Alerta contra los pastores y misioneros “cucos”

| Fuente: protestantedigital.com/rss/opinion

Alerta contra los pastores y misioneros “cucos”
Alerta contra los pastores y misioneros “cucos”

Los pastores que ya hemos vivido algunas décadas, hemos visto muchas cosas; entre otras hemos descubierto a un “personaje” que, generalmente se denomina a sí mismo “pastor” o “misionero” o incluso “apóstol”.

Eso, aunque no haya fundado ninguna obra sólida, ni se le conozca propósito alguno de emprender tal tarea. Aunque es posible que lo haya intentado pero que no haya quedado nada sólido de su trabajo, excepto cierto disgusto que ha dejado atrás entre aquellos que le han tratado.

Aunque a efectos de lo que quiero compartir en esta ocasión, también es posible que hay obtenido fruto de su trabajo, pero no estar satisfecho, dado que está más interesado en una posición de cierta relevancia que en el servicio a los demás.

Sin embargo, busca, anhela “tener” ministerio y ser “reconocido” por otros. Esto, aunque no lo diga ni vaya diciéndolo en voz alta, lo puede percibir cualquiera con cierto nivel de discernimiento.

A este tipo de personas les es muy difícil el tener un compañerismo estrecho con otros hermanos, estar dispuestos a servir con humildad y sin que tengan que recibir, necesariamente, reconocimiento público por ello o incluso un “cargo” de cierta relevancia.

Más todavía, ese tipo de personas, aprovecharán la oportunidad que se les presente para comportarse como se comporta el pájaro conocido como “cuco”.

 

¿Y cómo se comporta el pájaro cuco?

Bueno, pues el cuco básica y esencialmente se comporta aprovechando el esfuerzo de otros pájaros para criar y perpetuar su especie. La hembra del cuco cuando llega la hora de la puesta, busca un nido de un pájaro más pequeño y pone allí su huevo, quitando uno de los huevos del nido que no formó.

Luego, cuando eclosionan los huevos, el cuco resulta mucho más grande -¡lógicamente!- que los demás pajaritos; por lo cual los padres del nido adoptado –más bien robado!- tienen que trabajar mucho más para alimentar aquel “pajarraco”.

Pero en la medida que crece ¡y todavía sin haberle salido las plumas! maniobrará con sus patas para echar fuera del nido a los demás pajaritos que, terminarán en el suelo muertos por el golpe al caer o comidos por las hormigas u otros animales del campo.

Así que, sin el mayor esfuerzo por parte de los padres de ese “jovencito” cuco, este crecerá y seguirá el comportamiento “natural” que de suyo es, “ser cuco” perpetuando su especie.

Pero eso sí, sin cambiar su esencial forma de ser que es la de ser un ladrón de nidos y criar nuevos especímenes con el mucho-esfuerzo de otros pajaritos de los cuales se sirve.

“El pastor cuco”

Ahora, cualquiera que haya leído hasta aquí, se preguntará ¿Y esto del cuco que tiene que ver con el ministerio y la obra pastoral y/o misioera? Pues mucho.

Y a menos que cualquier pastor de una obra que no esté debidamente consolidada, esté alerta, cuando menos se lo espera, le entra un “cuco” que, aprovechando todo el trabajo que él y otros han hecho, le deja “fuera de juego”.

A veces el supuesto “pastor” viene de fuera, de otro país y otra cultura. Se presenta con su familia, todo amabilidad, todo cariño… Los hermanos los reciben bien y eso les anima a “acomodarse”.

Mientras, pasan los días, las semanas y los meses y el pastor se da cuenta que el recién llegado ya pasa más tiempo con los miembros de su comunidad que él mismo.

Además, los hermanos les invitan a comer, un día con una familia, otro día con otra; y así, invariablemente produce dos cosas: no solo la amistad entre ellos sino un “reconocimiento” hacia el nuevo supuesto “pastor” que va alimentando su ego, sintiéndose que está en “su sitio”.

Seguramente, diciéndose a sí mismo: “Sin duda este es el lugar que Dios tenía destinado para mí”. Pero por otra parte, en la medida que se da esa situación, el pastor original que trabajó para levantar la obra (a veces de forma dura y hasta con lágrimas) va quedando relegado. Poco a poco, pero relegado.

Al principio no sabe exactamente qué está pasando, pero para cuando quiere darse cuenta, el pastor “cuco” se ha estado aprovechando de todos sus esfuerzos para ocupar un “nido” que no es el suyo y convertirse así, poco a poco, en el “pastor principal”.

Aunque todavía no lo diga, sus obras y su actitud, lo desmienten. Y lo malo de todo eso, posiblemente, es que a esas alturas el pastor original ya no tenga el apoyo de la mayoría de la iglesia.

Al respecto, hace años conocimos un caso parecido al mencionado más arriba. Así que después de ir “okupando” el lugar poco a poco, solo le faltó al “pastor cuco” hacerse con las llaves del local de la iglesia, cambiar la cerradura y convertirse en el dueño; es decir otro “Diótrefes” como aquel del cual hace referencia el Apóstol Juan (3ªJ.9).

 

¿Qué dice la Escritura al respecto a los “pastores cucos”?

Evidentemente, casos parecidos o diferentes se han dado y se estarán dando en muchos lugares. Y quizás se den más en iglesias libres que, por no estar dentro del marco de una denominación o federación de iglesias, no tengan los recursos necesarios de los cuales hacer uso.

Pero al margen de la ayuda que cada cual pueda disponer para enfrentarse a casos relacionados con “pastores cucos” es bueno que conozcamos que en las Escrituras aparecen una serie de principios éticos, que nos muestran cuál debe ser nuestro comportamiento en relación con las obras ajenas.

Eso, incluso cuando por alguna razón como es un traslado de ciudad, hemos de cambiar de iglesia, o cuando siendo llamados al ministerio deseamos comenzar una obra nueva en algún lugar –ciudad, pueblo, etc.- determinado.

Al respecto de lo que venimos diciendo, todos sabemos que el Apóstol Pablo fue un predicador del Evangelio y como consecuencia, un plantador de iglesias.

Y él menciona por dos veces algo que llama la atención y que se necesitaría mucho más espacio para explicar todo lo que está implicado; y sobre todo en un contexto como el nuestro, veinte siglos después, el cual es tan diferente al contexto en el cual vivieron y se desenvolvieron los Apóstoles y sus equipos de trabajo ministerial.

Lo cierto es que por dos veces el Apóstol Pablo señala un principio que aquellos que somos llamados al ministerio hemos de conocer y respetar. La primera lectura se encuentra en Romanos, 15.20, y dice así:

“Y de esta manera me esforcé a predicar el evangelio, no donde Cristo ya hubiese sido nombrado, para no edificar sobre fundamento ajeno”

Ciertamente, lo de “no edificar sobre fundamento ajeno” es un sano principio que, si cada uno lo pusiera en práctica a la hora de llevar a cabo la predicación del Evangelio con miras a fundar una iglesia, se evitaría la práctica el “pastor cuco” u “okupa”.

Y para que quede claro lo que quiso decir el Apóstol Pablo sobre el “fundamento ajeno”, él vuelve a recordar ese mismo principio, cuando escribe a los creyentes corintios. Dice así:

“No nos gloriamos desmedidamente en trabajos ajenos, sino que esperamos que conforme crezca vuestra fe seremos muy engrandecidos entre vosotros, conforme a nuestra regla; y que anunciaremos el evangelio en los lugares más allá de vosotros, sin entrar en la obra de otro para gloriarnos en lo que ya estaba preparado. Mas el que se gloría, gloríese en el Señor” (2ªCo.10:15-17 –Las cursivas son mías-)

Así que en relación con la obra pastoral o misionera, el Apóstol Pablo dejó establecido un triple principio ético, por el cual el “trabajar sobre fundamento ajeno”, “entrar en la obra de otro” con la finalidad de “aprovechar-se- de lo que estaba preparado” es comparable al comportamiento del pájaro cuco o al de ciertos okupas modernos.

Es una falta grave que no habla bien de quien así procede y que, crea sufrimiento a los verdaderos trabajadores y levantadores de la obra, que ven cómo es menospreciado su trabajo.

Eso, además de repercutir en un mal testimonio de cara a la misma iglesia, como pueblo de Dios y a la sociedad que nos contempla.

Es por esa razón que los misioneros y/o pastores que llegan a una ciudad o pueblo donde ya hay una obra establecida, en vez de pretender introducirse en “obras ajenas” sin ser llamados o invitados (lo cual tiene también su lugar) una de las primeras tareas que deberían realizar es la de ponerse en contacto con los siervos de Dios que han trabajado y trabajan en ese lugar, con la idea de conocerse, tener comunión, estrecharse la mano, “en señal de compañerismo” (Gál.2.9); respetarse mutuamente y, en la medida de lo posible, trabajar juntos en proyectos comunes para la proclamación y extensión del reino de Dios en ese lugar.

Pero mientras tanto, no olvidemos que hay muchos “cucos” por ahí, buscando el “nido” apropiado para aprovecharse del trabajo de otros y usarlo a fin de “sacar provecho”. (Ver, 2ªCo.10.13-18 con 11.1-15).

Unas veces llegan de fuera, bien porque sean invitados de buena fe, bien porque llegan sin previo aviso; pero otras veces surgen de dentro de la iglesia, con pretensiones de tener un ministerio que nunca han recibido de parte del Señor.

Es de lamentar, pero así ha sido en muchos casos y así seguirá siendo, para dolor del corazón del mismo Señor Jesús. Aprendamos, pues, no solo de lo que enseña la Escritura, tanto por la vía de la enseñanza como por la vía de los ejemplos que aparecen en ella; pero también de nuestra propia experiencia y la experiencia de otros consiervos.

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