La gente deseaba ver a Jesús (Juan 1:37-39, Lucas 19:3-4, Juan 12:20-21, Lucas 23:8).
Si has sacado tu Biblia para leer las citas, te habrás dado cuenta de que en los dos primeros casos, se trata de personas que se convirtieron en discípulos de Cristo, el tercero muestra a gente que respetaba a Jesús y le quería ver pero sin compromiso ya que después pedirían que le crucificaran, y en el último caso, de una persona curiosa pero que rechazaría al Santo. Y también los hay que se quedarían a los pies de la cruz del Calvario mirando (Salmo 22:7, Lucas 23:35).
La Escritura lo predice y se confirma con toda certeza:
“Ellos me miran y me observan” (Salmo 22:17b).
Y qué presenciaban todos esos ojos? Leamos el registro histórico:
“Y cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, le crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:33-34).
El problema es que nos quedamos mirando y ya está. Como en Semana Santa: Vemos, contemplamos, miramos, percibimos, pero no nos identificamos con la culpa que llevó al Salvador a la cruz y no queremos acercarnos para apropiarnos de la oferta del perdón. Le miramos de lejos pero no le dejamos cerca no sea que tengamos que reconocer nuestra culpa y mucho menos cambiar nuestra forma de pensar y nuestra conducta. No, lejos que no hace daño. Pero ese proceso racional es nefasto. Mira lo que dice el profeta Isaías cuando vemos la salvación de lejos y preferimos el pecado:
“He aquí que no se ha acortado la mano del Señor para salvar, ni se ha agravado su oído para oír; pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír” (Isaías 59:1-2).
¿Qué hay de ti? ¿Quieres seguir mirando a Cristo de lejos en procesiones e imágenes culturales y religiosas o quieres una relación personal con Él?
“Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo” (2ª Timoteo 2:19b).
Comenzamos este escrito con varios tipos de personas que querían ver a Jesús. Los dos primeros casos son de aquellos que pasaron a ser seguidores del Señor y Salvador. Si es tu caso, tienes motivos para celebrar la Semana Santa. Si no, solo es una fiesta vacía de significado y falsa esperanza. Fíjate en lo que dijo Jesús:
“Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen” (Juan 10:14), “y las ovejas oyen su voz; y a sus ovejas llama por nombre, y las saca. Y cuando ha sacado fuera todas las propias, va delante de ellas; y las ovejas le siguen, porque conocen su voz” (Juan 10:3b-4).
¿Conoces Su voz? Más aún: ¿sabes lo que te dice? Eso espero porque dijo: “Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida” (Juan 6:63c). Aquí lo tenemos en blanco y negro. Lee la Biblia porque solo la Palabra de Dios te trae la salvación:
“Has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2ª Timoteo 3:15b-17).
Queridos espectadores expectantes, no os quedéis lejos. Venid, seguidle y Cristo os promete el perdón, la libertad del pecado, tanto de sus consecuencias como de su presencia:
“Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:31-32).
Como sabes, la tumba de Cristo está vacía. Puedes acudir a Él ahora mismo si quieres:
“Señor Jesús, perdóname por mi pecado. Cámbiame y límpiame. Quiero seguirte y estar dónde Tú estás. Toma mi vida pues te pertenezco”.
“Si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida” (Romanos 5:10).
