¿Recordamos la parábola del gran banquete? Exacto, la que muestra que el Reino de Dios está abierto especialmente a quienes muchas veces han sido excluidos por la sociedad. Desde esta perspectiva, en las iglesias evangélicas estamos llamados a acoger plenamente a las personas con discapacidad, reconociendo su dignidad, su valor espiritual y su participación activa en la comunidad de fe. La inclusión no es solo un gesto de solidaridad, sino una respuesta directa al mensaje del Evangelio de Jesús.
De acuerdo, la introducción a este artículo suena obvia. Y sí, es cierto. Y, también de acuerdo, este artículo no haría falta. Pero sí, hace falta. Todavía.
La inclusión de las personas con discapacidad en nuestras iglesias no es solo una cuestión de accesibilidad física, superemos ya ese capítulo trasnochado. Es, sobre todo, una inclusión con una mirada teológica y comunitaria. Se trata de comprender que la iglesia no es un espacio para “quienes pueden”, sino un cuerpo vivo en el que todas las personas son necesarias, valiosas y llamadas a participar.
La Biblia ofrece múltiples claves para esta comprensión. En la primera carta a los Corintios, el apóstol Pablo escribe: «El cuerpo no se compone de un solo miembro, sino de muchos… Los miembros del cuerpo que parecen más débiles son los más necesarios» (1 Co 12:14,22). Esta metáfora del cuerpo es fundamental: nadie sobra, nadie es prescindible. Cada persona, con sus capacidades y limitaciones, forma parte esencial de la comunidad.
Durante siglos, la discapacidad fue interpretada en algunos contextos religiosos como un signo de castigo o de falta de fe. Sin embargo, Jesús rompe radicalmente con esta visión. En el Evangelio de Juan, ante la pregunta sobre un hombre ciego de nacimiento, Jesús responde: «Ni él pecó ni sus padres, sino que esto sucedió para que las obras de Dios se manifiesten en él» (Jn 9:3). Aquí la discapacidad deja de ser vista como un problema moral y se convierte en un lugar donde la gracia y el amor de Dios pueden hacerse visibles.
La inclusión real implica algo más que permitir la asistencia al culto. Implica que las personas con discapacidad puedan servir, enseñar, liderar, orar, acompañar y ser acompañadas. No son únicamente receptoras de ayuda, sino también portadoras de dones. Como recuerda el teólogo protestante Jürgen Moltmann, «la comunidad cristiana no se define por la fuerza de sus miembros, sino por el amor que los une». Este autor alemán explica que la Iglesia se define por la comunión, la participación y el amor compartido más que por la fuerza o la perfección de sus miembros. Revolucionario, ¿no?
Ese amor reconoce capacidades donde otros solo ven límites. En muchas iglesias evangélicas actuales, esta inclusión se traduce en adaptaciones prácticas: rampas, materiales en lectura fácil, interpretación en lengua de signos, espacios sensorialmente amables o acompañamiento personalizado. Y eso está genial, claro que sí, pero la verdadera inclusión ocurre cuando la comunidad entiende que la diversidad no es un obstáculo, sino una riqueza.
El testimonio de personas con discapacidad dentro de la iglesia transforma a la propia iglesia. Su manera de vivir la fe, la perseverancia, la dependencia mutua y la sensibilidad hacia el otro enseñan a toda la comunidad. Como explica Henri Nouwen, sacerdote y autor que convivió con personas con discapacidad intelectual en la comunidad del Arca, son estas personas quienes nos evangelizan, porque nos muestran una forma más auténtica de amar y ser amados.
Además, la hospitalidad es un mandato bíblico. «Practicad la hospitalidad» (Ro 12:13) no es una sugerencia, sino un llamado a abrir espacios donde todas las personas puedan sentirse en casa. Una iglesia inclusiva no es la que “tolera” la presencia de personas con discapacidad, sino la que se alegra de que formen parte activa de su vida.
En definitiva, la inclusión en nuestras iglesias pasa por reconocer una verdad sencilla y profunda: toda persona puede necesitar ayuda en algún momento, y toda persona tiene algo valioso que aportar. Cuando la comunidad vive esta convicción, se convierte realmente en el cuerpo de Cristo, donde cada miembro es imprescindible y donde la dignidad no depende de la capacidad, sino del amor.
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