Al abordar el tema que aparece en el encabezado de este nuevo escrito me parece apropiado el comenzar con un texto bíblico y compartir un par de ejemplos.
He aquí el texto bíblico:
“Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras… Y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas.” (2ªP.2.1-3)
Dos ejemplos
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Un ministerio “muy completo”
Hace algunos años nos visitaban dos mujeres de un país del otro lado del Atlántico. Al terminar nuestro culto dominical me acerqué para saludarlas y después de intercambiar algunas palabras, tuve la siguiente conversación con la que parecía llevar la voz cantante:
Ella: ¿Sabe? Nuestro pastor no es sólo pastor; es además, apóstol, profeta, evangelista y maestro. Él tiene los cinco ministerios de Efesios 4.11.
Yo: ¡No me diga! Vuestro pastor es un hombre muy privilegiado y está bastante ‘completito’ ¿eh?
Ella: Sí, sí. Y si usted le llamara él vendría aquí para predicar y enseñar.
Yo: ¡Bueno, bueno…! Él está muy lejos y no merece la pena... Es un viaje tan largo…
Ella: ¡Ah, pero eso no importa! Si usted le llama, él de seguro que vendría a ministrar aquí y ustedes serían muy bendecidos. ¡Usted no sabe el ministerio que tiene!
Yo: Bueno, creo que de momento no tengo un sentir favorable. Mejor dejarlo. –y con mucha amabilidad, añadí-: Perdón, voy a saludar a otras personas…
Dichas mujeres no las volvimos a ver más.
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Esparciendo aceite “ungido” desde una avioneta sobre la capital de una nación
Hace otros tantos años, recibí una carta de una pastora de otro país –semejante al del caso anterior- que me contaba la maravillosa experiencia de haber “ungido” a su país con aceite, esparciéndolo desde una avioneta que sobrevolaba la principal capital de su nación:
“Fue maravilloso. El acto fue cubierto por la prensa nacional, porque fuimos acompañados de algunos periodistas de medios importantes de prensa y televisión. Estamos seguros que ese acto traerá mucha bendición sobre nuestro país. Lo que le pido a usted es que si le parece bien, me gustaría visitar su iglesia y compartir lo que hasta ahora el Señor nos está mostrando…”
¿Qué iba yo a responder a tan generoso ofrecimiento? Vaya por delante que estoy de acuerdo en que hemos de orar por nuestro país y no importa desde donde se haga. Incluso en y desde un avión.
Le respondí diciéndole que, en vez de entrar a nuestra ciudad por una puerta tan pequeña como es nuestra congregación, mejor que escribiera al presidente de la Fraternidad de Pastores a fin de que considerara el caso; y si la Fraternidad diera vía libre, “así entraría usted –le dije- por ‘la puerta grande’; pero, en todo caso, cada iglesia tendrá la libertad de sumarse a esa decisión, en el supuesto de que resultase positiva”.
Pero no recibí respuesta a mi carta. Eso sí, después de más de 20 años, el país que tan “ricamente” fue bendecido por “la unción” (siempre según el criterio de “la pastora” no parece que lo haya sido, dado que nada ha cambiado en ningún sentido, excepto que la oposición de su gobierno a la iglesia del Señor ha sido más fuerte y claramente manifiesta.
Eso, entre otras criminales actuaciones gubernamentales.
El siervo de Dios “ungido”
Dos casos diferentes, pero independientemente del error que se percibe nada más saber las dos historias, ambas tienen dos elementos básicos que, llegado el momento propician la religiosidad, el “mercadeo” y el abuso que tanto abunda hoy en algunas esferas religiosas llamadas “evangélicas”: “El siervo de Dios ungido” y el tema de la “unción”.
Por una parte, “el hombre de Dios”, “el gran siervo de Dios”, “el ungido de Dios”. El que no sólo es pastor sino que además es “apóstol”; pero no solo es apóstol, además es profeta, evangelista y maestro.
Es “el no va más” de la acumulación de ministerios que, finalmente, se convertirán en “títulos” por los cuales exigirá ser reconocido y muchos terminarán por reconocerle.
En realidad en la mayoría de los casos, con ser un “ungido apóstol” les bastaría. Pero luego vendrá el hecho de la importancia de que se encumbre a un ser humano por encima de los demás hijos de Dios como “el ungido”, sin el cual el pueblo de Dios no puede ser bendecido en esa medida que Dios quiere bendecirlo.
Esa concepción del ministerio (o ministerios) está muy a menudo asociada con un concepto de autoridad equivocado, por el cual se actúa como si fuera un jefe militar en relación con los que están bajo su autoridad; accesible sólo a aquellos que están a su nivel.
El “ungido” parece estar siempre más arriba que el resto de los creyentes
Hace años me contaba un pastor que estuvo de viaje por uno de esos países al cual fue invitado, que en un momento se dirigió para preguntarle algo a un supuesto pastor que había cerca de las primeras filas; pero éste apenas le hizo caso.
Cuando el que hizo la pregunta fue invitado a subir a la plataforma, fue presentado y dio los saludos y el mensaje de la Palabra, luego cuando acabó todo, el otro se le acercó y le dijo: “Perdón hermano, antes cuando me preguntó… ¡yo no sabía que usted era ‘pastor’!”. Sin palabras.
Eso se da con mucha frecuencia por ciertas latitudes donde la formación teológica de los creyentes es bastante escasa y muchos líderes que tampoco la tienen, ni la procuran, se aprovechan.
A eso también hemos de oponernos frontalmente. Nuestro Señor y Maestro era accesible a todos y si hemos de seguir su ejemplo, no debemos estimarnos más que Él en ningún sentido.
Porque, hemos de tener en cuenta que quien adopta una actitud de superioridad sobre los demás, no está muy lejos de adoptar conceptos e ideas erróneos en contra de lo que el Nuevo Testamento llama: “sana doctrina” (1ªTi.1.10); “sanas palabras” (2ªTi.1.13) ; “la palabra de verdad” (2ªTi.2.15) o: “la palabra de Dios” (2ªTi.2.9). Y los resultados son de desvío, cada vez más pronunciado.
Es lo mismo de siempre y de lo cual fueron advertidos los primeros cristianos
Es lo mismo de siempre y que ya en las cartas apostólicas encontramos. Los falsos maestros, decían: “Os falta esto y esto, y si no lo tenéis y no lo hacéis, ¡no estáis completos!”.
Pero el apóstol Pablo (y los demás apóstoles) decía: “Mirad que nadie os engañe…”; “Que nadie os juzgue…”; “que nadie os prive de vuestro premio…” (Col.2.8,16,18). E insistía: “Mas vosotros estáis completos en él…–en Cristo-” Col.2.9); o sea: “¡No os falta nada!; ¡no les hagáis caso!”; “No le digáis: ¡Bienvenido!” (2ªJ.9-10).
Eso que decimos es muy delicado y ha sucedido siempre a lo largo de la historia de la iglesia. Por eso el cristiano debe conocer lo que dice la Palabra de Dios.
Y los que tenemos la responsabilidad de enseñarla debemos ayudar a los creyentes a cumplir con eso que el protestantismo recuperó a partir de la Reforma del Siglo XVI: el sacerdocio universal de los creyentes.
No son los curas/sacerdotes (¡no los había en la iglesia primitiva ni al menos durante 3 siglos!). Sin embargo, hoy se nos dice por algunos desde el moderno “movimiento apostólico” –“ungidos” ellos, claro- que “una iglesia no está completa ni puede funcionar bien, si no está bajo la autoridad de un “apóstol” (¿?).
¡Hay una gran necesidad de buenos maestros de la Palabra!
¡Así es! El pueblo de Dios necesita buenos maestros de la Palabra de Dios, que enseñen y que guíen a los creyentes a ser todo cuando nuestro Dios nos ha dicho y se ha propuesto que seamos; ¡y siempre en y por Cristo!
Se necesitan guías que respeten a los miembros de las iglesias y las traten como a personas adultas y no como a niños ¡Y mucho menos como a objetos de los cuales sacar provecho!
Esto está en las Sagradas Escrituras. Si no se hace así tarde o temprano terminarán abusando espiritualmente de la gente de las iglesias, para aprovecharse de ellas.
A un matrimonio muy cercano a nosotros, se les dijo una vez que habían entrado en un grupo al frente del cual estaba un “apóstol”: “Si os hacéis miembros y discípulos de esta iglesia, nos vamos a meter hasta debajo de vuestra cama”.
Eso era una forma figurada de decir que se iban a meter en todos los asuntos particulares del matrimonio y de su vida familiar “para ordenarlos de acuerdo a las enseñanzas de la Biblia”.
Pero en realidad era más bien para ordenarlos de acuerdo a las enseñanzas del “apóstol”. Estos engañadores deben ser denunciados y echados fuera del pueblo de Dios. No se les puede decir, de ninguna manera “¡Bienvenidos!” (2ªJ.9-10).
Pero sobre todo, será la buena enseñanza la que hará que el pueblo esté debidamente informado y prevenido contra el engaño. Aquí el estudio de las llamadas “epístolas pastorales” nos ofrecen unos principios y enseñanzas del todo valiosísimos.
No, a todo aquel apóstol, pastor o líder espiritual que demande una obediencia incondicional como si de Dios se tratara
La otra cuestión que es necesario mencionar se deriva de lo primero. Si tenemos al “ungido de Dios” con nosotros y así le prestamos “obediencia incondicional”, ya se ha preparado el terreno propicio para que se aprovechen de nosotros. No importa si la congregación se reúne en un lugar de una ciudad determinada como si es virtual.
No importa si el “ungido” es líder de una o muchas congregaciones o si habla por radio o aparece en la televisión. Ni mucho menos queremos decir que todos cuantos usan estos medios son así. ¡Nada de eso!
Los medios de comunicación modernos son herramientas maravillosas y muy útiles para comunicar el mensaje de las buenas nuevas del Evangelio.
Sin embargo, estos medios también han sido aprovechados por muchos supuestos hombres y mujeres de Dios (a veces, matrimonios) “ungidos”, sin escrúpulos, para despellejar económicamente a muchos hombres y mujeres, sencillos creyentes, sin mucho conocimiento y sobrados de ingenuidad y credulidad.
Otros, sí tienen conocimiento, pero les falta la sabiduría necesaria para usarlo correctamente.
Por supuesto, cuando se reconoce al “ungido” también se reciben sus palabras –su mensaje- como si Dios hablara por medio de él. Para eso usan la Biblia, (eso, además de direcciones especiales “del Espíritu”).
Mucho de todo esto también entra lo que se conoce como “la teología de la prosperidad”. Ellos hablan y repiten hasta la saciedad, que si tú apoyas “su” ministerio (“este ministerio”, “nuestro ministerio”, “el ministerio”) con un 10% de tus ingresos (¡o más!) Dios te bendecirá 10 veces más, o las veces que sean.
Así, una combinación de supuesta palabra de Dios y de codicia (digámoslo bien claro) por parte de sus seguidores, virtuales o no, proporcionan a aquellos la base de su “mercadeo” y el enriquecimiento personal.
Eso les permitirá vivir a esos farsantes en mansiones maravillosas, usando coches último modelo y, en sus viajes, alojarse en hoteles de los más costosos y lujosos, al estilo de los artistas de Hollywood.
Luego, para poder justificar la ofrenda que cada uno puede enviar, en muchos casos también se usan objetos “ungidos” por el “ungido siervo de Dios”.
Estos objetos o elementos, pueden ser por ejemplo, un tarrito de “aceite ungido”. Con él podrás ungir a tu madre enferma o cualquier otro familiar: “y será sana” les dicen.
Por supuesto, ellos nunca asumen su responsabilidad si el enfermo no sana e incluso muere. En todo caso, eso será por la falta de fe del que le aplica el aceite o del propio enfermo. (¡Sinvergüenzas!).
Otros objetos pueden ser “pañuelos ungidos” que se recomiendan aplicar a los enfermos, con la misma finalidad. Otros usan también “agua del río Jordán”; pero “ungida” por “el gran siervo de Dios” que le ha transmitido cierta “virtud”.
Muchos han caído en aquello de lo cual escaparon y se liberaron nuestros antecesores en la Reforma Protestante
Así que hoy se ha caído en aquello contra lo cual lucharon los reformadores del Siglo XVI. Nos referimos al mercadeo que la Iglesia Católica hacía con un pueblo ignorante, vendiendo las indulgencias y otorgando un pretendido “perdón de pecados” a los compradores de aquellas. Hoy día los mercaderes de almas siguen estando activos.
La “vírgenes” y “santos” que se dejaron atrás con la religión a la cual se renunció, han venido a ocuparla los “santos-ungidos-hombres/mujeres-de-Dios”; y el valor y el supuesto poder de las reliquias, lo han venido a ocupar todas esas cosas supuestamente “ungidas” que hemos mencionado anteriormente.
Todos éstos individuos que abusan de las iglesias, son aquellos de los que el fiel predicador David Wilkerson decía: “¡Huid de los que picotean vuestro bolsillo!”.
Fue por ese tipo de denuncias que el hermano Wilkerson recibió una maldición por uno de estos falsos, o como los llamó el apóstol Pablo: “obreros fraudulentos”; “cuyo dios es el vientre y cuya gloria es su propia vergüenza, que solo piensan en lo terrenal…” (2ªCo.11.13-15; Filp.3.17-19).
Fue Benny Jim el que dijo: “Yo maldigo a todo aquel que hable mal de ‘este ministerio’”. Este “ungido” por lo visto no había leído el Sermón del Monte 1.
Otro tanto podríamos decir de algunos “cantantes cristianos” que cuando son llamados para organizar lo que ellos llaman “conciertos de adoración y alabanza”, lo primero que hablan es de su caché.
Es decir de los miles de dólares o euros que cobrarán, del hotel de categoría donde exigen ser alojados, de la marca de agua que quieren usar y… pare usted de contar… Ese es otro tipo de mercadeo que usa la alabanza y la adoración a Dios de forma inadecuada e inaceptable.
Afortunadamente, no todos son así y los hay muy dignos que lo hacen de otra manera, glorificando al Señor con sus vidas y ministerios. Al Señor damos las gracias por ellos.
Leí hace tiempo atrás, acerca de uno de estos “cantantes cristianos”, que “salió por pies” de una ciudad de un país latinoamericano, y a punto de ser apedreado.
Al parecer la cantidad que había pedido por su actuación, no se había podido recaudar, excepto hasta la mitad. Entonces se retiró sin actuar.
En una zona deprimida económicamente, con un nivel de pobreza bastante extremo, qué generoso hubiera sido de su parte haber actuado gratis y haber aprovechado con su actuación para consolar, animar y bendecir a su auditorio con su ministerio musical.
Pero no, no lo hizo. Estas cosas son muy tristes; y Dios que todo lo ve y todo lo oye, seguro que no está nada contento con todo eso.
Para ir concluyendo diremos que no negamos la “unción” especial que tenemos cada uno de los que hemos sido llamados al santo ministerio de la predicación y enseñanza de la Palabra de Dios que nos capacita para ello; sin embargo, tampoco hemos de negar que Dios también concedió y sigue concediendo a todos los creyentes lo que en palabras del Apóstol Juan es, “la unción del Santo” (1ªJ.2.20,27) por la cual podemos conocer y discernir lo que atañe a “la doctrina de los Apóstoles” (Hch.2.42); “la fe que ha sido dada una vez a los santos” por la cual también hemos de “contender ardientemente” (Judas 2-3,17).
Es un trabajo arduo y muy cuidadoso, pero hemos de confiar en la presencia continua y permanente sobre los seguidores de Jesús, por medio de su Espíritu Santo; esa es “la unción del Santo” a lo cual se refirió el Apóstol Juan. (1ªJ.2.27) y con promesa de enseñarnos “todas las cosas”.
1. Esa maldición que profirió contra cualquier crítico de “su ministerio” se puede ver en un video que circula en You-Tube.
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