“Olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Filipenses 3:13-14).
Así proceden los que se han arrepentido de sus pecados. Los dejan atrás bien enterrados. Y siguen adelante en vida nueva. Seamos honestos: Todos tenemos en nuestra memoria recuerdos que deseamos no existieran. ¿Por qué? Porque somos pecadores. Algunos prefieren seguir en pecado y no lloran por lo que han hecho y lo siguen haciendo. No hay remordimiento. Otros, en cambio, sienten el peso de la culpa. A ellos va dirigida el versículo siguiente:
“Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación” (Mateo 5:4).
¿Cómo serán consolados? Acudiendo al Señor y Salvador Jesucristo. Lo vemos ilustrado en una historia que narra Lucas:
“Uno de los fariseos rogó a Jesús que comiese con él. Y habiendo entrado en casa del fariseo, se sentó a la mesa. Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume. Cuando vio esto el fariseo que le había convidado, dijo para sí: Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora. Entonces respondiendo Jesús, le dijo: Simón, una cosa tengo que decirte. Y él le dijo: Di, Maestro. Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta; y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos le amará más? Respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquel a quien perdonó más. Y él le dijo: Rectamente has juzgado. Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con perfume mis pies. Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; más aquel a quien se le perdona poco, poco ama. Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados” (Lucas 7:36-48).
Esa mujer pecadora muestra un arrepentimiento genuino al estar compungida por su pecado. Lloraba amargamente por ello y amaba a Cristo. El Salvador no la rechazó a pesar de su pasado, sino que la perdonó y ahora no tiene que seguir llorando sino que puede sonreír:
“Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos” (Apocalipsis 21:4).
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