La Iglesia, la comunidad redimida, la invisible, por la que el Mesías se entregó para limpiarla mediante su sangre, no se fabrica a sí misma, es Dios quien la hace y le dice lo que es y lo que tiene.
Escuchar esa Palabra es su vida, y tal testimonio brota como fuente de agua viva, permanente, hasta sumergirse en la eternidad.
Un momento importante en esa declaración de Dios es el que supone que los herederos han dejado la condición de niños. Lo dice nuestro Pablo en la carta a los Gálatas. Esa es nuestra época, nuestro tiempo, el final.
Esto no tiene que ver con una secuencia evolutiva, como si pudiera trazarse una línea y seguirla ascendente, empezando en alguna caverna y luego subir hasta el momento de superioridad.
Dios, a los suyos, a los herederos, los tiene siempre seguros, pero, según una época u otra, están guardados de formas diferentes en cuanto a su existencia temporal terrena.
Por ejemplo, nuestro Pedro nos dice que ahora somos guardados por la fe. Lo cual es una indicación de una acción de Dios sobre nosotros, no de que dependamos de algo nuestro para conservarnos como herederos, o que alcancemos esa condición por algo en nosotros, o que pueda darnos otro ser humano como nosotros, aquí o en cielo.
No hay santos protectores; eso es un fraude sentimental y, sobre todo, económico.
Se ponen dos ámbitos o estructuras, en linde ambas, a las que se denominan Ley y fe, (también “evangelio”, gracia…) Por supuesto, y eso lo expresa con gran solvencia nuestro Calvino (Por ejemplo: II, xi, Diferencia entre los dos testamentos.). que antes de darse la Ley, los herederos, en su condición de infantes, también fueron guardados por otros medios, es evidente.
Tampoco se puede asumir que antes los herederos, en cuanto a identidad, tuvieran alguna carencia respecto a los que ahora estamos.
Formaban parte del cuerpo del Redentor, como nosotros, y nada les faltaba en cuanto a identidad. Pero, eso sí, vivían en otro espacio, ordenado por el mismo Dios de quien eran hijos y herederos.
Con Calvino decimos, que la estructura del Antiguo pacto “fue otorgada por un cierto tiempo, porque estaba como en suspenso hasta que pudiera apoyarse en su cumplimiento y ser confirmada en su sustancia; pero fue hecho nuevo y eterno, al ser consagrado y establecido en la sangre de Jesús Cristo. De ahí el que Cristo llame al cáliz que dio en la Cena a los apóstoles “cáliz del Nuevo Testamento en su sangre”, para significar que, al ser sellado el Testamento de Dios con su sangre, se cumple enteramente la verdad, y con ello se transforma en Testamento nuevo y eterno. (Id.)
Que en una época u otra había crecimiento y más o menos madurez en unos y otros, también es evidente. Ahora, en la época donde ya no está la niñez, existen niños en cuanto a madurez, no pasa nada, porque no se trata de eso.
Es una nueva situación, la última, en la que los herederos tenemos una nueva estructura de vivencia.
No es que nosotros hemos “alcanzado” algo, sino que el tiempo nuevo nos ha alcanzado a nosotros. Y de eso tenemos noticia por la Palabra. (Ni siquiera los que pudieron ver la crucifixión veían nada de nuevo tiempo. La “consumación de todo” se nos dice, pero nadie la vio.)
Se nos dice que ahora tenemos una nueva existencia temporal, no ya bajo tutores, sino en el Espíritu y libres, todos, de todo linaje o condición social, también de edad, nuestros chiquillos. Eso es lo que tenemos y lo anunciamos.
Esto tiene consecuencias enormes. Ya no tenemos estructuras litúrgicas. Incluso las tan significativas de la Ley, al depender del sacerdocio levítico, ahora no pueden seguir vivas, son abrogadas, porque el nuevo Sacerdote requiere un nuevo culto, y ese es espiritual, no asociado a tiempos o lugares. No tenemos estructuras sagradas. Con ello han desaparecido todos los clérigos y sacristías, en todas las iglesias.
Ya no hay “templos” sagrados, ni santuarios, ni personas sagradas. Solo existe la comunidad de herederos, de redimidos, que es santa, justa y verdadera. Lo dice así quien tiene la Palabra. Y esa es la Palabra que hemos recibido, aquí, en nuestro grupito, en ella nos alegramos, ella es nuestro hogar, nuestra casa eterna…
Que este evangelio, esta palabra de salvación, hace rechinar los dientes de los que tienen que rechinar los dientes, claro que sí, pero no hay otro Evangelio.
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