Sekeleka. Significa “Levántate”, en changana, una de las lenguas principales en Mozambique.
Una palabra sencilla que se convierte cada mañana en algo mucho más profundo que un verbo en el centro cristiano que lleva el mismo nombre de Sekeleka (en Macia, en el sur del país).
Levantarse es aprender a caminar juntos cuando el mundo separa. Es alzar a quien ha sido escondido. Es mirar a un niño con parálisis cerebral, con Síndrome de Down o con ceguera y ver primero a un niño o a una niña, no a su diagnóstico. Es crecer compartiendo juegos, canciones, enfados y abrazos hasta que la diferencia deja de dar miedo.
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En el Centro Social de Integracion Sekeleka, vinculado a las iglesias bautistas de España desde hace nueve años, la inclusión no aparece escrita en carteles ni en discursos institucionales. Sucede en lo cotidiano, en una mano que ayuda a comer, en un balón que pasa de unos pies a otros sin preguntas, en los niños que aprenden desde pequeños que la discapacidad no convierte a nadie en menos.
En este centro de día, aproximadamente la mitad de los niños y niñas tienen algún tipo de discapacidad, especialmente parálisis cerebral y trastornos del desarrollo como el autismo. Sin embargo, allí la discapacidad no ocupa el centro de la mirada. Lo importante es que todos los menores juegan, aprenden y crecen juntos.
Niños que en otros contextos serían escondidos o excluidos encuentran un espacio donde son aceptados con naturalidad. En Mozambique, muchas familias siguen viviendo la discapacidad desde el estigma o el desconocimiento por falta de diagnósticos o de formación. Buena parte de estos menores asisten a la escuela (en turno de mañana o tarde en unas aulas a menudo masificadas) y pasan parte del resto del día en Sekeleka, donde comparten aula, juegos, comidas y actividades sin prejuicios. Los niños con y sin discapacidad aprenden desde pequeños a convivir con la diferencia como algo cotidiano.
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El trabajo de los educadores y educadoras es una de las claves del proyecto. Muchos de ellos no han tenido acceso a una formación especializada y trabajan con recursos muy limitados. Aun así, sostienen el día a día del centro con paciencia, creatividad y una enorme capacidad de adaptación. Enseñan hábitos básicos, acompañan procesos de autonomía y crean rutinas que permiten que cada niño avance a su ritmo. Más allá de los contenidos escolares, educan desde el afecto y la presencia constante. Y garantizan seguimiento de salud, alimentación adecuada y
En un contexto, pues, donde faltan profesionales especializados, el aprendizaje también se construye desde la experiencia diaria. Los educadores observan, prueban estrategias y se apoyan mutuamente para responder a necesidades muy diversas. El objetivo no es alcanzar estándares imposibles, sino ofrecer dignidad, cuidado y oportunidades reales a niños que muchas veces han sido ignorados por el sistema.
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Otra parte fundamental del trabajo de Sekeleka sucede fuera del centro. Un grupo de trabajadoras comunitarias, llamadas activistas, recorre barrios y aldeas rurales para visitar a familias que viven lejos y que apenas tienen acceso a servicios básicos. Muchas mujeres sobreviven en condiciones de pobreza y cuidan solas de hijos con discapacidades severas. Estas visitas permiten detectar casos de desnutrición o falta de atención médica. El equipo acompaña a las familias, las orienta y trabaja para que los niños puedan ser atendidos en hospitales o centros de salud. En muchos casos, algo tan simple como conseguir transporte hasta una consulta médica supone una diferencia enorme. También realizan seguimiento nutricional, apoyo emocional y formación básica para que las familias comprendan mejor la discapacidad y aprendan cuidados cotidianos.
Sekeleka demuestra que la inclusión no depende únicamente de grandes infraestructuras o especialistas. A veces comienza cuando un niño con discapacidad comparte el desayuno con otros compañeros, cuando una madre deja de sentir vergüenza de su hijo o cuando una comunidad empieza a entender que todas las personas tienen un lugar. En Macia, la inclusión se construye cada día desde algo muy sencillo y profundamente transformador: convivir para que la discapacidad se convierta en una diversidad de capacidades.
Lydia González es Trabajadora social del Grup Mefi.
