“Y esta frase: Aún una vez, indica la remoción de las cosas movibles, como cosas hechas, para que queden las inconmovibles. Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor” (Hebreos 12:27-29).
La Palabra de Dios es enfática. La materia no prima sobre lo espiritual. Acabamos de leer la predicción de que un día tendrá lugar “la remoción de las cosas movibles”. Solo quedará el “reino inconmovible”. Hablemos claro: Lo material se esfumará.
“El día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas” (2ª Pedro 3:10).
Y vaya si es así, que leemos:
“Y vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él, de delante del cual huyeron la tierra y el cielo, y ningún lugar se encontró para ellos” (Apocalipsis 20:11).
En vistas de ello, se nos plantean dos opciones:
Podemos darle la primacía a lo material con lo que ello conlleva.
“También les refirió una parábola, diciendo: La heredad de un hombre rico había producido mucho. Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos? Y dijo: Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate. Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios” (Lucas 12:16-21).
O podemos poner nuestra esperanza en lo invisible, depositar nuestra fe en Dios como lo hizo en su día Abraham, el padre de la fe (Génesis 15:6, Romanos 4:11-12, Gálatas 3:6-7, Hebreos 6:13-20, Hebreos 11:8-12, Santiago 2:23):
“Por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa; porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Hebreos 11:9-10).
Al final de los tiempos, nos daremos cuenta de que la materia no prima sobre nada:
“Porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?” (Marcos 8:36-37).
Mirando atrás, nos daremos cuenta de un detalle que nos resistimos a creer en esta vida:
“Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron” (Apocalipsis 21:1).
Tú escoges con cuál de las dos opciones te quedas:
“Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1ª Juan 2:16-17).
Si tienes a Cristo, lo tienes todo. Si no tienes a Cristo, no tienes nada. La primacía absoluta es de Jesucristo (Filipenses 2:9-11) por lo que la materia no prima para nada.
