cambia y se es falso profeta, del mentiroso desde el principio.

Cualquier chuminada que a alguien se le ocurra, este es el mal tremendo de nuestro tiempo, pasa por una declaración de algo que debe ser respetado.

El lenguaje se ha diluido, hasta quedar líquido. Cuando se argumenta contra la idea de género, sexual, líquido, que no se sabe qué es o qué se quiere, lo que realmente se ha licuado, hasta desleírse, es el lenguaje. Lo uno lleva a lo otro. Incluso todo hace indicar que lo que se está licuando es el cerebro; lo único sólido, granítico, que está quedando, es un narcisismo omniabarcante.

Por cierto, ¿se acuerdan de la que se montó con lo que montaron los evangélicos, de un talante y doctrina, en el estadio del Atlético de Madrid?

Ya dije que esos son los mismos que rezaron con el papa Francisco, el mismo criterio y talante ecuménico. Entonces fueron, o pasados sin ser vistos, o presentados como unos grandes tipos, ¿por qué ahora son grandes tipejos?

Son los mismos con los que la presidenta de Costa Rica, según titular de unos días en la prensa, con imágenes, ha encomendado durante misa a su gobierno y al país a una Virgen.

El discurso y la parafernalia idéntica a la de los neopentecostales, eso sí, con el decorado papal, y allí había un obispo. ¿Eso sí les vale, y elevan cantos celestiales, a los de la rosalegendariahispanidad?

De todos modos, eso de rezos ecuménicos, no es solo de neopentecostales con el papa; queda para la vergüenza ajena la casi prosternación del responsable anterior de la Alianza Evangélica Mundial besando la mano del anterior papa.

Todo esto no es más que añadidos y recortes de la palabra de Verdad. El único Ungido es el Cristo, ¿o hay más cristos? Fuera de él solo quedan anti. Y es ungido con su condición de Profeta.

Estas gentes con sus palabrerías y supersticiosas tradiciones niegan al Cristo, y quieren poner sus fantasías como si fueren las mismas palabras del Redentor.

Nos queda no pequeño consuelo en saber que hemos sido librados de esas tradiciones, tan de nuestra condición natural, por la propia acción de la Palabra, que, al llegar a nosotros y oída por esa misma Palabra (el oír por la Palabra), hace que nos incorporemos a la unción del Redentor, pues él no la recibe porque la necesite, sino para darla a sus elegidos.

“Cristo ha puesto fin a todas las profecías [todo lo anterior que se dijo como revelación de Dios]… Y esa profecía de Jesucristo pertenece a todo su cuerpo”.

“Conviene notar aquí otra vez que no recibió la unción para sí, a fin de que enseñara, sino para todo su cuerpo, a fin de que resplandeciese en la predicación ordinaria del Evangelio la virtud del Espíritu Santo”.

“Queda, pues, por inconcuso y cierto que con la perfección de su doctrina ha puesto fin a todas las profecías; de tal manera que todo el que no satisfecho con el Evangelio pretenda añadir algo, anula su autoridad… Porque no es lícito ir más allá de la simplicidad del Evangelio. Y la misma dignidad profética que hay en Cristo tiende a que sepamos que todos los elementos de la perfecta sabiduría se encierran en la suma de doctrina que nos ha enseñado”.

Esto es bien sencillo. No hay posibilidad de incorporar doctrinas sobre el papado, sus cardenales, reliquias, santos, purgatorio… sin que quede patente su rebelión contra el Ungido.

Quieren revestirlo de sus tradiciones, cuando está revestido del Espíritu Santo. Quieren santificar con las obras muertas y rebeldes de sus manos.

Eso puede valer para los que confeccionan mantos de vírgenes, que cada uno asuma si es santidad el coser de las agujas, pero al Cristo de Dios, si se lo reviste, se tapa y oculta, se ofende a Dios. Y han salido profetas con sus imaginaciones que ofrecen unidad en las añadiduras, en las vestiduras construidas por la fantasía narcisista de corazones y mentes vacíos de la Verdad. Mal tiempo.

Aún en el mejor de los casos, con las formulaciones sobre la Trinidad (que aquí ya se ha dicho que deben tenerse en el contexto que fueron elaboradas, con todo tipo de supersticiones pegadas, compartidas en el mismo agua), queda claro con lo que exponemos que, pongamos por caso, los creyentes normalitos de Filipos, cuando reciben la enseñanza de que Cristo, Ungido, Jesús, el cual siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz… O los creyentes normalitos de Colosas, cuando reciben la declaración de que el amado Hijo de Dios, en quien tienen redención por su sangre, el perdón de pecados… es la imagen del Dios invisible… que todas las cosas en él subsisten… por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud… y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas… y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él… No están en un vacío de significación hasta que, siglos después, se reúnan una gente muy de todo tipo, y con intereses muy diversos, para decirles qué significan esas palabras. No, no, y no.

El buen consejo de comunidades particulares para prevenir malos usos, como en Jerusalén. con la iglesia, los apóstoles y los ancianos, eso es otra cuestión.

Se reúnen para prevenir la tradición de los judíos, no para crearla. El Evangelio no necesita tradición, ni católica ni protestante.

El Evangelio trae la Palabra de salvación, que permanece por sí misma; la tradición trae la palabra humana, revestida de la autoridad de la santidad humana, que es solo carne y corrupción, aunque durante unos días es como flor de la hierba, hasta que se seca. Que lo dice Pedro.

Otra cosa es, claro está, que, con la vivencia de esa Palabra de salvación, luego se produce una cultura determinada por las comunidades salvas. Eso siempre es relativo, temporal. La Iglesia no puede fundarse en ninguna tradición, ni en ninguna Palabra que necesite una tradición determinada.

Si así fuere, sería como declarar que la palabra de verdad, el Evangelio de nuestra salvación, es solo una sombra, un elemento incompleto, que lleva a la verdadera situación: la de una Iglesia formada por la ley, una personalidad de derecho, temporal y visible.

Habría que mirar a la Iglesia, no en la Palabra, no en el Cristo, sino en la verdad posterior compuesta por una parte de Escritura y otra de leyes temporales. (La tradición es la construcción legal de una costumbre, hasta que no se legalice, no se reconoce como tal.)

La Escritura no sería perfecta hasta que se produce la tradición. Lo que pasa es que esa tradición es el fruto de intereses terrenos evidentes, que usan a la Escritura como medio para justificar la estructura de poder que se crea.

Y con esta consideración, me es imposible no ponerles algún renglón de un sermón de Calvino, resumido, que traduje y edité hace ya veinte años, precisamente para prevenir todo lo que está fuera de la Palabra del Cristo [las frases entrecomilladas anteriores también son de Calvino], sobre evitar las pláticas profanas sobre cosas vanas, que ya me dirán si, con esto de las redes y sus chuminadas, no es algo prioritario.

“Puesto que tenemos que caminar en esta tierra, hasta que Dios nos lleve a su presencia, debemos reconocer que, a pesar de nuestras debilidades, Dios nos defenderá, y a través de su poder nos preservará en medio de los muchos asaltos que Satanás efectúa contra nosotros. ¿Cómo será esto? ¿Con qué medios? Es por fe, fe en él.

De manera que los llamados a predicar el Evangelio, enseñar y guiar a la grey de nuestro Señor Jesucristo, solo podrán cumplir su cometido si echan fuera su ambición propia, su deseo de ser vistos y estar en reputación, y todo lo que busque sea agradar a los hombres.

Esas cosas son vanidades, y el ministro solo debe ocuparse en la edificación de la iglesia para la salvación de las almas, y honrar así la Majestad de nuestro Señor, sometiendo todo pensamiento a su obediencia.

Que se sientan contentos y completos con afirmar la sencillez del Evangelio, para el enriquecimiento y nutrición de los que desean estar satisfechos con las bendiciones de Dios. Que se contenten con esto, y no busquen, como algunos hacen, el acomodo social, la estima por el uso de palabrerías y discurso inflado, la estima por el porte atractivo, la retórica sutil, todo eso debe el ministro pisarlo como basura, como mera vanidad sin sustancia, de otra manera no podremos servir a Dios y su Iglesia.

San Pablo advierte sobre este punto porque es precisamente lo que los hombres desean. Esas vanidades se toman como profunda ciencia y sabiduría. Es fácil actuar para recibir el aplauso de los que valoran la ostentación, y colocarse delante de ellos como un pavo real con su cola desplegada…

Que el ministro sepa que todo conocimiento no basado en la Escritura solo es palabrería vana. Porque la perfección de nuestra sabiduría estriba en ser enseñados por Dios y permanecer en nuestros límites, por eso es suficiente seguir la sencillez de lo que él ha querido revelarnos en su Palabra.

De manera que cuando los hombres afirman sus extrañas invenciones añadidas, y se insertan en ellas según sus vanas especulaciones, no queda nada en sus palabras sino mentira, falsedad y fraude, aunque algunos la tomen como palabras de conocimiento profundo.

[También para los oyentes] Esta regla es fundamental. De la manera que San Pablo prohíbe a Timoteo colocarse en el método de las profanas y vanas palabrerías, del mismo modo se nos advierte a todos que no pangamos nuestros oídos en servidumbre de los deseos de esas palabrerías. Si mostramos un picor irrefrenable por los halagos, siempre habrá alguien dispuesto a rascarnos

La palabrería nunca puede producir el fruto de la verdadera doctrina. La vana especulación es oposición contra la doctrina pura… Aunque veamos el éxito de los métodos de Satanás, que los sigan los que quieran, pero nosotros debemos servir a Dios, plenos y contentos con la medida que él nos ha dado.

Si lo hacemos así, podremos con sobriedad y modestia declarar que lo que el mundo aprecia como gran conocimiento no es sino falsedad y mentira… Sigamos, pues, caminando y progresando en nuestro deber, aunque el mundo nos juzgue y diga toda clase de mal contra nosotros.

Estén con nosotros las palabras de San Pablo, que con toda claridad afirma que los que se han dado a esas palabrerías ‘se han desviado de la fe’. Es decir, que esas especulaciones opuestas a la verdad, no son un modo de afirmase en la fe, sino la manera de apartarse de ella”.

Recibe el contenido de Protestante Digital directamente en tu WhatsApp. Haz clic aquí para unirte.

¿Te gustaría ver tu marca aquí?

Anúnciate con Nosotros