Síntomas inconfundibles

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Síntomas inconfundibles
Síntomas inconfundibles

Para confirmar un hecho, se investiga a fondo: “Después que oyeres y hubieres indagado bien, la cosa pareciere de verdad cierta…” (Deuteronomio 17:4b). El asunto queda zanjado cuando se encuentran pruebas concluyentes.

Pero hasta llegar a ese punto, si solo hay pruebas circunstanciales, no te puedes fiar… Siempre queda la duda… Pero antes de buscar con lupa a los de al lado, mira al espejo en vez.

Es una muy buena idea: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados?” (2ª Corintios 13:5).

Habiendo establecido que el objetivo no son los demás sino tu persona, vamos a lo que debes encontrar concluyentemente en el espejo: “En pos del Señor vuestro Dios andaréis; a él temeréis, guardaréis sus mandamientos y escucharéis su voz, a él serviréis, y a él seguiréis” (Deuteronomio 13:4).

El caso es que esas pruebas concluyentes de la salvación son invisibles. No se puede ver el temor, la obediencia o la fidelidad en un espejo. Por tanto, siempre queda la duda.

Por eso, hay “cristianos cosméticos” que nos engañan a todos. Por fuera, parece que sí. Pero, ¿qué hay del hombre interior? Los demás no lo pueden visualizar lo suficientemente bien como para saber a ciencia cierta.

Por ejemplo, Simón fue bautizado (Hechos 8:9-13) y luego se dieron cuenta de que no era un cristiano verdadero (Hechos 8:18-23). Y no quieres caer en el mismo error.

Los demás podrán tener pruebas circunstanciales pero no quieres equivocarte en cuanto a tu persona y solo tú puedes responder honestamente a lo que hay en tu interior.

Mira el espejo atentamente pues: “Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:16-20).

¿Qué frutos ves en tu interior? No merece la pena hacer trampa que quien vivirá con las consecuencias eres tú. Deja que te pregunte:

¿Tienes una religión o tienes a Cristo?

¿Tienes un mero conocimiento intelectual de los hechos del Evangelio o te ha transformado esa verdad?

¿Son gravosos los mandamientos de Dios o te complace acatarlos?

¿Es tu motivación cumplirlos para que no te pillen o por amor a Dios?

Todos estos elementos invisibles solo los puedes evaluar en tu propio interior. Nadie más. Por eso hablo de síntomas inconfundibles en vez de señales inconfundibles.

Las señales se pueden ver, los síntomas solo los sienten los que los tienen y puede que no haya evidencia externa de los mismos.

Por ejemplo, una fractura de hueso se puede visualizar en una radiografía. Eso es una señal. Ahora bien, el dolor, no se puede ver con ninguna máquina. Saca todas las imágenes que quieras que no lo podrás ver. Eso es un síntoma.

Por tanto, mirando al espejo interior, sólo tú puedes analizar detenidamente si los síntomas enumerados anteriormente son correctos o no. Por eso 2ª Corintios 13:5 te llama al autoexamen.

Es por tu propio bien y solo tú puedes auto diagnosticarte correctamente. Un poco de griego para que quede claro: “Dia” es la preposición para “a través”. “Conocimiento viene de “gnosis”.

Así pues, un “diagnostico” es conocimiento a través del examen correcto de la evidencia. Y un autodiagnóstico es un tesoro. Es lo que te permite corregir el rumbo por el que vas si no es el correcto.

Es la brújula que te marca el norte claramente. Así puedes evitar que te ocurra lo que le ocurrirá a muchos que pasaron por alto estas instrucciones:

“Después que el padre de familia se haya levantado y cerrado la puerta, y estando fuera empecéis a llamar a la puerta, diciendo: Señor, Señor, ábrenos, él respondiendo os  dirá: No sé de dónde sois. Entonces comenzaréis a decir: Delante de ti hemos comido y bebido, y en nuestras plazas enseñaste. Pero os dirá: Os digo que no sé de dónde sois; apartaos de mí todos vosotros, hacedores de maldad. Allí será el llanto y el crujir de dientes” (Lucas 13:25-28).

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