¿Qué de nuestras preocupaciones y ansiedades?

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¿Qué de nuestras preocupaciones y ansiedades?
¿Qué de nuestras preocupaciones y ansiedades?

“Por nada estéis afanosos (ansiosos, preocupados, inquietos, etc.) sino sean conocidas vuestras peticiones, con toda oración y ruego, con acción de gracias y la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestro pensamientos en Cristo Jesús” (Fil. 4.6-7)

¡Menudas declaraciones estas, del Apóstol Pablo! ¿Realmente era así como él dice, en su propia vida? Pues lo que nos muestra de su vida que aparece en el Nuevo Testamento, las dificultades por las cuales pasó, los sufrimientos que padeció y las perplejidades que tuvo, sabemos que no estaba hablando sin saber lo que decía. Al contrario.

Basta leer las dos listas de “cositas” que él mencionó y que nos dan una idea de lo que fue gran parte de su vida, desde su conversión hasta el final de su “carrera” cristiana. (Leer, 2ªCo. 6.3-10; 11.23-29; 2ªTi.4.6-8; M.4.6-8).

Así que si alguien quiere negar esas realidades allá él, porque todo cuanto dice el apóstol Pablo no eran palabras ni teoría meramente.

Más todavía, Pablo escribe las palabras recogidas más arriba, estando encarcelado y sufriendo privaciones de todo tipo; y sin embargo, no dejó de expresar palabras de gozo, de paz y de amor a sus destinatarios, seguidores de Jesús en la ciudad de Filipos. (Fil.1.1-2; 12-14; 2.12-17; 3.20-21; 4.1,4). ¿Era un “tontito espiritual” o era un hombre maduro en la fe a la cual fue llamado?

¿Y nosotros, qué tal lo llevamos?

¡Ah! Por nuestra parte, nada que ver con las circunstancias y sufrimientos experimentados por el apóstol Pablo y los demás apóstoles. Al contrario.

No tenemos más grandes “tribulaciones” y sin embargo, posiblemente estamos más preocupados, más afanados, más inquietos e incluso en muchos casos ¡más angustiados que él! ¿Por qué? (1)

Pues, será porque vivimos en un tiempo en el que la mayoría de nosotros experimentamos tantas tensiones que es difícil mantenerse en un estado de paz y de tranquilidad. Es la ansiedad lo que caracteriza a la mayoría de la gente hoy día. ¡Nada nuevo! Pero mucho de lo que nos ocurre (¡ojo, no todo!) es causa de preocupaciones y ansiedades que no están justificadas.

Quiero decir que nos las podríamos evitar sabiendo manejar los tiempos y teniendo control de todo aquello que no nos es necesario, poniéndole límite. Y por otra parte deberíamos acostumbrarnos a decir: “¡No!” a ciertas influencias y requerimientos. Sobre todo a través de los distintos medios de comunicación, que hoy día ¡son muchos y a los cuales tenemos mucho más acceso que hace 30 y 40 años.

Además, no es posible estar informados de todo, ni podemos tampoco contestar a todas las demandas que nos llegan de unos y de otros, ni tampoco tenemos por qué posicionarnos a favor de lo que otros nos demandan casi de forma imperiosa; pero tampoco hemos de desperdiciar el tiempo viendo todo cuanto nos llama la atención de dichos medios a través de los “instrumentos” que tenemos a nuestra disposición y que no hace falta mencionar.

Por tanto, actuar de forma correcta para quitar los estorbos del camino y tratar con las causas de las preocupaciones, formaría parte de la sabiduría que se desprende de la Palabra de Dios y el poder que la acompaña para que se pueda llevar a cabo con eficacia. (Ef.1.19).

El problema está cuando aun el mismo creyente no sabe que esa Palabra que dice conocer, tiene la respuesta a sus preocupaciones y ansiedades.

O quizás lo sabe, pero no pasa de creer que es “teoría” sin aplicación práctica para su vida. Entonces, incluso creyentes se dan a buscar la solución en otras fuentes, e incluso incurren en ciertas filosofías orientales, buscando otros medios por los cuales solventar sus estados de ánimo, preocupaciones y ansiedades.

Y uno se pregunta si quizás las Escrituras no son suficientes y Dios se olvidó de añadir algo más.

Pero por nuestro bien espiritual y emocional, deberíamos tomar una doble conciencia: Por una parte no perder de vista que somos seres humanos con facultades mentales, volitivas y emocionales; y nuestros pensamientos no siempre estarán claros y afirmados; nuestros estados de ánimo variarán dependiendo de muchos factores; y nuestra voluntad tampoco será/estará lo suficientemente firme que necesita.

Ante esta realidad también deberíamos ser conscientes de Dios y su paternidad sobre nosotros, ya que se dice: “Un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos y por todos y en todos” (Ef. 4.6). Cuando somos conscientes, de esta realidad nuestra dependencia de él se hará manifiesta de tres formas:

Primero, no centrar nuestra atención en lo que nos preocupa. Entonces las palabras del Apóstol Pablo, “no os preocupéis…” tienen todo sentido.

De otra forma el afán y la ansiedad nublará nuestro entendimiento y acabaremos confundidos y/o en depresión. Es necesario que aprendamos la disciplina de la puesta en práctica de las palabras, “echando toda nuestra ansiedad sobre Él…” (1ªP. 5.7).

Esto es difícil; muy difícil en algunos casos, pero posible. De otra forma no se nos pediría tal “ejercicio”. Porque al menos, en teoría sabemos que Dios no nos demanda nada que no podamos llevar a cabo dado que el mismo que nos dio el mandamiento, es el mismo que nos ayudará a ponerlo en práctica.

Segundo, centrar toda nuestra atención en Dios nuestro Padre, expresándole nuestras preocupaciones. Por supuesto, esto es la puesta en práctica de lo anterior. Y esta puesta en práctica cobra la forma de “oraciones y ruegos”, según la magnitud del problema y siempre con la confianza de que “Él nos oye” (1ºJ.5.14); y: “él tiene cuidado de vosotros” (1ªP. 5.7) porque también dice: “no te desampararé ni te dejaré” (Heb. 13.5). Aquí se expresa el Señor por medio de su Palabra y ésta en forma de promesas; ella, su Palabra, es la base y el soporte de nuestra fe.

Tercero, mantener un espíritu de agradecimiento todo el tiempo y así expresárselo a Dios: “dando siempre gracias a Dios en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros…” (1ªTes. 5.18) Aún aquellas cosas que son negativas hemos de verlas a la luz de la paternidad divina, sin perder de vista que a Él no se le escapa ni aun una hoja de un árbol que cae a tierra.

Los propósitos divinos trascienden a nuestros propios asuntos humanos particulares, sin que eso signifique que estos queden fuera de su alcance y de un sumo cuidado por su parte.

El resultado de la puesta en práctica de la fe así expresada, tendrá unos beneficios inmediatos sobre el corazón (centro de nuestros afectos y emociones). Así la preocupación, la ansiedad y el temor son ahuyentados y los pensamientos son afirmados en las promesas divinas; porque también está escrito: “tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera, porque en ti ha confiado” (Isaías, 26.3).

Por lo cual, si los creyentes en Jesucristo hemos de reflexionar y meditar en algo, para nuestra propia salud espiritual y emocional, será en lo que él ha mandando y las promesas que también nos ha concedido.

Eso hará que experimentemos “la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento” (Filp. 4.7) ¿Sabemos lo que eso significa? Y si lo sabemos ¿somos consecuentes con esa realidad?

Que nuestro buen Dios nos ayude.

Notas

1. Sin embargo, en algunos países centenares de miles de cristianos están siendo perseguidos, encarcelados, torturados y muertos. El sufrimiento, tanto de ellos como de sus familias contrasta grandemente con los cristianos de occidente que apenas sabemos nada de lo que es pasar por dificultades; aunque también las pasamos, aunque sean de otro carácter.

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