Más claro que el agua

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Más claro que el agua
Más claro que el agua

“Haciendo la paz mediante la sangre de su cruz. Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él; si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe, y sin moveros de la esperanza del evangelio que habéis oído” (Colosenses 1:20b-23b).

Lo que nos trae paz con Dios es el sacrificio de Cristo en la cruz por los pecadores (1ª Pedro 3:18). No es que nuestras buenas obras pesen más que las malas.

Todos somos pecadores tanto en pensamiento como en obras (Efesios 2:2-3). No es que los peores sean condenados mientras que los demás estamos a salvo. No, todos somos pecadores (Romanos 3:9-12).

La encarnación del Salvador tenía el propósito de reconciliarnos con Dios (Hebreos 10:5-10, Romanos 5:8-11).

Eso, y solo eso, nos limpia de todo pecado y nos hace aceptos en Su presencia (1ª Tesalonicenses 5:23, Judas 24), no la religión.

Pero ojo al dato que hay un factor condicionante indicado por esa palabra, “si”, la cual nos proporciona una serie de instrucciones que no debemos pasar por alto si deseamos ser beneficiarios de las promesas en Cristo:

“En verdad” implica honestidad y excluye superficialidad e hipocresía (Mateo 23:13-35).

“Permanecéis fundados y firmes” indica perseverancia sólida e inquebrantable. Pero no se trata de permanecer en las fábulas humanas. El objeto de la perseverancia tiene nombre propio: La Fe en el Evangelio, en las Buenas Nuevas:

“La fe, y sin moveros de la esperanza del evangelio que habéis oído”.

Por eso, más vale que conozcamos el contenido y la sustancia de la fe y el Evangelio, no sea que no cumplamos nuestra parte y dejemos pasar de largo la Salvación que nos ofrece Cristo (Hebreos 2:3), ¿No? Dos pasajes para nuestra consideración:

“Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria” (1ª Timoteo 3:16).

“Quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos, pero que ahora ha sido manifestada por la aparición de nuestro Salvador Jesucristo, el cual quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio” (2ª Timoteo 1:9-10).

Ya lo ves. Creer y confiar en lo que hizo Cristo es la primera cara de la moneda. La otra cara es la santidad. La fe y la subsiguiente santificación abren la puerta a la gracia (Efesios 2:5-9), no nuestras obras. La salvación no es por mérito propio. No, la gracia nos fue dada en Cristo Jesús y en nada ni nadie más. Ya lo has oído. Queda más claro que el agua. Ahora te toca a ti volverte del pecado y la incredulidad al Salvador.

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