Hay decisiones que, en el momento, parecen pequeñas. Incluso improvisadas. Pero con el paso del tiempo se revelan como semillas de algo mucho más grande.
El Grupo Mefi, en Terrassa, es un proyecto de ocio inclusivo dirigido a personas adultas con discapacidad intelectual. A través de clases adaptadas, salidas, tiempos de respiro para familias y colonias, ofrece mucho más que actividades: crea espacios donde las personas pueden desarrollarse, relacionarse y disfrutar siendo ellas mismas. Pero, sobre todo, es un lugar donde se construyen vínculos reales, donde cada historia importa y donde la inclusión deja de ser un concepto para convertirse en experiencia.
En 2010 yo tenía 12 años y mis padres acababan de divorciarse. En medio de ese cambio, mi padre tomó una decisión sencilla: empezar a servir juntos cada miércoles por la tarde en el Grupo Mefi. Lo que no sabíamos entonces es que esas horas de 17:00 a 19:30 acabarían marcando profundamente mi vida.
Hoy, cuando el proyecto cumple 30 años, miro atrás con gratitud. Porque lo que empezó como una forma de acompañarnos en medio de una situación familiar difícil, se convirtió en una escuela de vida, fe y vocación.
Un grupo de amigos, no un programa
El Grupo Mefi no es simplemente una actividad social. Es, como ellos mismos dicen, “un grupo de amigas y amigos”, donde personas con discapacidad intelectual encuentran un espacio de ocio, aprendizaje y acompañamiento.
Cada miércoles se construye algo más que entretenimiento: se crea comunidad. Un lugar donde todos aportan, donde todos tienen valor, donde la diversidad no se tolera, sino que se celebra.
Para una niña de 12 años, aquello rompía esquemas. Allí entendí, sin grandes discursos, que el Evangelio se vive en lo cotidiano, en el trato, en la mirada, en el tiempo compartido.
Cuando servir también sana
En aquel momento, servir no era solo dar. Era también recibir.
El divorcio de mis padres había dejado preguntas, silencios, cierta inestabilidad. Pero esas tardes de miércoles se convirtieron en un espacio seguro. Mientras acompañábamos a otros, Dios también estaba cuidando de nosotros.
Aprendí que el servicio no es una carga, sino un regalo. Que, en medio de nuestras propias heridas, Dios nos invita a mirar más allá de nosotros mismos. Y que, muchas veces, es precisamente ahí donde comienza la sanidad.
Beneficios que no se pueden medir
Participar en Mefi no solo impacta a las personas que asisten al grupo. Impacta profundamente a quienes sirven.
- Aprendes a mirar con dignidad
- Descubres capacidades donde otros ven límites
- Desarrollas empatía real, no teórica
- Entiendes la fe desde la práctica
Y, sobre todo, entiendes que la iglesia no es un edificio, sino una comunidad que incluye, acompaña y transforma.
De voluntaria a vocación
Con el paso de los años, lo que empezó como una actividad con mi padre se convirtió en parte de mi identidad.
Hoy trabajo en la fundación y formo parte del equipo. Y cuando lo digo, no lo hago solo como una trayectoria profesional, sino como una historia de fidelidad de Dios.
Porque Él utiliza lo sencillo. Utiliza una actividad de miércoles. Utiliza una decisión pequeña de un padre. Utiliza un grupo de amigos.
30 años construyendo inclusión
Celebrar 30 años de Mefi no es solo mirar atrás. Es reconocer que Dios ha estado obrando en cada historia, en cada familia, en cada voluntario.
Durante décadas, este proyecto ha ofrecido:
- Espacios de ocio inclusivo
- Formación básica y desarrollo personal
- Apoyo a familias
- Comunidad real
Y todo ello desde una convicción profunda: todos tenemos capacidades y todos tenemos un lugar.
Una invitación
Si algo he aprendido en este camino es que servir cambia vidas. Pero no solo la de quienes reciben, sino también la de quienes se implican.
A veces esperamos grandes llamados. Grandes momentos. Grandes certezas.
Pero muchas veces, todo empieza con algo tan sencillo como decir: “Voy a ir este miércoles”.
Y sin darte cuenta, ese miércoles puede cambiarlo todo.
Marina Nadal – Educadora social en Fundación Goel
