“Id, y puestos en pie en el tempo, anunciad al pueblo todas las palabras de esta vida” (Hch.5.20)
Las palabras recogidas en el texto inicial están recogidas por el evangelista Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles. El Día de Pentecostés se había producido el fenómeno de la venida del Espíritu Santo dando comienzo a la nueva era/dispensación de “la gracia” o, “del Espíritu”.
Dispensación en la cual se daría cumplimiento a la predicación del Evangelio conforme al mandato del Señor Jesús a sus discípulos antes de su exaltación a los cielos (Mt.28.19-20; Lc.24.46-49; Hch.1.8)
Pero tal y cómo anunció el Señor a sus discípulos la tarea del anuncio del Evangelio no iba a ser fácil (J.15.18-21; 16.33). Así que la persecución comenzaría bien pronto.
El liderazgo judío sintió celos (Hch.5.17) de que los discípulos de Jesús comenzaran a tener muchos seguidores, debido a su mensaje y a las obras milagrosas que hacían (Hch.3.1-10; 5.12-16). Así que los apóstoles Pedro y Juan fueron apresados y encerrados “en la cárcel pública”. (Hch.5.18).
“Un ángel del Señor” liberó a los apóstoles Pedro y Juan (Hch.5.19)
Ahora bien, aquí nos encontramos con uno de esos relatos de los que a ciertos eruditos les gusta de poner de lado, ya que en esta época en la cual vivimos, no es posible que creamos en ángeles ni demonios, ni todas esas cosas… Entonces, ellos resuelven que pasajes como estos no deben considerarse como “históricos” ni creíbles.
Por tanto, deben ser tomados como “un recurso literario” para explicar algo que tendría otra explicación natural. Aquí hay que recordar que aquellos saduceos del tiempo de Jesús tampoco creían en ángeles ni espíritus (Hch.23.7-9) Por tanto, nada nuevo.
Sin embargo, para los que creemos lo contrario, o sea que sí hay ángeles y demonios, no tenemos inconveniente en creer lo que dice la Escritura acerca de esos seres espirituales a los cuales se les llama ángeles y de los cuales hay distintas clases.
Estos aparecen tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento cumpliendo funciones para las cuales son llamados y designados por Dios, para dar mensajes de Su parte, para avisar y guardar de peligros a sus siervos y/o para anunciar juicios divinos según determinación del Soberano Señor del cielo y de la tierra.
Sería larguísimo mencionar todas las referencias a los ángeles, pero baste decir lo que el autor de la Epístola a los Hebreos declara acerca de ellos:
“¿No son todos (los ángeles) espíritus ministradores enviados para servicio a favor de los que han de ser herederos de la salvación?” (Hb.1.14).
Pero no solo eso. Además, parece que los ángeles están deseosos y anhelantes de saber más sobre “estas cosas” relacionadas con la redención llevada cabo por Dios en relación con el género humano, dado que, así como a nosotros nos está vedado todo cuanto acontece en esa “dimensión” donde ellos se mueven, a los ángeles también les está vedado el saber gran parte de lo relacionado con la obra salvífica divina llevada a cabo en relación con el género humano.
En 1ªPedro, 1.12, se nos dice que estas son “cosas en las cuales anhelan mirar los ángeles”. (Ver, también Ef.3.10).
El propósito de Dios para liberar de la prisión a Pedro y Juan
En medio de la persecución y aquellas circunstancias que habían creado los religiosos a Pedro y a Juan, el ángel no tiene nada nuevo que aportarles a ellos; solo les recuerda lo que Jesús ya les había ordenado antes de ascender a los cielos.
O sea, seguir con la tarea de anunciar el Evangelio de Jesús, aun en medio de aquella oposición y dificultades. Por eso les libera de la cárcel, y les dice: “Id, y puestos en pie en el templo, anunciad al pueblo todas las palabras de esta vida” (Hch.5.20).
Los Apóstoles ya habían experimentado esa oposición anteriormente (Hch.4.17-22); pero también habían experimentado el poder de Dios para superar todo temor y toda operación para impedir que ellos predicaran el mensaje del Evangelio (Hch.4.29-31).
Así que ellos con las ayuda del ángel saldrán de la prisión y continuarán predicando y atendiendo en todo a la Iglesia del Señor en Jerusalén, la cual ya se contaba por miles de creyentes (Hc.2.41; 4.4) y cuyo crecimiento iría a más (Hch.6.1,7).
Y es que la persecución nunca ha sido impedimento para que “la palabra de Dios corra y sea glorificada” en la transformación de muchas vidas. (Hch.19.18-20¸2ªTes. 1.1). No en vano, Jesús dijo que… “la puertas del Hades no prevalecerán con ella” (la Iglesia; Mt.16.19.20)
“Las palabras de esta vida”
Pero algo que llama la atención es la referencia del ángel a “las palabras de esta vida”. Esa referencia al mensaje del Evangelio no era nada nuevo. Jesús ya se refirió a sí mismo como “Camino, Verdad y Vida” (J.14.6).
Camino porque a través de él -y no de nadie más- se va al Padre; Verdad, porque a través de él conocemos al Padre y su voluntad para nosotros; y Vida, porque el llegar a poseerla es el resultado de haber creído y recibido al Señor Jesús: “el Autor de la vida” (Hch.3.14-15; J.1.12-13).
Esa Vida no era -¡ni es!- la vida natural, meramente, que también la abarca dado que Jesús, el Verbo encarnado, también fue y es el creador de todas las cosas (J.1.3).
Por tanto todo el universo entero fue creado, “por medio de Él y para Él” (Col.1.15-19); todo depende de Él y es sustentado por Él; incluso nuestra propia vida sea física o espiritual (Hb.1.2-3).
Pero con “esta vida” el ángel se refería al mensaje que ya estaban predicando los Apóstoles y por medio del cual los que procedían al arrepentimiento y ponían fe en Jesús -centro de su predicación- obtenían el perdón de los pecados y la verdadera vida (Hch.2.38-39; 3.19; 10.42-43; 20.20-21).
Una vida diferente, ya que implicaba la recepción de la vida de Dios y la transformación de la vida, vivida sin el conocimiento de Él; una vida trascendente ya que trascendía a esta vida terrenal, corta y que sin aquella carece de sentido y de un propósito acorde con el propósito divino; y una vida eterna al lado de Dios, llena y revestida de eternidad y de la gloria del mismo “Señor de la gloria” (1ªCo.2.8; Col.1.27).
El asunto es que en lo referente a “las palabras de esta vida” vamos a encontrar que el Nuevo Testamento está saturado de esas mismas palabras y de esa vida que se manifestó en Jesús de la única forma que se manifiesta una vida y es por medio de palabras y de obras.
El evangelista Juan escribió: “En él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres” (J.1.4). De ahí la importancia tanto de las palabras como de las obras de Jesús. (J.15.22-24).
Ambas conformaron los “rayos” de luz más que suficientes que alumbraron y alumbran a esta humanidad en oscuridad y perdida; y a pesar de que los seres humanos trataron por todos los medios de apagar y neutralizar aquella luz… “las tinieblas no prevalecieron contra ella…” (J.1.9-10).
Pero no solamente no prevalecieron contra la luz de su mensaje, sino que éste se extendió por todo el Imperio Romano, llenándolo todo con el Evangelio de Jesucristo.
El testimonio de “esta vida”
Por tanto, años después, el apóstol Juan escribiendo su primera epístola a los que habían creído en Jesús, les hablaba del “testimonio de esta vida”:
“Porque la vida fue manifestada y la hemos visto, y testificamos y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre y se nos manifestó…” (1ªJ.1.1-4): “Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo tiene la vida; el que no tiene al Hijo, no tiene la vida” (1ªJ.5.11-13).
Estas eran “las palabras de esta vida” que anunciaban los apóstoles y la Iglesia primitiva. Ellos eran así de claros y así de radicales. Ellos se ajustaron a las palabras de Jesús porque sabían que la vida y la muerte estaban implícitas en el mensaje de Jesús (J.3.36; 2ªCo.2.15-16).
De ahí su esfuerzo para cumplir con el mandato del Señor Jesús de “anunciar al pueblo todas las palabras de esta vida”. Porque de igual manera sabían que Jesús oró diciendo: “Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos” (J.17.20).
Así que, la fe de muchos miles dependía de ellos y dependería también de los millones que a lo largo de la historia predicarían el mensaje del Evangelio hasta el día de hoy.
Esta no es una cuestión de proselitismo
Ahora, esta no es una cuestión de hacer proselitismo para atraer a otros miembros de otras religiones a “nuestra fe” o, a “nuestra iglesia”. No. Esta es la misión que Dios ha encargado a su Iglesia para atender la necesidad espiritual de las personas.
Todos estamos necesitados del conocimiento del amor y de la salvación de Dios. Todos necesitamos oír el mensaje de “las palabras de esta vida”; y a la luz de lo que oye, cada cual tiene la opción de aceptar o rechazar dicho mensaje.
Solo Dios sabe el interior de cada cual, pero en nuestra experiencia, son muchos -¡más de los que podemos recordar- los que después de haber oído el Evangelio de Jesús, han volcado toda su fe y confianza en Él y han encontrado el perdón de sus pecados y la esperanza de la vida eterna. Eso es lo importante y lo fundamental.
Eso es lo que pretendemos. Porque no hay mayor gozo que el de contemplar y saber que, al final, una persona que ha oído el Evangelio, se ha entregado al Señor Jesús y ha llegado a saber que la carga de su pecado y de la culpa han sido quitados y que está experimentando la gloriosa esperanza de la vida eterna (J.5.24).
Y todo, como resultado de “anunciar las palabras de esta vida”. La de Jesús, lógicamente.
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