Sola escritura: Calvinismo consecuente

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Sola escritura: Calvinismo consecuente
Sola escritura: Calvinismo consecuente

Que el término “calvinismo” se usa de formas muy variables es evidente. Algunas, muchas, son una simple negación de lo que sería el calvinismo. Eso opino.

Salen en sitios gente que se presentan como si tales para defenderlo incluso, y son claros enemigos de lo que significa.

Estos son líos, sin duda. Si me preguntan dónde encontrar el significado de lo que sería el calvinismo, por seguir con el término, los llevaría al libro aquí tan citado de J. L. Villacañas (2025).

A mi modo de ver, la cuestión en estas cuestiones tiene que ver con la Escritura. De eso se trata. Ahí está la predestinación, la elección… todo lo que quieras.

El problema discutido y resuelto en Dordrecht tenía como base la comprensión de la Escritura.

Curioso, así lo pienso, que algunos posteriores defensores de los puntos calvinistas allí presentados lo hagan con el modelo de acercamiento a la Escritura que era el soporte del partido remonstrante o arminiano.

Les pongo algo de lo que se dice sobre la Escritura. Que ya se sabe, “es necesaria incluso para conocer a Dios como Creador”. Eso de los pasos para conocer, o convencer a alguien, de la existencia y carácter de Dios, tan usados en la apologética, sería como pretender correr con las piernas de la razón, sin cambio previo de su intención.

Aunque, ya se sabe, sin su misericordia, ni la creación ni la Escritura, como otra creación natural, así la toman algunos, sirve más que para que el ser humano salga corriendo en sus propios pensamientos, alejándose cada vez más de Dios en su rebelión.

El asunto va de “cuáles son los testimonios con que se ha de probar la Escritura para que tengamos su autoridad por auténtica, a saber, del Espíritu Santo; y que es una maldita impiedad decir que la autoridad de la Escritura depende del juicio de la Iglesia”.

“Ha crecido entre muchos un error muy perjudicial, y es, pensar que La Escritura no tiene más autoridad que la que la Iglesia de común acuerdo le concediere; como si la eterna e inviolable verdad de Dios estribase en la fantasía de los hombres.

Porque he aquí la cuestión que suscitan, no sin gran escarnio del Espíritu Santo: ¿Quién nos podrá hacer creer que esta doctrina ha procedido del Espíritu Santo? ¿Quién nos atestiguará que ha permanecido sana y completa hasta nuestro tiempo? ¿Quién nos persuadirá de que este libro debe ser admitido con toda reverencia, y que otro debe sr rechazado, si la Iglesia no da una regla cierta sobre esto?

Concluyen, pues, diciendo que de la determinación de la Iglesia depende qué reverencia se deba a las Escrituras, y que ella tiene autoridad para discernir entre los libros canónicos y apócrifos.

De esta manera estos hombres abominables, no teniendo en cuenta más que erigir una tiranía desenfrenada a título de la Iglesia, no hacen caso de los absurdos en que se enredan a sí mismos y a los demás con tal de hacer creer a la gente sencilla que la Iglesia lo puede todo…

Si el fundamento de la Iglesia es la doctrina que los profetas y apóstoles enseñaron, es necesario que esta doctrina tenga su entera certidumbre antes de que la Iglesia comience a existir.

[Agustín en De la utilidad de creer no propone la autoridad de la Iglesia en esta cuestión, sino como elemento providencial para iniciar el camino, luego es la Escritura misma la que debe ser tenida como fundamento.]

Si queremos, pues, velar por las conciencias, a fin de que no sean de continuo llevadas de acá para allá cargadas de dudas y que no vacilen ni se estanquen y detengan en cualquier escrúpulo, es necesario que esta persuasión proceda de más arriba que de razones, juicios o conjeturas humanas, a saber, del testimonio secreto del Espíritu Santo…

Van fuera de camino y pervierten el orden los que pretenden y se esfuerzan en mantener la autoridad y crédito de la Escritura con argumentos y disputas… El testimonio que da el Espíritu Santo es mucho más excelente que cualquier otra razón.

Tengamos, pues, esto por inconcuso: que no hay hombre alguno, a no ser que el Espíritu Santo le haya instruido interiormente, que descanse de veras en la Escritura; y aunque ella lleva consigo el crédito que se le debe para ser admitida sin objeción alguna y no está sujeta a pruebas o argumentos, no obstante, alcanza la certidumbre que merece por el testimonio del Espíritu Santo.

Iluminados, pues, por la virtud del Espíritu Santo, ya no creemos por nuestro juicio ni por el de otros que la Escritura procede de Dios, sino que por encima de todo entendimiento humano con toda certeza concluimos (como si en ella a simple vista viésemos la misma esencia divina) que nos ha sido dada por la boca misma de Dios, por ministerio de los hombres.

No buscamos argumentos ni probabilidades en los que se apoye nuestro juicio, sino que sometemos nuestro juicio y entendimiento como a una cosa certísima y sobre la que no cabe duda alguna.

Porque sabemos muy bien y estamos muy ciertos de que tenemos en ella la verdad invencible. Ni tampoco como los ignorantes acostumbran a esclavizar su entendimiento con las supersticiones, sino porque sentimos que en ella reside y muestra su vigor una expresa virtud y poder de Dios, por el cual somos atraídos e incitados consciente y voluntariamente a obedecerle; sin embargo, con eficacia mucho mayor que la de la voluntad o ciencia humanas.

Una persuasión que no exige razones… y sin embargo, un conocimiento tal que se apoya en una razón muy poderosa, a saber, que nuestro entendimiento tiene tranquilidad y descanso mayores que en razón alguna…

Tal sentimiento no se puede engendrar más que por revelación celestial. No digo otra cosa sino lo que los fieles experimentan en sí mismos, solo que las palabras son, con mucho, inferiores a lo que requiere la dignidad del argumento, y son insuficientes para explicarlo bien.”

Esto dijo nuestro Calvino en la Institución. Que ya se sabe, “no hay más fe verdadera que la que el Espíritu Santo imprime en nuestro corazón”. Y que, “cuantas veces nos entristeciere el ver cuán pocos son los que creen, recordemos que los misterios de Dios no los comprende nadie más que aquél a quien le es concedido”.

Unos alaban, otros crujen los dientes, pero la verdad de la Escritura permanece.

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