Te ha adoptado

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Te ha adoptado
Te ha adoptado

“Adopción” proviene del griego “uiothesia”, que significa “tomar lugar como hijo” (Efesios 5:1b, Apocalipsis 21:7b) y es lo que permite llamar a Dios Abba, Padre (Romanos 8:15, Gálatas 4:6) tal como Cristo (Marcos 14:36).

La adopción en la familia de Dios es por fe (Juan 1:12, Gálatas 3:26) y también está vinculado a la santificación y consagración  (2ª Corintios 6:17-18).

Podemos ver ejemplos de adopciones en la Biblia como en Éxodo 2:5-10 (Moisés), Ester 2:5-7 (Hadasa), 2º Samuel 9 (Mefiboset).

No sólo somos salvos, formamos parte de la familia de Dios (Deuteronomio 14:1, Juan 1:12-13, Romanos 8:14-23, Romanos 9:4, Romanos 11:16-17, Gálatas 3:26, Gálatas 4:5, Efesios 1:5,
Apocalipsis 21:7).

Si bien es cierto que el Salmo 82:6b afirma que somos todos hijos de Dios en el sentido de que todos somos creados por Él y aunque el término “hijos de Dios” también puede referirse a ángeles según el contexto (Job 38:7), adopción implica algo diferente. En Mateo 12:48-50, Jesús alude a la doctrina de la adopción al resaltar que su verdadera familia está formada por las personas que hacen la voluntad de Dios. Por tanto, la paternidad se establece debido a la sumisión voluntaria al padre, sea al diablo según Juan 8:44, los “hijos de desobediencia” (Efesios 2:2) y los “hijos de la ira” (Efesios 2:3), o sea Dios (Lucas 11:2).

Jesús es el Hijo de Dios y se sometió al Padre cuando dijo: “Padre {…} no sea mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42). Fallamos miserablemente y no tenemos motivos para jactarnos de nuestra condición de hijos de Dios. En palabras de Lucas 15:21, los verdaderos creyentes también dicen: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y no soy digno de ser llamado hijo tuyo”.

El término “adopción” como tal es un término que sólo usa Pablo pero la idea de ser hijos de Dios aparece por toda la Biblia. 1ª Juan 3:1 afirma además: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios”. Así, si la justificación nos libera de la condenación, La adopción nos introduce en las promesas celestiales de la eternidad con Dios.

Y esto fue incluso antes de que se creara el mundo. Dios no tenía ningún plan B. Él no decidió adoptarnos una vez que vio el pecado y sus consecuencias. Él ya tenía una respuesta a ese problema como se señala en Efesios 1:5, que dice: “en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad ". Y Dios no nos adoptó porque éramos bebés lindos. Él adoptó a pecadores rebeldes según Romanos 5:8, que dice: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”.

Jesús se llama a sí mismo Hijo de Dios y también se refiere a sus discípulos como hijos. Es un reconocimiento de adopción. Leemos sobre esto en Mateo 17:24-27. Ahora, ConsiderA este aspecto de la adopción: “El aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley” (1ª Corintios 15:56), pero Romanos 6:1-14 afirma que los creyentes son adoptados por Dios. Una adopción significa que el niño ya no está bajo la autoridad de los padres biológicos pero bajo la de los nuevos padres adoptivos.

Los creyentes ya no están bajo la autoridad de la Ley a causa del pecado, sino bajo la autoridad de Dios. La adopción está fuertemente ligada a la regeneración, ya que Dios es el Padre que nos vivifica en primer lugar para que podamos nacer de nuevo, y en segundo lugar a la santificación ya que ahora estamos bajo la autoridad de Dios. Debemos reflejar su imagen como hijos. Nace un bebe con los rasgos genéticos de los padres y como hijos de Dios, tenemos que ser santificados para reflejar la imagen de Dios. Ese es el propósito de Dios (Romanos 8:29). Así, ya no somos hijos de desobediencia (Efesios 5:6), ni hijos de ira (Efesios 2:3).

¿Y cómo nos convertimos pues en hijos de Dios?

“Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús” (Gálatas 3:26). Y la adopción está ligada a la santificación en 2ª Corintios 6:17-18, que dicen: “Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré, y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso”.

Sin embargo, aunque los creyentes somos hijos de Dios, debemos crecer en la gracia y el conocimiento del Señor (Isaías 5:13, 1ª Corintios 3:1-3, 1ª Corintios 14:20, Efesios 4:13-14, Filipenses 1:9, Colosenses 1:10, Colosenses 3:10, Hebreos 5:11-13, Hebreos 6:3b, 1ª Pedro 2:19-23, 2ª Pedro 1:8, Colosenses 2:7, Lucas 2:52, 2ª Pedro 3:18) y no seguir siendo bebés. En Efesios 4:14, Pablo afirma: “para que ya no seamos niños”.

La doctrina de la adopción también está ligada a la doctrina de disciplina/castigo. Hebreos 12:5 proporciona el vínculo: “y habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige, diciendo: Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él”. Un padre que ama a sus hijos los corregirá y disciplinará para su bien, no por el mero hecho de infligir dolor. Dios actúa de la misma manera como podemos leer en Deuteronomio 8:5-6, Salmo 89:31-34, Proverbios 3:11-12, Juan 15:2, 1ª Corintios 11:30, Hebreos 12:5-11.

Si bien esto implica que Él no le pone las cosas fáciles a sus hijos en la tierra, la herencia que les espera a sus hijos durante la eternidad supera con creces cualquier tribulación actual. Romanos 8:17 nos recuerda: “Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados”. Entonces, mientras la salvación no se pierde, debemos ser conscientes de que Dios conoce nuestro corazón y debemos que mostrar integridad hacia Él (2º Crónicas 25:2). Y vinculo lo último con respecto a la adopción.

La más bella de todas está en Romanos 8:14-15, leemos: “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!” En otras palabras, no debemos temer el encontrarnos ante Dios como en religiones falsas porque tenemos una relación con Dios. Somos suyos, hijos, ya no obligados a temer, pero libres: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia” (Hebreos 4:16, comparado
con Juan 4:16, Efesios 2:18).

Por eso también dice Efesios 2:19: “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios”. El negativo: Ya no somos advenedizos (personas que no forma parte de la familia) y extranjeros (personas que pueden ser invitadas pero que aún no están dentro del grupo). En otras palabras, las barreras han caído y en lugar de eso, lo positivo: somos conciudadanos de los santos (nuestra identidad es santos y por lo tanto somos parte del grupo con iguales derechos porque compartimos la misma “nacionalidad celestial”), y de la familia de Dios (no sólo somos ciudadanos del Reino, sino que pertenecemos a la familia del Rey por adopción).

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