No dejo mi enfado contra el culto a los santos y las reliquias, donde algunos quieren que nos pongamos todos a darnos la paz. Te pintan un espacio desde el Nuevo Testamento hasta el 787, cuando lo de los iconos del segundo concilio de Nicea, donde todos seríamos católicos, aunque no romanos, que eso vendría después.
Algún profeta de las ocurrencias te dice eso y se queda tan contento. Pertenecer a la Iglesia Una Santa y Católica, es otro tema, a esa pertenecemos todos los redimidos.
Lo que pasa es que, al repasar algunas notas sobre la transferencia pagana del culto imperial al espacio cristianizado, me topé con el culto a un santo peculiar, el de Sevilla, Fernando III, entre otras cosas porque es santo con canonización a codazos. (Que España necesita un santo rey, pues un rey santo; y ahí sigue.)
Mirando su conquista de Sevilla y la posterior restauración, que no se sabe muy bien qué se restaura, de la iglesia sevillana, te topas con el arcedianato de Reina. Y como sobre el particular, aún hoy existe algo de confusión respecto al uso en relación con el nombre de nuestro Casiodoro de Reina, me pareció útil unas notas.
Empiezo por anotar algo que no se suele poner, y es que el arcedianato de Reina es creación de la iglesia de Santiago.
En 1178 el arzobispo de Santiago dividió su territorio en 5 arcedianatos. Esto era normal, como signo de sometimiento al orden papal, y se solía hacer trazando una cruz imaginaria, dejando en el centro a la propia catedral y luego cuatro en los distintos sectores, norte, sur… siempre que hubiere espacio.: Santiago, en el centro, Salnés, Cornado, Nandos y Trastamara.
A estos añadió el de la Reyna, en 1254. Según concordia celebrada en Toledo entre el arzobispo de Santiago, Juan Arias, con el Maestre de Santiago, Pelay Pérez Correa, con la que el arzobispado extendía su jurisdicción a lugares bastantes alejados de Galicia.
Recibía el Maestre, conservando sus libertades y privilegios, por diocesano al arzobispo en las villas de Alange, Hornachos, Reina, Montemolín y Montánchez, con todos sus términos, y el arzobispo se comprometía a no enajenar ninguna de esas propiedades, sin consentimiento del Maestre. Esta es la circunstancia que lleva a la creación en la catedral de Santiago del arcedianato de Reina, para atender a las parroquias que correspondían a todos los territorios de conquista fuera del tradicional del arzobispado: tierras situadas en León, Salamanca y Zamora, o las referidas de Extremadura. El límite del sur (zona norte para Sevilla) acogía a las localidades de Reina, Montemolín… Y es precisamente la localidad de Reina, por la condición de antigua ciudad romana, Regina, la que daba nombre a todo el territorio del arcedianato. En ese espacio creó las vicarias de Reina y Tudía, dependientes del priorato de San Marcos, en León.
(Esta zona, por su situación de paso necesario, tuvo mucha relevancia, también antes de la creación de la romana Regina, cruce obligado de Córdoba, o Sevilla-Itálica, a Mérida. Por citar, en estos sitios se firmó el acuerdo de paz entre Viriato y el ejército romano, con quien trataba de tú a tú con las armas. No era un bandolero con cuadrilla, sino jefe de un notable ejército. Cuando los romanos firmaban, ya habían comprado falcatas traidoras, que luego, dicen, no pagaron.)
Ser Arcediano suponía cargo de prestigio y poder. Serlo de Reina, con todo el territorio que tenía, era un plus importante. Un caso de ejemplo. Juan Mariño de Sotomayor (al que han querido emparentar con Colón), señor del coto de Sobrán, con su torre, casas y puerto de Vilaxoán (en Vilagarcía de Arousa), sobre la que tenía jurisdicción civil y criminal, con su gran enterramiento en la iglesia de San Martín de Sobrán (Martiño de Sobral), al referir a su grandeza y poder, se dice como signo relevante que era Arcediano de Reina.
Y ya nos venimos al comienzo, cuando van a conquistar Sevilla. Hay de todo, pero mucho con lo enfadarse y lamentar que se llegue a una situación donde el cristianismo sea tan poco cristianismo.
El rey que harán santo, ya hacía sus méritos antes de la conquista. Tenía varios hijos, algunos se pegaron como sabemos, pero uno de ellos, el infante Don Felipe es señal y muestra de que no hay nada como tener un padre que va para santo. Con 15 años (uno más o menos, depende de cuando se estime que nació) ya lo hizo abad su padre, y no de pocas instituciones, obispo de Osma no se lo permitió el papa de turno, cantaba demasiado. Y este era el cristianismo que se instalaba en los territorios conquistados a los moros.
De la conquista me permitan un recreo para los que viven por aquí y conocen estos lugares. Lo tomo tal cual, de un libro, de autor muy católico, de hace más de cien años.
“En la primavera de 1246 declaró San Fernando su propósito de conquistar la ciudad de Sevilla, y al año siguiente salió el Rey de Córdoba, y convenidas treguas con los moros de Carmona, se apoderaron las armas cristianos de Constantina y Reina, y las del prior de San Juan, de Lora, Alcolea y sus comarcas, que estos pueblos de la Diócesis [en esos momentos no existe, claro está] son las primicias de esta campaña, con Guillena, donde adoleció el Rey de grave enfermedad, Alcalá del Río, villa fortificada y una de las mejores defensas de la ciudad, por lo que la defendía Axjataf en persona, y Alcalá de Guadaira, donde D. Rodrigo Álvarez derrotó a los moros de las marismas de Lebrija. No lejos de la Algaba, por el vado de las Estacas [esto ya es nombre de donaciones posteriores], pasó San Fernando el Guadalquivir para visitar la armada Bonifaz, volviendo después a Alcalá del Río”. (Y se acabó el recreo.)
El 23 de noviembre de 1248, ya se sabe. Aunque también conviene saber que el rey había dispuesto para su hijo Felipe que fuera arzobispo de la ciudad. Tiras y aflojas con el papa de turno, pues esto, a pesar de los cantos de victoria en procesión propios de la parafernalia de los vencedores, seguía cantando demasiado. Es que era un chaval. Arzobispo no, pero vale que sea Procurador de la archidiócesis, que eso canta menos. En 1251, arzobispo electo. Que esto se ponga, que se ponga.
Este sujeto fue el primer arzobispo de Sevilla. Con ello se demuestra qué opinión podía tener el rey santo de la iglesia, y el papa que favorecía todos estos desacatos. Que no lo tapen, que lo muestren, que se vea la gloria patria. Que lo recuerden en la procesión, cuando sacan la espada del santo.
Ya muerto su padre (1252), gobernó la iglesia hasta 1258, pues se casó. Que se enamoró de la princesa Cristina de Noruega, y se casaron. Pero nada secretos, en plena luz y con fiestazo. Su hermano Alfonso X lo consintió, y el papa. Esta gente tiene cánones para un roto y para un descosido.
También hay que anotar que durante este periodo ya estaba cubriendo desafueros un personaje que a él sí quieren mostrar en esos momentos, el que sería arzobispo tras el casamiento del anterior, Don Remondo (Raimundo de Losana, pero aquí solo Don Remondo). De otras cosas no sé, pero que este personaje hizo un gran trabajo administrativo que usamos, es innegable. Por él nos enteramos de cómo era y funcionaba la iglesia de Sevilla.
Para esta época inicial uno no se puede quejar, hay bastante documentación. Lo que pasa es que la documentación no es sino documentación de un cristianismo miserable. No se puede admitir.
Que Fernando donó cosas a Sevilla, seguro. Pero fue su Hijo Alfonso X quien abundó en donaciones. No me ha dejado, le puso a la ciudad (por curiosidad, también a Montemolín), lo que no sabemos es si se refería a que no le había dejado… nada, para él, que se lo llevó todo, vaya. Realmente donaciones a montones.
Esas donaciones, antes de Fernando, son muestras del botín que suponía la reconquista. De esas tenemos el terreno de nuestro monasterio de San Isidoro del Campo, fruto de algún trueque, y luego de establecimiento monacal. Pero lo grave es que el cristianismo que se instalaba era todo menos seguidor del Redentor que hizo una obra perfecta, de una vez para siempre, por nosotros y para nosotros. Ahora todo eran misas y remisas, de donde se sacaba todo el dinero que la victoria ofrecía. Es asombroso cómo las múltiples donaciones de los reyes, que ya de por sí son un asunto lamentable, porque se apropiaron de lo que no era suyo, una gran mayoría se quedó en la mesa (así se llamaba, no es broma) del Cabildo o del arzobispo. A cada paso te encuentras con que Fulano, que había recibido tal donación real, la donaba al Cabildo o arzobispo, que pasan a ser grandes propietarios de ese modo, para que le hicieran misas por su alma, o de sus parientes, o que se les permitiera enterramiento en la iglesia (al lado de las reliquias eso era lo más deseado). Las cosas que se dicen dan pena: no solo los dineros (o en especie: dos huertas, tres casas, una tienda, una tahona, dos molinos…) para las misas, también para cera, y lámpara que ardieran día y noche. En eso se iba el dinero, que iba a la mesa de ya se sabe. ¿Qué iglesia es esa? ¿Qué tiene que ver eso con lo que enseñaron Cristo y sus Apóstoles? Pues eso es lo que pasó. Que, si antes había moros, ahora hay cristianos, pero no deja de ser una farsa.
Cuando la iglesia metropolitana se organiza, eso lo sabemos por Don Remondo, en el Estatuto de 1261, trazo imaginario de la cruz, y arcedianatos como estructura de gobernación. En el centro el propio de la ciudad, Sevilla, y al norte el de Reina, con los contrapuntos de Écija, Cádiz (al poco, se queda en Jerez) y Niebla. Del de Écija hay que acordarse por su tristemente célebre Arcediano, quien propuso y lideró el pogromo contra los judíos de Sevilla en el 1391.
Nos interesa el de Reina, compuesto por una gran extensión de territorio. Constantina, Lora, Reina, Montemolín, Zufre, Almonaster, y Aracena. Es decir, desde la Sierra Norte, hasta Portugal. En esa zona la linde con el de Niebla se traza por el río Guadajoz. (Cantillana, donada a la orden de Santiago se intercambió luego por Montemolín, de todos modos, la presencia de órdenes religiosas militares no afecta al arcedianato, excepto, y esto fue causa continua de conflictos, por el cobro de los diezmos.) -En los primeros documentos, el arcedianato se nombra de Reina y Constanza, o Constantina. Luego se pone solo Reina-
Si se mira se ve que el arcedianato de Reina suponía una gran fuente de ingresos. Ser su Arcediano era algo sin duda apetecible y buscado. Tenía el privilegio de salir en las grandes procesiones con mitra blanca. Por ejemplo, cuando se dice que el arzobispo visitará un territorio, se estipula que deben los del sitio proporcionarle, pongamos por caso, 50 cabalgaduras; si lo hace el Arcediano, serían 8 (si es el suplente, el vicario, son 3). El Arcediano con 8 representa un gran poder y beneficio.
(De hecho, los arcedianatos, impuestos como estructura por el papado, fueron una causa común de corrupción, hasta el punto, que, tras Trento, fueron desapareciendo. Aunque quedaron como consigna administrativa hasta 1851, cuando fueron en España suprimidos definitivamente.)
De manera que nuestro Casiodoro, al nacer en Montemolín, debía nombrarse, como monje jerónimo, de Reina sí, o sí. No tenía escapatoria. En su tiempo, la figura fundamental de gobierno eclesiástico, el arcedianato, lo rodea por todas partes, y mire a donde mire, es de Reina.
Por ponerles una nota que tengo por aquí. El que fuera propuesto por su padre como preceptor de la princesa Isabel, futura la Católica, era Arcediano de Reina. [No pongo ni el nombre, porque, obispo de Lugo, no tengo claro si realmente se ocupó.] Y uno que no se puede dejar de mencionar, Maese Rodrigo, fundador del Colegio de Santa María de Jesús, en 1505, futura universidad de Sevilla, también lo fue, de 1500 a 1509. Precisamente en una obra de referencia sobre el personaje, de 1900, el autor pone en nota sobre los arcedianos de Reina el nombre del primero, al que llama “Maestre Pedro”, de 1270 (el último es de 1803 a 1835). Yo tengo anotado otro dos años antes. Un Maestre Juan, de 1268. “D. Miguel, criado de Maestre Juan, Arcediano de Reina, como albacea de Ferran Roiz, caballerizo de Don Remondo y Alcaide de Cantillana, en 12 de mayo de 1268 dio al Cabildo una casa que compró en San Martín en 80 maravedíes, y 20 más en dinero, para cumplir la voluntad del finado”. No importa mucho, lo que sí interesa saber es que para esa fecha ya el arcedianato tenía titular.
De todos modos, el arzobispado de Santiago y el recién fundado de Sevilla, se las tuvieron tiesa desde el principio.
Respecto a la creación de los arcedianatos, como se ha indicado en el Estatuto de 1261, estos se tomaron como muestra del derecho de la nueva iglesia. Se advierte en dicho documento que su jurisdicción llega a Montemolín, incluyéndose lo que ya se posee y lo que se rescate de las órdenes militares, o se adquiera por nueva conquista. (En privilegio dado a Sevilla a finales de 1253, Montemolín pertenecía en lo civil al Reino de Sevilla.)
Se tendrá que esperar a una concordia entre Don Remondo y el Maestre Pelay Pérez, de la orden de Santiago, el 4 de abril de 1274, para que cese la contienda que existía “por razón de los diezmos y de la jurisdicción episcopal que demandaba el arzobispo de Sevilla de los castillos de Montemolín con sus términos y Reina con sus términos”.
La orden de Santiago declaró expresamente que dichos lugares “pertenecen a la iglesia de Sevilla más que a otra ninguna, y recibimos al dicho arzobispo, en nombre de la iglesia de Sevilla, por nuestro arzobispo ordinario en los dichos lugares de Montemolín con sus términos y Reina con sus términos”.
Dejamos ya a este asunto, sabiendo ellos a qué mesa deben ir los diezmos, es decir, los trabajos y bienes de la gente del lugar, en el extenso arcedianato de Reina, lindando con el de Sevilla con los términos de Alcalá del Río, Guillena y Gerena, y con el de Niebla por Sanlúcar la Mayor, Campo de Tejada, Condado de Niebla, y territorios de Lepe y Ayamonte
Pero antes de irnos de este tiempo, es bueno echar una mirada a lo que se ha formado. Si miras Sevilla, la ves llena de iglesias, capillas, monasterios, y un montón de clérigos, bien pagados, dedicados a realizar ritos de misas y otros en favor de unos pocos, que eran los que habían dejado sus bienes y dineros. Esa era la gloriosa Sevilla cristiana. Si quieres un signo eficaz, puedes ver el momento cuando se dan bofetadas buscando la honra superior entre los prelados de Sevilla y los representantes de la iglesia de Santiago (que algo hicieron al venir con los que venían conquistando desde arriba), pues estos querían entrar en la ya catedral con cruz alzada. ¿Qué tienen que ver esas iglesias y su honor terreno con la cruz del que murió en la cruz por su pueblo? Si echó a los mercaderes, ¿qué hará con estos?
Pero tenemos que mirar algo fundamental, que lo han tapado, y luego pasan por encima. Resulta que cuando Fernado III entra en Sevilla, y luego su hijo Alfonso, se encuentran con comunidades moras y judías. A las moras se les quitó todos sus lugares religiosos; a la judía se la toleró (al menos en esos primeros tiempos), incluso se le donó cuatro mezquitas de las quitadas para que hicieran sinagogas. Esto es lo que cuentan. Vale. Pero se han olvidado de otra comunidad importante en las zonas conquistadas: la cristiana.
Los “patriotas” de la Hispanidad han quitado de en medio a la iglesia hispana aquí, la mozárabe. El papado no podía ni ver una iglesia que respirase y caminase por sí sola. En Hispania, mejor los moros que “esos” cristianos.
El papado, con su sello de cruzada, no solo busca la sumisión o expulsión del moro, sino la sumisión de la iglesia española que ha convivido con ellos. La iglesia mozárabe, con sus ritos y gentes, ha sido quitada del mapa. (Cierto que nos quedan algunas iglesias, formidables en su significación, y que la liturgia ha quedado en manos de Toledo como denominación de origen, pero no sirvió de referente alguno para los conquistadores, que traían el modelo papal, el cual estaban obligados a instalar en las zonas conquistadas.)
Ni el papado ni los patriotas súbditos han querido nunca una iglesia española.
