El título que puse a nuestra conversación, si bien se mira, es un verdadero lío. Pues cada uno lo ve de una manera, y la mayoría de las veces se ve mal. Tal es la historia de la cristiandad.
Pon “ley”, “Dios” y “luz” como encabezados, y ya verás la de opiniones.
Un síntoma muy extendido en el mundo evangélico reformado, el bueno, el de las cinco solas, la sana doctrina, ese de la hombría de los hombres, el de las mujeres como tarimas para que zapateen encima… En fin, ese que nada tiene que ver con la Reforma, al menos, la calvinista, esos que se han montado una tarima de mandamientos, una ley a su medida, según su fantasía, con la cual, desde esa superioridad de estar encima, llaman antinomistas, es decir, los que no quieren a la Ley de Dios, que ya no sería luz para esos sujetos, a los que, como nosotros, estamos militando en contra de sus invenciones, a las que llaman “Ley de Dios”.
Anticipo que no hay nada nuevo, y nos deja al lado del camino que trazaron los que sí conocían y amaban la Ley. Nuestra Pablo, por ejemplo, ya se sabe que contraviene la ley de Moisés y es un traidor. Los profetas fieles, todos contra las leyes que le valían a los falsos para sus desviaciones de la verdad (a los que se les había dado “la grandeza de la Ley” y la tuvieron por cosa extraña). Que para esos falsos profetas lo extraño era la Ley de Dios, y lo normal eran sus explicaciones y añadidos…
Nuestro Redentor, acusado y condenado por no cumplir la Ley, por ser un antinomista. Nuestros reformadores, acusados de antinomistas respecto a las leyes del papado. Sin esas leyes, se decía, no habrá santidad ni vida ordenada en la Iglesia ni en la sociedad, lo mismo que hoy dicen los mismos, aunque también en el lado evangélico. Sin su ley canónica, todo sería inmoralidad. Lo mismito.
Para nosotros, aquí en nuestro grupito, la Ley de Dios sí es luz que alumbra. Porque nuestros ojos han sido abiertos, que si no, no. Ya puedes poner el mismo sol delante del ciego, que no. Y no han sido abiertos por la Ley, sino por pura benevolencia del Redentor, que con ello nos hace ver el ministerio pedagógico de la Ley. Por ella conocemos el pecado. (Y en sus rituales ya avisa de cómo somos perdonados y limpiados del mismo.)
La Ley, sea eso lo que fuere, si quieres el resumen de los diez mandamientos, que es más, pero si eso te vale, vale. (Los Setenta tradujeron “Torá”, los cinco libros de Moisés, por “nomos”, ley en griego.) Esa Ley habremos de convenir que ha sido dada, cuando fue dada, que pasó bastante tiempo hasta que se dio escrita, a gente que se encuentra en una situación concreta. Y esa condición, según la Ley, como palabra de revelación de Dios, es de culpabilidad, de condenación, de corrupción, de pecado.
Pues bien, la Ley nunca quita el pecado. No es su función. Te dice que no peques, pero no quita tu pasado. Aunque desde un punto cumplieras, que no será nunca el caso, ese cumplimiento nunca te quita la corrupción pasada. Y desde la corrupción, o el pecado, como mejor quieras, nunca se puede cumplir adecuadamente la Ley, que es santa, justa y buena.
Tiene que haber algo, aparte de la Ley, que te quite esa situación, que te haga nuevo plenamente. Y ya se sabe, esa es la justicia de Dios por la fe. Con todo lo que eso implica, también de amor y asombro ante esa Ley, que antes solo te condenaba y apartaba de quien ahora es tu Dios.
La Ley no te quita el pecado, lo que, en todo caso te quita, es la máscara que tenías con la que pensabas que eras justo. (Esto, es verdad, solo lo hace aquí, en el presente, con los redimidos. Luego todos verán eso, pero eso ya es otro destino.) Por eso estamos contra todos los antinomistas que piensan y enseñan que con las obras de la Ley, con su cumplimiento moral, (que eso les parece la gran solución a sus rebeliones), se alcanza transformación moral, se quita algo de la mancha del pecado. Del pecado pasado, que manchó a la persona, claro está, y de los futuros, que serán cubiertos con las obras morales de la Ley.
Eso ya lo enseñó el papado. Son los mismos. Y pusieron un símil recurrente. En una balanza había siempre dos platos, uno con los pecados, la corrupción y la rebelión, y otro con las obras morales. Se trata de ver qué pesa más. Y la iglesia papal es la inspectora, la obispa. Este es el mundo inmoral de los antinomistas. Que piensan que la gloriosa Ley de Dios es comparable a sus obras, y se pueden poner en la balanza para lograr la salvación. Que también usan eso para el “tesoro de la Iglesia”, compuesto por las satisfacciones de los santos y las de Cristo, como si fuesen lo mismo y sumaran.
La Ley, pues, no mata la corrupción y la rebelión, sino que, al ponerla de manifiesto, la señala y la aviva. Solo muriendo a la Ley podemos vivir para Cristo, casarnos con él, ¿o no? (Que eso lo dice clarito nuestro Pablo, que ya se sabe que para estos antinomistas era antinomista.)
La Ley en todos sus rituales, que siempre debemos reconocer como sagrados, aunque ya no sea necesaria su ejecución, siempre tiene el previo de la limpieza por la sangre. Sin derramamiento de sangre no hay limpieza. (Que lo dice la Ley como revelación.) Y todos esos servicios de derramamiento de sangre son indicaciones hacia la promesa de la sangre que limpia de verdad el pecado. Ya sabemos, de Cristo, como Cordero inmolado desde antes de la fundación del mundo, ¿o no?
Incluso los sacerdotes, que son los mediadores establecidos para el buen cumplimiento de todos los rituales, tienen que ser limpiados simbólicamente de sus pecados e impurezas antes de ejercer el ritual.
Por lo tanto, fíjate, estamos “cumpliendo” la Ley al reconocer que no la podemos cumplir, y que para el caso de ser posible, se necesita que el cumplidor sea perfecto, sin mancha. Y eso nunca lo produce la Ley, sino, como hemos dicho, lo que hace es mostrar esa condición de impureza. Los que quieren “cumplir la Ley” de sí mismos, o con un poco de ayuda de la gracia, son antinomistas respecto a la sagrada Ley de Dios, que la han negado e impuesto la suya propia, que lo dice la Escritura.
El mismo Dios que ha dado su Ley, con la cual no perdona, sino que mata al pecador, y siempre será así, es el mismo que en esa Ley nos da su testimonio de perdón, con otro pacto, el de la sangre del Cordero, que ese sí, perdona y cubre la impureza, y por eso la Ley nos lleva a Cristo, y no a esos méritos, o como los quieran llamar, de los antinomistas.
Los que quieren a la Ley como camino de salvación, tranquilos, que la tendrán siempre con ellos, toda la eternidad. Esa es su condenación. Nosotros, porque hemos sido liberados de la maldición de esa Ley, tenemos el perdón y la misericordia por toda la eternidad.
Nuestro púlpito proclama la misericordia y el perdón, la obra perfecta del Cristo, con la cual nos ha puesto en la mesa de comunión con Dios. Y eso solo por su buena voluntad. Y eso lo conocemos y anunciamos por entender la naturaleza de la Ley que nos mata siempre. Y la anunciamos como testimonio en sus rituales de esa misericordia que vendría, y que vino en el Redentor, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados, que lo dice la Escritura. Y que en su sacerdocio eterno ha abrogado lo temporal, con un cambio de ley para que quede la de la Libertad, que lo dice la Escritura.
Los fariseos que diezmaban el comino y lamenta, ya se sabe, habían invalidado, eran antinomistas, la Ley de Dios y establecido la suya con sus tradiciones. Igualito hoy, en todas las iglesias que se glorían de sus obras y las anuncian. Ese es su evangelio. El nuestro es el de la Ley y el Testimonio.
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