Salmo 24:3-4 pregunta y responde: “¿Quién subirá al monte de Dios? ¿Y quién estará en su lugar santo?
El limpio de manos y puro de corazón; el que no ha elevado su alma a cosas vanas, ni jurado con engaño”.
¿Por qué? Porque, como lo afirma el profeta: “Muy limpio eres de ojos para ver el mal, ni puedes ver el agravio” (Habacuc 1:13).
Por eso quien quiera estar con Dios debe orar: “Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado” (Salmo 51:2) y " Purifícame con hisopo, y seré limpio; lávame, y seré más blanco que la nieve” (Salmo 51:7).
Sí, “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23), pero Dios te invita: “Venid luego, dice Dios, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Isaías 1:18).
Tanto el perdón como la misericordia dependen de cómo nos arrepentimos y nos apartamos del pecado (contraste 2ª Timoteo 2:19 con Mateo 7:23) como lo confirma Pedro en Hechos 2:38. Se puede llegar a decir de nosotros: “Hubo en tierra de Uz un varón llamado Job; y era este hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal” (Job 1:1). Así es la persona a quien se le ha perdonado verdaderamente liberándola del pecado, tanto de su presencia como de su consecuencia.
