De todo y en cualquier lugar se aprende algo.
Hace algunos años, como cada semana mi esposa y yo fuimos a comprar al centro comercial. Como ella es la que va escogiendo los productos de las estanterías, yo llevo el carro y tengo tiempo para pensar y observar lo que pasa a mi alrededor.
Estando en eso, vi a un joven matrimonio que llevaba dos niños; uno en su cochecito de bebé y el otro con unos dos años de edad, en el asiento que lleva adosado el carrito de la compra.
El niño mayor, parecía estar a disgusto sentado dentro del carro de la compra y lo manifestaba con constantes protestas, gemidos y algún pataleo.
La madre, un poco retirada del carro estaba atenta a lo que estaba cogiendo de la estantería; el padre parecía ir de “acompañante” de la esposa y se supone que “para ayudar un poco con los niños”.
De pronto, en una de esas protestas del niño, el padre, con un gesto evidentemente airado, le soltó un insulto: “¡Eres un gili…!” y a continuación, le siguió otro que no pude percibir bien. Se dio cuenta de que yo le había visto y oído, pero como si nada.
Al llegar a la caja coincidimos otra vez; aunque estábamos un poco separados. En esos momentos, miré a la esposa. Su joven rostro evidenciaba una expresión de amargura.
Fue en ese momento que, con un gesto evidente de ira, cogió al niño mayor y lo zarandeó con cierto mal humor, no disimulado, mientras le instaba a que se callara. Era evidente que también estaba más que molesta con el niño.
Luego estuve pensando mucho rato en esa “familia”. Pensé en que ese matrimonio habrían sido antes novios; en principio, desbordando salud y, supuestamente, disfrutando del placer sin medida ni impedimentos.
Luego, decidieron casarse, seguramente con la ilusión de que la vida sería siempre así: un contínuo disfrute del placer de estar “juntos” dando rienda suelta a aquello que solo proporciona placer y así… vivir la vida sin grandes complicaciones.
Pero pronto habrían de descubrir que aquello no era todo en el matrimonio; que formar una familia exige un gran sacrificio a todos los efectos; y el cuidado y la educación de los hijos es uno de los dos más grandes, más delicados y más difícil de ellos.
Pero al no estar preparados (¿Y quién lo está?) ni dispuestos a aprender (aunque que aquí todos somos candidatos) el único sentimiento que les podría sobrevenir, es el de una gran frustración.
También pensé en que esa reacción iracunda de los dos, padre y madre, no sería algo excepcional sino una constante dado que la presencia de los niños también es constante en el hogar, día y noche… todos los días.
Así que esos niños estarían sometidos durante toda su crianza a una presión para la cual y según los planes de nuestro buen Creador, no han sido concebidos y traidos al mundo.
Si es verdad que como reza el dicho: “Todos fuimos creados para amar y para ser amados”, entonces… Uno puede imaginar, (y muchos ya lo saben demasiado bien) cómo afectará un comportamiento de unos padres así para con sus hijos.
Porque de alguna manera, “todos fracasamos en dar amor” (esta sería la segunda parte del dicho mencionado más arriba); pero si estamos dispuestos a aprender y nos empeñamos en ello, lo cierto es que podemos alcanzar nuevos niveles de amor y madurez en nuestro comportamiento y relaciones; y eso a veces, aun con lágrimas.
Pero volviendo al ejemplo propuesto, sin darse cuenta aquellos padres estaban realizando un maltrato contra sus niños; y sin duda, con el tiempo los hijos irían acumulando, primero dolor, pero también ira y resentimiento, y creando mecanismos de defensa contra el constante daño que estaban recibiendo desde pequeños y a lo largo de su crianza.
Luego, cuando llegan a ser mayores, su inmadurez como seres humanos, contribuirá a molestar a otros conciudadanos, de la misma manera que ellos fueron molestados. Porque, reconozcamoslo, no se puede dar lo que no se ha recibido ni tampoco se ha aprendido.
Eso si, es muy posible que cuando pasen por el colegio, si algún profesor/a les llamara la atención de forma un tanto firme a alguno de estos niños, que el padre o la madre vayan y con la misma ira que trataron a sus hijos, lo hagan con el profesor; porque claro, esa madre o padre aman tanto a su hijo que a éste no se le puede decir nada: “¡A mi hijo que nadie lo toque…!”. Pero esa es la excusa perfecta para seguir dando rienda suelta a su ira.
Otra orientación/educación y frutos mejores, es posible“ (Ef.6.4; Col.3.21)
Por el contrario, la buena educación de los hijos, mezcla de normas, confianza, cierta libertar, amor-cariño y sensibilidad pueden preservar a los hijos e hijas de muchos de los males que les rodearán cuando comienzen a salir a ese mundo que no tendrá ningún miramiento con ellos.
Por tanto, el respeto a los demás, el amor a la verdad, el desprecio a la mentira, la generosidad, la honestidad, la responsabilidad, etc., cuando se graban a fuego en los tiernos corazones de los hijos e hijas de manera continua y perseverante, llegan a formar parte de ellos como de su propia genética.
Ese “grabar a fuego” no es el del enojo, la ira o la amargura, sino el fuego del amor y el ardiente deseo por “lo que es bueno, justo, amable, verdadero, etc.” (Filp.4.8).
Algo muy beneficioso para la sociedad de la cual serán ciudadanos. (Sin querer afirmar con esto que los hijos no van a cometer fallos y no van a equivocarse nunca. ¡Todo lo contrario! Pero los fallos también formarán parte del aprendizaje en la vida).
Entonces, los padres, en vez de ser personas resentidas y malhumoradas recogerán otros frutos diferentes, caracterizados por el gozo y la satisfacción tan diferente a la tristeza, la frustración y cierta medida, de amargura.
Al tratar sobre este tema, siempre recordamos lo que dice la Escritura, tan maltratada, despreciada e ignorada en estos últimos tiempos:
“Instruye al niño en su camino, y aún cuando fuere viejo no se apartará de él” (Prov. 22.6)
Claro, hay excepciones que podrán deberse -sin duda- a diversas causas (por supuesto, contamos con ello); pero como reza el dicho: “La excepción confirma la regla”.
Lo que no se debe hacer
No quiero dejar de mencionar cómo, en el pasado (y en parte, en el presente también) cierto liderazgo del cristianismo “evangélico” fundamentalista que ha seguido una intepretación literalista del texto bíblico relacionado con la educación de los hijos, no solo ha equivocado la interpretación y aplicación de algunos textos bíblicos sino que, al mal-hacerlo, han estropeado la educción de sus hijos, hasta límites desastrosos, llegando a destruir tanto las relaciones tanto con las familias como con la iglesia.
Con lo dicho anteriormente, nos refereimos al uso de lo que en esos contextos mencionados se ha llamado con frecuencia el uso de “la vara santa”.
Expresión aplicada a la “vara” que aparece en algunos versículos del libro de los Proverbios donde se menciona la aplicación de “la vara” como medida correctora a la hora de “disciplinar” a los hijos (Ver, Prov.10.13; 22.25; 29.15).
Además, algunos líderes decían que “la vara santa” debía estar colgada en un lugar de la casa bien visible para que los hijos la vieran y supieran qué les esperaría si su comportamiento no era correcto”.
Hoy día produce cierto “escándalo” solo el mencionar esa “medida disciplinaria”, pero no hay que olvidar que en tiempos pasados era la norma de administrar disciplina y aplicar el castigo físico a los niños y niñas desobedientes; y esto no solo en casa, sino también en los colegios, por parte de los maestros.
Y no solo en la España católica, sino también en el mundo protestante. Recordemos aquel dicho: “La letra con sangre entra”. ¡Y eso solo contemplaba la parte relacionada con la disciplina en los estudios! El tema daría para mucho más, pero en definitiva, esa práctica formaba parte de nuestra propia cultura.
Pero independientemente de que el infringir castigo físico no es el mejor “método” para educar, e independietemente de que cuando se hacía con justicia, acompañado del indispensable amor pudo producir buenos frutos, está demostrado que para educar no es necesario aplicar el castigo físico.
Lo cierto es que en muchos casos, esa era la forma por medio de la cual los “castigadores” fuesen padres o maestros, volcaban su ira y frustración sobre sus propios hijos, produciendo en ellos lo contrario de lo que pretendían.
Y los resultados fueron funestos, como ya hemos apuntado más arriba. En tales casos, solo cabe confiar en la misericordia de Dios para la restauración de las relaciones rotas por la vía del reconocimiento del mal realizado y el perdón solicitado y recibido.
Afortunadamente, esa desvirtuada visión de la disciplina con miras a la educación se da cada cada vez menos; ¡y ojalá desapareciera para siempre! Además, está tipificada en nuestro Código Penal como delito.
Pero tampoco podemos olvidar que esa visión y ayuda nos ha venido más desde afuera del pueblo de Dios que desde dentro del mismo, dado el aferramiento de los literalistas al texto bíblico, ya señalado.
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