“Teniendo el mismo espíritu de fe, conforme a lo que está escrito: Creí, por lo cual hablé, nosotros también creemos, por lo cual también hablamos, sabiendo que el que resucitó al Señor Jesús, a nosotros también nos resucitará con Jesús” (2ª Corintios 4:13-14).
Esa es la esperanza de la que hablaban y es la misma esperanza por la cual el autor escribe: Cristo hizo “la paz mediante la sangre de su cruz” (Colosenses 1:20c). Fíjate en lo que dice Romanos 10:8c-10:
“Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación”.
Pues hablemos de esa paradoja sin igual: “Viva la muerte”. Porque el Salvador murió en nuestro lugar, podemos obtener el perdón de nuestros pecados al depositar nuestra confianza en Él y dejar atrás lo que ofende a Dios:
“La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1ª Juan 1:7d).
“Todo pecado” implica “todo”. Es decir, la fe auténtica es consciente de que el Salvador lo hizo todo por nosotros y la eficacia de la salvación es completa. No hace falta que nosotros ni hagamos nada para lograr alcanzar la salvación ni pasemos por un tal “purgatorio” para finalizar lo que Cristo ya hizo, ni nada por el estilo.
Eso por una parte pero tampoco nos quedemos en el madero y miremos más allá porque la cruz está vacía. Cristo resucitó y por eso, la paradoja tiene sentido. El que estaba muerto corpóreamente resucitó corpóreamente con implicaciones impresionantes:
“Justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira. Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida” (Romanos 5:9-10).
La fe bíblica pues está compuesta de dos factores objetivos y dos subjetivos:
La muerte y resurrección del Mesías.
La confianza en la persona y obra del Salvador acompañada de una media vuelta del pecado a la cruz.
Siendo conscientes de que los que no dispongan de dichos requisitos no pueden acceder al Reino de los Cielos, no podemos sino seguir anunciando las Buenas Nuevas sea oralmente o por escrito para que por lo menos alguien escape de la muerte eterna y acceda a la vida eterna. Muy cierto: “Viva la muerte”:
¿Has muerto al pecado (Romanos 6:1-2) y vives para Dios (1ª Pedro 1:17-18)? ¿Has nacido dos veces (Juan 3:3-7) y morirás una vez (Apocalipsis 20:6) o has nacido una sola vez y morirás dos veces (Apocalipsis 20:14b)?
